La Mujer de la Otra Mesa

Era sábado por la tarde, mientras muchos disfrutaban de la siesta, Tito con sus párpados a medio camino parecían querer cubrir la nada. Sentía en su corazón un profundo desamparo. Estaba sentado en el bar con intenciones de pedir al fugaz estímulo del alcohol una pequeña cuota de reflexión. En ese momento se dio cuenta que era observado.

-La mujer de la otra mesa no deja de mirarme, de hacerme caras y de sonreírme. Su facha no deja ninguna duda, es seguro que me quiere levantar. Pero si fuera capaz de ver en mi interior, se daría cuenta que hoy nada me interesa y muchísimo menos, involucrarme con un “Gato” – mientras evitaba esa mirada, seguía murmurando como si un interlocutor estuviera frente a él.
En ese instante la dama en cuestión, encaró decidida y con naturalidad se sentó en la mesa que ocupaba Tito, que sin esfuerzo alguno elaboró en su cara, un indisimulado gesto de fastidio mientras carraspeaba incomodo. Levantó una ceja y la miró.
-Si, ya sé que querés estar solo. Hace rato que te estoy observando y me di cuenta de ello, solo te pido que me des la posibilidad de decirte algo. Cuando se está triste como siento que lo estás vos, uno se refugia enseguida en la soledad, y eso es un error, porque ella no es buena consejera. Yo sé porque lo digo.
-Ha dado en la tecla señora. Sí… quiero estar solo.
-Me llamo Isabel, no pretendo ser cargosa pero dejame hacerte una pregunta, ¿vos no sos porteño, sos de alguna provincia del norte no es así?
-Así es, pero mire este…Isabel, conmigo pierde el tiempo. Busque a otro.
-Yo no estoy buscando nada…sé a lo que te referís, si buscara un hombre para pasar el rato, no estaría aquí con alguien que tiene toda la cara, como de querer escabullirse rápido, de este lugar llamado mundo ¿Decime si me equivoco?
-Bueno…bueno…parece, que además, es psicóloga.
-¿Por qué te empeñás en ofenderme? Que querés decirme con eso de “parece que además”. Tuve la sensación de que estabas necesitando un poco de compañía. Tu tristeza es una aureola que te envuelve, te rodea, fue solo eso, pero si te molesto tanto…- la mujer hizo ademán de levantarse e irse.
-No…no se vaya, perdóneme, fui un grosero. Me dicen Tito y tiene razón no me siento bien, estaba pensando boludeces. Resulta que no podía decidirme, si emprender una caminata internándome en el Rio de la Plata o tal vez irme hasta la costa y hacerlo en el mar como lo hizo Alfonsina.
-¡Uy…! Parece que la cosa viene mal. Haceme un favor tutéame, así la charla resulta menos formal. Además supongo que lo estuviste analizando mucho ¿no?, y estoy segura de saber a la conclusión que llegaste. Te dijiste ¡Qué vida de mierda! ¿No es así? Escuchame un poquito, además de ser mayor que vos; mal o bien tengo mi cuota de experiencia. Estoy convencida, porque me ha pasado varias veces, que si te cuentan un drama ajeno, de alguna manera sirve para aliviar un poco el dolor propio.
-¡No… si yo no estaba tan errado! Vos tendrías que tener un consultorio para arreglar penas ajenas; ves ya te tuteo- Tito algo más animado esbozó una sonrisa.
-La vida es la que te va marcando querido y la que te enseña. Es como ir zurciendo las heridas. Qué te parece si ya que somos dos perfectos desconocidos, mientras nos tomamos algo te cuento mis desventuras, es probable que te ayude, ¿estás de acuerdo?
Tito asintió con un leve movimiento de su cabeza.
-Manuel…traenos dos cafés con cuatro medialunas, que paga el señor.
-Tímida no sos y desprendida menos. Pero no hay problema si querés más medialunas pedilas, mientras tanto me acomodo para escucharte.
