Por Siempre en el Cairo

Era la segunda vez en el año que Joaquín arribaba a la ciudad del Cairo procedente de Buenos Aires. Siempre por cuestiones laborales.

Después de un descanso reparador en el hotel, y viendo como el atardecer se adormilaba dejando paso a la noche, que de manera lenta, iba cubriendo las calles con su penumbra, salió a caminar por la ciudad; milenaria, misteriosa y con tantos secretos exhibidos y por develar.
Al poco rato, el estómago comenzó a manifestarse, estaba sintiendo hambre. Se le ocurrió buscar un restaurante en un lugar tranquilo. Pero para lograrlo debía alejarse un poco de las arterias principales y de ese tránsito caótico, tan particular de la capital Egipcia; donde el solo hecho de cruzar una calle representaba siempre todo un desafío, además, el insoportable y estridente sonido de las bocinas. Una costumbre tan arraigada entre sus habitantes, pues la hacen sonar en cada ocasión que se les presente: como protesta hacia otros automovilistas o hacia los peatones que de manera ágil saltan por delante de los vehículos, también lo hacen cuando festejan y cuando están apenados, siempre encuentran un motivo propicio.
Un “Metre” interrumpió su andar y lo puso al tanto de las exquisiteces que eran servidas en el local, decidió quedarse. Cenó “Shish Kebab” que son brochette de carne de cordero, comidas típicas con abundante vino egipcio. Al final de la cena y como cortesía de la casa, el encargado lo invitó en dos oportunidades con aguardiente a base de vodka.
Una vez que pagó la cuenta, trató de ponerse de pie. Recién ahí notó el exceso de bebida en su organismo. Saludó por tercera vez al encargado y se dirigió al hotel que supuso estaría a unas diez o quince cuadras. Consideró que una caminata le iba hacer bien para despejarlo.
Joaquín trataba de llevar sus pasos lo mas derecho que podía, ya que el alcohol ingerido se empeñaba en hacerlo ir en diagonal. Había recorrido un par de cuadras y se topó con un paredón, esto le preocupó, porque en la llegada al restaurante no lo había visto. Tratándose de orientar, giró a la izquierda y vio que a cien metros finalizaba esa pared sombría.
A pesar de la bebida y la desorientación, pudo percatarse que dos sombras se acercaban a él por detrás. Al instante escuchó gritos amenazantes que a pesar de dominar el idioma, no pudo entender lo que decían. Al girar la cabeza vio a dos individuos vestidos con la túnica de lino característica. Uno de ellos esgrimía un arma de fuego en una de sus manos. El peligro lo despejó de inmediato y se lanzó a correr lo más rápido que pudo. Al llegar a la esquina dobló a su derecha, el paredón se transformó en una pared de mediana altura y alcanzó a ver detrás de ella, un parque con una pobrísima iluminación. Consideró que era una posibilidad para perder a los asaltantes. Saltó el muro y desapareció entre la arboleda. Escondido detrás de un árbol, trató de divisar a sus perseguidores. Los vio que discutían en la vereda, uno de ellos señalaba la dirección por donde Joaquín se había ido, pero le resultó muy extraño ver, que ninguno de los dos hombres hiciera ningún intento de seguirlo. Observó que ambos sujetos caminando de manera lenta, tomaron direcciones opuestas. Joaquín sospechó que lo iban a estar esperando para cuando saliera. Hizo un análisis de su situación y comprendió que sería muy arriesgado volver a la calle. Considerando la hora de la noche, su agotamiento y el nivel de alcohol en sangre; decidió aguardar las primeras luces de la mañana. Era lo más razonable.
Cuando sus ojos se acostumbraron a las sombras, se dio cuenta que el lugar donde estaba, no era un parque sino un cementerio. Esa había sido la razón por la cual los dos malvivientes, habían desistido de seguirlo. A él eso no le inquietaba.
Caminó por algunos de los senderos hasta encontrarse con varias bóvedas, al tercer intento una de las puertas cedió con un agudo chirrido, sonrió aliviado. Una tenue claridad que se filtraba por la puerta abierta y por una pequeña cúpula de vidrio en la parte superior, permitió divisar algunos cajones fúnebres de aspecto añoso, casi destartalados. Sobre uno de los costados, una baranda que en apariencia era el límite hacia un lúgubre vacío, por donde ascendía un vaho bastante húmedo. Se apoyó tratando de estudiar el lugar. La intención era pasar la noche al resguardo. La baranda cedió y su cuerpo sin el sustento, se deslizó como una cascada hacia la nada. Su cuerpo junto a restos de materiales, impactaron con es-truendo sobre lo que supuso sería el piso del sótano.
Salvo algunos golpes se sentía bien. Se dio cuenta que la baranda al caer había roto otros cajones fúnebres depositados en el sótano. A pesar de la oscuridad un brillo fantasmagórico proveniente de algunos huesos expuestos lo sobrecogieron.
