Reflejos
Mateo escuchó distraído, lo que el pintor comentaba a su madre que estaba en la cocina preparando la comida.
-La pieza de la abuela ya está terminada señora, voy a dejar que se oree un rato y luego acomodo los mueble en su lugar.
El pequeño interrumpió su juego e impulsado por la curiosidad, se dirigió a la pieza en donde tantas veces había compartido juegos con su abuela, que de manera imprevista había fallecido hacía unos meses. Se detuvo en la puerta de entrada, como no atreviéndose a invadirla, dirigió entonces su mirada despreocupada sobre la blancura del cielorraso, le pareció un cielo cubierto de nubes de un blanco absoluto. Luego miró las paredes de un hermoso color durazno, le agradó, ya que era el color preferido de su querida abuela.
Un sentimiento de angustia lo dominaba, casi con temor fue entrando de manera lenta al cuarto, reparó enseguida que el ropero con su enorme espejo no estaba en el lugar que solía estar, sino que descansaba en la mitad de una pared, también percibió que el otro mueble ornamental, que también albergaba un enorme espejo, tampoco estaba en su lugar, sino que ahora quedaba enfrentado al primero.
Sin saber por qué, Mateo se ubicó entre ambos cristales, giró noventa grados y quedó frente al enorme ropero. Contempló con atención su imagen aniñada. Luego se sentó en el suelo y ahí se sorprendió al advertir algo inusual, cuando sus ojos enfocaron la imagen en el cristal, podía ver con claridad detrás suyo, ya no solo su imagen sino el mueble que estaba a su espalda, que como se dijo también era portador de otro gran espejo. Entusiasmado ahora observaba que ese cristal exhibía con detalle su espalda y sus rubios cabellos, le agradó lo que veía ¿Cómo podía ser que mirando hacia el frente podía ver con tanta claridad su parte trasera? Pero no acabó ahí su sorpresa, ya que sus ojos se entrecerraron tratando de corregir un nuevo foco con su mirada y entonces con asombro, volvió a ver el espejo del ropero, que de manera caprichosa volvía a reflejar su cara y el mechón rubio que caía sobre su frente. Entusiasmado, miró con mayor profundidad y nuevamente divisó el mueble a su espalda. Fue tanto el ir y venir de las imágenes que sus párpados cansados como agobiadas persianas se fueron cerrando.
Aunque Mateo se había dormido de manera profunda, la sucesión de imágenes continuaba reflejándose de manera inacabable retrocediendo en el tiempo, más y más sin extinguirse, como si fuera un sendero al infinito.
El pequeño no pudo verlo pero fue tal la regresión, que en un instante una silueta se irradió luminosa. Su abuela se recortaba en uno de los espejos y con su mano extendida, acariciaba con ternura los cabellos de su nieto dormido.