Los Primeros Colonos

-Buenas tardes don, usted perdone que interrumpa su descanso.

El hombre con la sobriedad característica del paisano, se acercó para saludar a Fernando, que muy distendido, ocupaba casi todo el banco en la plaza del pueblo.
-Buenas tardes… y no tengo que perdonarlo porque no está interrumpiendo nada.
-¡Gracias es muy amable!…quería preguntarle, ¿vio lo lindo que es? Me refiero al pueblo, y no le cuento de su gente. Si tiene la oportunidad de conocerla, de charlar con ella, le va a encantar aún más.
-Sabe, la vez pasada recorriendo la zona por mi trabajo, tuve intenciones de dejar la ruta y entrar, pero no lo pude hacer por falta de tiempo. Pero hoy se me dio y además el día esta ideal para regalarme unos minutos de descanso.
-Hizo bien mi amigo. Apropósito, ya que la tiene enfrente le hago otra pregunta ¿Se fijó en la estatua que adorna la plaza?
-Así es, cuando usted llegó la estaba mirando.
-Fíjese la paz que trasmiten esas tres personas, un paisano a caballo saludando a una pareja sentados en la carreta. No me canso de admirarla. Qué bien logrado está la yunta de percherones que tiran de la misma. Si se acerca un poco va a poder contemplar la perfección de los pequeños detalles, que para mí la hacen única. Vea por ejemplo las riendas, o el detalle de las ropas y sus pliegues, una belleza por el lado que se le mire.
-La verdad que sí, es muy bonita ¿Y qué representa?- inquirió Fernando
-Simboliza a las doce familias fundadoras, llegadas allá por el año 1904. Todas ellas escapando de la Rusia Zarista, sabe.
-¿De Rusia vinieron?
-Así es señor… pero capaz que lo estoy importunando con mi charla.
-Todo lo contrario, es muy interesante, a mi me encanta conocer los orígenes de los pueblos. Por favor siga usted.
-Bueno gracias y como le decía; primero vinimos dos adelantados, yo Moses y mi amigo Malej, con el propósito de buscar un lugar apto para la siembra, si lo hallabamos, intentaríamos comprarlo. Y así fue, encontramos este lugar, nos gustó. Más tarde llegaron el resto de las doce familias de colonos. Cada una dispuso de cien hectáreas y nos establecimos. En esa época lo único que abundaba en la zona eran los cardos y los yuyos, no había lo que se dice nada. Pero abrazamos esta nueva tierra como si fuera nuestra lejana y perdida patria. Lo hicimos con pasión y mucho amor. Como debe de imaginarse los inicios fueron muy duros, debíamos transformar estos páramos desérticos en tierras fecundas. Como voluntad nos sobraba, al fin lo logramos. De esa manera fuimos creciendo de a poco, lentamente. Aquí nacieron y crecieron los hijos y más tarde los hijos de los hijos y esa rueda no se detuvo más. Hoy en día le aseguro la obra continúa. Antes de de irse señor, dé una pequeña recorrida, va a ver el sueño de ese grupito de familias que logró esta hermosísima realidad.
-Si por supuesto que lo voy hacer…además flor de mensaje, que ejemplo de ideales de esfuerzo y compromiso. Todo un modelo para nuestra juventud. ¿Usted es descendiente de aquellos colonos? Porque me llama la atención como se expresa, habla como si fuera uno de ellos.
-¡Así es señor! yo soy uno de esos colonos, tal vez recuerde mi nombre, Moses.
-Buen chiste…uno de los dos adelantados. O sea que usted tiene algo así como… digamos… 130 años o más, la verdad que los lleva muy bien, yo no le hubiera dado más de cincuenta a lo sumo sesenta.
A pesar del entusiasmo de Fernando por el relato, no estaba dispuesto que le tomaran el pelo. Con un dejo de ironía volvió a preguntar.
-¿Entonces dígame?…alguno de estos esforzados hombres que están representados acá- Fernando caminó hacia la escultura, se apoyó en la carreta y con una sonrisa preguntó- ¿Es posible que uno de estos colonos sea usted, don Moses?
Al darse vuelta para mirar al hombre, se sorprendió, ahí no había nadie, miró hacia los cuatro puntos cardinales de la plaza y nada, solo alcanzó a divisar en uno de los extremos a un cuidador que muy concentrado, rastrillaba una cantidad de hojas secas. Intrigado caminó hacia él.
-Buenos días señor, disculpe que lo moleste. Usted debe ser de la zona ¿no?
– Si – le respondió con una sonrisa.
-Por esas casualidades ¿conoce a un tal… don Moses?
– ¡Ajá!
-Bien, resulta que hace un rato estábamos teniendo una conversación de lo más amena. Me contó la maravillosa historia de aquellos esforzados hombres y mujeres que fundaron este pueblo. Pero de buenas a primeras, sin yo darme cuenta, este hombre Moses desapareció… no entiendo.
– Usted señor da la sensación de ser una persona preparada y además de buenos sentimientos, permítame entonces que le cuente algo, eso sí, le suplico que intente abrir de par en par su imaginación y su corazón. En primer lugar don Moses le dijo la verdad, él fue uno de aquellos colonos que hace mas de 100 años fundaron el pueblo. En segundo lugar permítame que le relate algo, que resulta poco creíble para algunos.
-Lo escucho… dígame.
-Bueno me han contado y dígame usted si es cierto, que la energía es indestructible, no se pierde a lo sumo se transforma.
– Así he leído ¿pero qué tiene que ver eso?
-Bien señor, usted considera que el amor, la felicidad, el alma, el espíritu hasta digamos… el odio ¿es una forma de energía?
-Supongo que sí.
-Bueno, aquellos colonos que arribaron a estas tierras desde tan lejos, traían en sus maletas un entusiasmo inquebrantable, un solo objetivo los guiaba, era el de vivir en paz y de una manera digna, estaban convencidos que para lograrlo debían trabajar y mucho. Ese esfuerzo al fin, dio sus frutos, lograron forjar un futuro para ellos y las generaciones venideras. Fue tan grande ese espíritu, había tanta energía en ellos. ¿Cómo explicarle? don Moses o si usted quiere su energía inextinguible, siempre está, ese espíritu inicial sigue vigente aún. Es común entonces sentirlo cerca de aquellas personas que en ocasiones nos visitan. Con el solo y único propósito de hacer trascender nuestra historia.
-La verdad señor su relato me ha conmovido, muy emocionante. Una gran empresa y una gran enseñanza. Permítame decirle que me siento muy feliz de haberme detenido el día de hoy en este pueblo. No solo para disfrutar sus bellezas sino el haber conocido esa epopeya y por supuesto a don Moses o lo que sea. Lo lamento pero ya me tengo que ir, quiero agradecerle lo amable que ha sido usted por la explicación y felicitarlo de corazón. Muchas gracias señor…
-¡Malej…un servidor!
Una vez que Fernando estrechó la mano del hombre, y se encaminó hacia donde estaba estacionado su auto, iba eufórico pero a su vez pensativo.
-¿Malej…Malej? Ese nombre me suena. ¡Claro, si es el otro adelantado, Moses y Malej!
Se volteó, llevó su mirada hacia donde estaba el jardinero. Se dio cuenta que la plaza en ese instante estaba completamente desierta. Con una inmensa sonrisa, una emoción indescriptible y meneando su cabeza de lado a lado, se introdujo en el auto y partió.

 

 

 


Posted 18 agosto, 2014 by admin in category Cuentos

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