El Espantapájaros

Rosario se sostenía en pie con alguna dificultad, como si el menor soplo de brisa la fuera a derribar, por esa razón se apoyaba con ambos brazos sobre el mostrador, en la guardia del destacamento policial del pueblo. Su cara reflejaba preocupación y angustia, por otra parte mostraba con desenfado su ojo derecho teñido de un color morado, era evidente que no lo había pasado muy bien.

-¡Otra vez por acá Rosario! Desde que se inauguró el destacamento hace un par de años, las únicas anotaciones en el libro de guardia son las tuyas. Decime una cosa, por qué no te mandas a mudar de tu casa, así terminan todos tus problemas… y los nuestros- el cabo con voz paternal trataba de hacer entrar en razones a Rosario.
-Es que esta vez se fue y estoy segura que no vuelve más.
-Si…si…ojalá que sea así, pero creo adivinar que en su despedida tu ojo no la pasó bien, flor de cachetazo te dio. Por favor mujer, hasta cuando vas a permitir que ese borracho de Rosendo te sacuda como a una alfombra y para colmo después desaparece por unos días y a su regreso, lo volvés a aceptar como si nada.
-Lo que pasa cabo es que cada vez que vuelve, me pide disculpas y me jura que va a cambiar.
-A ver si nos entendemos Rosario, tu marido no va a cambiar más, es un caso perdido y además sin sentimientos, ¿te miraste al espejo?, fijate las marcas en tu cara.
-Si tiene razón, pero ahora estoy segura que no vuelve más. Aunque es un problema en este momento para mí, el Rosendo se fue y me dejó una vida creciendo en mi panza.
-¡Ay!… Rosario y ahora preñada, decime cuantas veces encerramos a tu marido por un par de días, se le limpiaba el cerebro de vino y después al tiempo volvía a las andadas. Haceme caso, juntá tu ropa y tomátela a la casa de tus padres o de algún familiar.
-Es que no tengo familia cabo y mi lugar es este. Yo solo quiero hacer la denuncia que Rosendo no va a volver más, sé que eso me va a traer muchos problemas porque no sé quién se va a ocupar del campo, de las lecheras, de la huerta y de las vides.
-Bueno mirá Rosario, hagamos una cosa, no anoto nada…esperemos unos días y si no aparece le ponemos que Rosendo hizo abandono del hogar, “Para felicidad tuya”, no…eso no lo ponemos, quedate tranquila. Por otro lado te voy a mandar a Antonio, es un peoncito muy gaucho que te puede dar una mano con el campo y la huerta. Te lo recomiendo es honesto y trabajador, y si vuelve tu marido que le diga que es mi primo, que si le toca un pelo a él o a vos lo voy a encerrar por toda la temporada. Andá tranquila y esperá a Antonio que te lo mando esta misma tarde.
-Bueno cabo, muchas gracias ¡Usted sí que es un buen hombre!
Por la tarde, tal cual lo prometido, se presentó Antonio, un joven morocho, delgado pero fuerte.
-Me dijo mi primo que me podía dar trabajo y por lo que vi cuando llegué, hay bastante por hacer, todo está descuidado. Pero quédese tranquila doña, yo no tendría ningún problema de encargarme de todo. Siempre y cuando no vuelva su marido, lo conozco del boliche y es algo violento.
-Lo entiendo Antonio, pero esta vez estoy segura no va a volver, lo digo por la manera como se fue, lo vi muy decidido.
-¡Si usted lo dice…! Con respecto al campo es verdad, no es muy grande, pero hay bastante por hacer. Ah… quería preguntarle ¿cuánto va a ser mi jornal?
-Mire Antonio…hagamos un trato, creo que nos va a convenir a los dos, usted se encarga del campo, del tambo y de las vides, yo me encargo de la huerta, le doy casa y comida y el 20% de todo lo que se venda.
-Mire doña Rosario, yo me encargo de todo lo que dijo, además le voy hacer el mantenimiento de la casa que está bastante caída y me da el 30% de la venta.
-El 25% y no hablamos mas- dijo Rosario
-Trato hecho doña, es buena negociadora ¡eh!…pero recuerde si vuelve su marido, se acabó el arreglo.
Esa misma tarde Antonio arribó con sus pocas pertenencias y se instaló en un pequeño cuarto en un rincón de la casa que se usaba como depósito de cosas viejas.
A la mañana siguiente bien temprano, Rosario tenía preparado el mate con galletas, el hombre se tomó unos amargos y a los pocos minutos se fue a trabajar entusiasmado.
Rosario no perdió mucho tiempo en ordenar la casa ya que Rosendo cuando partió la madrugada anterior, apenas si la ensució. Luego tomó una canasta y se fue a la huerta, estuvo limpiando los yuyos que se empecinaban en invadir las hortalizas: desenterró unas papas, cortó unas lechugas y levantó una calabaza para el almuerzo.
A eso del mediodía Rosario salió al porche y sacudió con violencia el triángulo que pendía de unos de los parantes. Habrían transcurrido unos cinco minutos cuando Antonio ya se estaba lavando con el agua del molino.
-Tengo un hambre bárbara- dijo el muchacho entusiasmado.
-Primero preparé una sopa y luego espero que le guste el puchero, a Rosendo le encantaba- dijo Rosario con una sonrisa.
-Cualquier comida me gusta no le hago asco a nada- contestó y se sentaron a la mesa.
-Quería contarle una cosa doña Rosario. He revisado el galpón y vi unas cuantas cosas que podemos vender. Además vi muchas botellas de vino, reservé unas cuantas para nuestro uso y el resto si le parece, las ponemos también en venta. Además lo que se pueda vender de leche y de verduras. Necesitamos bastante plata, tenemos muchas cosas que comprar para las reparaciones.
Rosario se sentía feliz al ver la decisión y el entusiasmo de Antonio.
-¡Ah!… además le arreglé parte del alambrado que rodea a la huerta. La felicito la tiene bastante bien cuidadita, lo que si me llamó la atención, es ese espantapájaros colgado, ¿Lo ha puesto usted doña, no?- Rosario trató de evadir la mirada del hombre y asintió con un movimiento de su cabeza, mientras sus mejillas adquirían un tono similar al tinto del contenido de los vasos.
– Además le salió bárbara esa cosa, resultó igualito, igualito a su marido.
-Ah…si…- titubeó Rosario sin saber que decir, ahora se puso pálida. Los dos con la cabeza gacha, siguieron saboreando la sopa de calabaza.

 


Posted 18 agosto, 2014 by admin in category Cuentos

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