Evaluó la nueva situación, era imposible intentar en ese momento subir a la plataforma superior, no alcanzaba a ver nada, la situación recomendaba prudencia. Lo más razonable sería tratar de acomodarse en ese lugar y echarse a descansar hasta el amanecer. Un sopor comenzó a embriagarlo y no tardó en quedarse dormido.
El murmullo era grave, pesado y lo despertó. Alcanzó a ver alumbrado por la tenue luz de una vela, siluetas también ataviadas con túnicas, que lo contemplaban mientras hablaban entre ellas. Los gestos eran amenazantes, interpretó que no era bien recibido. Algunos señalaban direcciones opuestas unos hacia arriba y otros hacia abajo.
El pretendió explicarles, trató en vano de dominar sus nervios, mezclaba palabras en árabe y en inglés. Resultó inútil decirles que no había sido su intención el haber producido los destrozos en el interior de la bóveda. Que los asaltantes, que la huida, que… no parecían escucharlo, por el contrario la situación se volvía cada vez más tensa, las figuras se ponían más intolerantes. Las siluetas comenzaron a acercarse desafiantes, intentó retroceder pero algo frenaba sus pies y cayó hacia atrás en lo que parecía un ataúd, el terror lo invadió, las figuras con fuerza sobrehumana alzaban una pesada tapa de piedra. Alcanzó a divisar sobre ella los rasgos de una cara humana con reflejos de oro, estaba paralizado, ni atinaba a defenderse, quiso incorporarse pero sus músculos no le respondían, procuró pedir auxilio pero su voz no sobresalía del monótono murmullo de las figuras. La tapa del sarcófago ya estaba descendiendo, el nivel de angustia y desesperación fue tal, que sus ojos se abrieron de manera exagerada.
La pequeña luz que supuso una vela, era los rayos del sol que se filtraban por la claraboya de la bóveda y llegaban con alguna dificultad al sótano. Gruesas gotas de sudor recorrían su cara. Respiró aliviado, no había sido más que una pesadilla. Mientras sus pupilas se adaptaban a esa tenue claridad, divisó la baranda caída la noche anterior, notó los destrozos en algunos cajones funerarios.
El recinto era más amplio que la planta superior. Lo que alcanzó a ver lo tranquilizó, sobre unos de los rincones, una pequeña, oscura y sucia escalera de caracol se dirigía a la parte superior, pero también se proyectaba hacia abajo, como hacia un segundo sótano. La intriga y su espíritu aventurero pudieron mas, solo descendió unos pocos peldaños pero la oscuridad lo frenó, pensó que sería interesante investigarlo, pero tendría que ir en busca de una linterna. Prefirió por lo tanto dirigirse hacia arriba. Comenzó a subir y cuando había salvado la totalidad de los escalones, con asombro descubrió que nuevamente se encontraba en la base misma de la escalera, o sea en el sótano donde había pernotado. Contrariado no entendía que estaba sucediendo, era como si la escalera se hubiera vuelto a hundir y estaba en el punto de partida. Alzó la vista y ese espiral con peldaños se mantenía imperturbable como aguardándolo. Supuso que el aire enrarecido le había jugado una falsa ilusión, Se aferró al fino pasamano que ascendía acompañando a los peldaños. De nuevo comenzó el ascenso, pero otra vez cuando estaba por alcanzar la planta superior todo se desvanecía y volvía a estar en el primer peldaño del sótano. Confundido retrocedió unos pasos, de nuevo el terror se hizo presente, de su boca salió un grito pidiendo auxilio. En ese mismo instante un chirrido, seguido de un fuerte golpe le confirmó lo que temía, la puerta de acceso a la bóveda se había cerrado con estruendo. Intentó gritar pero solo escuchó su propio grito que se propagaba en los distintos niveles, a veces parecía venir de arriba y otras brotar desde el agujero negro del piso.
Encaró la subida decenas de veces pero siempre resultaba igual, de manera invariable se encontraba en el punto de partida. Agotado se sentó un instante tratando de controlar el pánico que lo estaba invadiendo.
Pensó entonces que si no podía subir, intentaría bajar. Inició con sumo cuidado el descenso, el sonido producido por los latidos de su corazón opacaba el ruido de sus pasos. Cuando esa escalera en espiral finalizó su descenso, la penumbra era más cerrada. Un haz de luz proveniente de la parte alta, iluminó por unos segundos el lugar, alcanzó apreciar entonces, un único cajón funerario: abierto y vacio. Al acercarse pudo descifrar una leyenda en árabe, escrita sobre uno de los laterales del ataúd. Lo que tradujo lo sumió aún más en el espanto. La sangre se le heló. El temblor sacudió cada fibra de su cuerpo. Se sintió desfallecer, notó que su conciencia comenzaba a evaporarse:
“يجب أن يفروا الموتى ” (Los muertos no deben huir).

 


Posted 18 agosto, 2014 by admin in category Cuentos

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