El Subterráneo
Esa mañana se despertó angustiado. Mientras se duchaba trató de explorar en su inconsciente la razón de esa intranquilidad. Por supuesto que tenía problemas pero nada nuevo que lo justificara.
Resolvió no darle importancia como tantas otras cosas en su vida, pensó que tampoco le quedaba otra opción. Sin alterar el orden comenzó a ejecutar los mismos movimientos que de manera porfiada repetía desde hacía años: café con leche en el desayuno, las tostadas untadas con manteca, vestirse de acuerdo al pronóstico del tiempo y salir.
En la calle una tenue neblina opacaba las cosas, pero algo inusual llamó su atención. Por las mañanas era común ver pocas personas transitando pero ese día la ciudad parecía admitirlo solo a él. Se encogió de hombros y caminó hacia la boca del subte, que se lo tragó como si fuera una bestia voraz.
El convoy no tardó en llegar. Con total mansedumbre las puertas se abrieron invitándolo a entrar. Se cerraron ni bien subió.
Era su costumbre sentarse cerca de alguno de los extremos. Frente a él un chico lo miraba con insistencia, la cara le resultó familiar. Sus ojos siguieron recorriendo el interior del vagón, dos mujeres y un hombre eran sus compañeros de viaje en el otro extremo, los tres con la cabeza gacha parecían dormitar. Afuera la oscuridad lo iba envolviendo todo.
Algo no andaba bien, el tren a poco de abandonar la estación, encaraba una pronunciada curva hacia la izquierda, pero éste, por el contrario, estaba girando a la derecha ¿Cómo podía ser?, además la velocidad le pareció excesiva, pero contra todo lo previsto, los vagones se deslizaban silenciosos.
La intranquilidad de esa mañana se volvió a manifestar más furibunda aún, volvió a mirar a través de las ventanillas, no entendía, todo era muy confuso, el tren cada segundo que transcurría adquiría más velocidad, veía pasar las estaciones profusamente iluminadas pero sin detenerse en ninguna de ellas. Lo más preocupante era que, aunque el paso era fugaz, no reconocía ninguno de los andenes iluminados.
El convoy se había transformado en un verdadero bólido, era tanta la velocidad que temió lo inevitable, un descarrilamiento. Para colmo de males en medio de esos pensamientos, la luz del vagón se tornó en la oscuridad más horrible, era tanta la rapidez, que el paso por las estaciones solo se manifestaba como relámpagos. Sus manos se aferraban con desesperación a un pasamanos vertical cercano, ya estaba presintiendo lo peor. En ese instante por fortuna la luz logró vencer la negrura del entorno, recorrió entonces con la mirada la larga fila de asientos, divisó ahora a las dos mujeres y al hombre que estaban de pie y se aproximaban emitiendo sonidos guturales que no alcanzaba a interpretar.
En ese instante el chiquillo frente a él, levantó la cabeza y la luz mortecina del foco, le permitió descubrir sus facciones que en primera instancia le habían parecido familiares, quedó paralizado, no lograba dar crédito a lo que veía, ese chico que lo miraba con angustia, era él mismo de pequeño, si hasta reconoció la ropa que vestía. Se mordió los labios muy fuerte para despertar de esa pesadilla, pero fue inútil, el terror comenzaba a confundir sus pensamientos, los ojos de las personas que se acercaban, solo eran huecos oscuros sin vida y no pudo distinguir otros rasgos.
Los labios del chico que aunque los veía apretados, lograba percibir los gritos desde su interior, gritos sin sonido del pequeño, que le rogaba, le suplicaba que huya, que debía alejarse rápido de esas figuras tenebrosas que seguían acercándose.
Gruesas gotas de sudor se deslizaban por su frente enturbiándole la vista, pero ahora la cercanía de las figuras le permitió comprender aquellas voces apagadas. De la mujer que venía delante pudo escuchar lo que pronunciaba como una plegaria “Soy la Tristeza” lo repetía de continuo superponiéndose a la voz grave del hombre que insistía “Soy el Pesimismo”, pero lo que le heló la sangre fue la última visión, era el más siniestro de los avisos, insistía “Soy la Muerte”.
La voz del niño o sea su propia voz estallaba en su mente como reproche ¿Por qué causa abandonaste tantos proyectos? ¿Por qué los dejaste arrumbados en el pasado? Ha llegado la hora.
Ni bien se acalló su voz de niño, el hombre se precipitó desesperado sobre la puerta que comunicaba con el vagón contiguo, quiso abrir pero sus músculos los sintió flácidos sin tensión, tanto era así que fueron incapaces de girar el picaporte, se volvió, los personajes estaban muy próximos. Presa de terror quiso gritar pero solo logró emitir un tenue gemido, mientras tanto el pequeño lloraba, se retorcía y le gritaba ¡Aléjate no permitas que te tomen!
La primera mujer con una mano alcanzó a tocar su cuello, la sensación de esos dedos helados le produjo un asco infernal.
Visualizó la manija de “Freno de Emergencia” prácticamente se colgó de ella. Mientras los dos restantes personajes con sus brazos extendidos y sus manos huesudas y negras lo tomaban por los hombros. El freno logró su objetivo, pero su cabeza impactó contra el vidrio de la maldita puerta que le había impedido escapar, cayó de rodillas al piso. El convoy se detuvo por completo y alcanzó a ver a través de las ventanillas, que por fortuna lo había hecho en la estación donde todos los días él descendía, leyó el cartel indicador y lo confirmó “Tribunales”, se puso de pie, las puertas se abrieron y él se precipitó fuera de ese tren espantoso. Notó que un hilo de sangre se deslizaba por su frente producto del golpe, giró sobre sí mismo y miró el interior del vagón, no divisó a las figuras fantasmagóricas que lo acosaban, se habían desvanecido, pero en el vidrio de la ventanilla se vio reflejado a sí mismo de pequeño, que ahora sonreía complacido.
Una vez que el tren emprendió la marcha y se alejó del andén silenciosamente vacio, encaró hacia la escalera mecánica que lo conducía a la superficie.
Pensó que hubiera sido terrible haber sucumbido en la tristeza de los socavones del subte.
Mientras tanto los escalones con su arrullo metálico lo iban acercando hacia el sol de la mañana. Recordó conmovido aquellos ideales juveniles, cuando imaginaba una vida de proyectos y de éxitos. La imagen de aquellos sueños incumplidos cobró nueva vigencia, se instalaron con la fuerza del primer día, una energía inexplicable lo colmó. Se convenció que debía comenzar de nuevo…
¡Qué todavía estaba a tiempo!