-Sabes lo que pasa, hoy ni almorcé- dijo ella.
-Solo me queda una duda, una vez que nos confesemos nuestras vidas. ¿Quién va a decidir cuál de los dos tiene la más desgraciada?- preguntó Tito
-Vos… yo… “Qui lo sa”, lo que importa es que te sirva, que sea un aliciente, que te den ganas de seguir peleándola y además comprendas que no sos el único en este mundo que sufre ¿me entendés? Te advierto que lo mío es muy “groso” así que te vas a tener que esmerar bastante para superarme.
-A ver si todavía nos agarra la depre a los dos y no nos va a quedar otra opción que irnos juntos, para que el agua nos tape. A mí por lo menos nadie me va a extrañar- agregó Tito- Así que mi estimada Isabel, soy todo oído.
-Paciencia hombre, todo a su tiempo y armoniosamente como decía alguien.
Ni bien Manuel sirvió los café y dejó el plato de medialunas, ella fue la primera en servirse. Mientras Tito envolvió el pocillo con una de sus manos y se dispuso a escuchar a la mujer.
-Yo soy Tucumana sabés, aunque nací en Santiago del Estero, a los dos años mi papá compró una casa en San Miguel, luego nos mudamos y ahí me crie. Todo iba bien, había privaciones no lo niego, pero sería injusta si me quejara. Me alimentaron, me vistieron, cuidaron mi salud y me dieron estudio, hasta que llegó la bendita edad de la adolescencia. Aunque bastante tarde hoy reconozco cuánta razón tenían mis viejos. Me transformé en una rebelde sin causa. A los dieciséis me enamoré de un muchacho, que al decir de mi madre no era nada recomendable, era seis años mayor. Después me enteré que había estado preso, pero fue tarde, ya me había ido de la casa siguiéndolo. Nos fuimos a vivir a Juan Bautista Alberdi al sur de la provincia de Tucumán. El infeliz siguió con sus andanzas y volvió a caer preso. Yo recién cumplía los diecisiete y había quedado embarazada. En ese momento me ayudó mucho un amigo y compinche de mi pareja. Fui tan estúpida que me junté con él y ahí fue el comienzo del infierno. Le gustaba la bebida y junto a ella comenzó a llegar la violencia. Tuve a mi hijo ¡un bebe tan lindo!, pero estaba aterrada. Aunque lo pensé muchas veces nunca me animé a volver con mis padres. Una vez que estás dentro de ese remolino de miserias es muy difícil salir de la succión. Para ese entonces había conocido una amiga que era “Prosti”, pero buena tipa. Me convenció de mandarnos a mudar y dejar toda esa calamidad. Nos vinimos acá a Buenos Aires los tres. Los primeros tiempos fueron muy duros, para colmo con el bebé. No tardé en convencerme que estaba condenando a mi hijo, debía sacarlo de alguna manera de ese ambiente. No tenía muchas posibilidades, con toda la vergüenza del mundo, escribí una carta a mis padres pidiéndoles perdón por todos los malos ratos que les había hecho pasar y les rogaba como último favor que cuidaran de su nieto, que yo me sentía incapaz de hacerlo. Tal vez no me creas, pero jamás…jamás… sentí tanto dolor en mi vida como en ese instante cuando lo dejé. Como para ir cerrando el relato te cuento que luego caí muy bajo, pero muy bajo, drogas, prostitución, toda la basura que puedas imaginar. De las drogas pude salir. Y aquí me tenés, por supuesto, obvié del relato muchos otros momentos miserables de mi vida. Sos un chico inteligente y sé que te los podrás imaginar. Con el tiempo pude comprar un departamentito donde hoy vivo sola. Bueno no tan sola, siempre ando acompañada de muchos fantasmas e imborrables recuerdos Me mandé muchas macanas en mi vida, pero bueno, nunca tuve el valor de encarar lo que hace unos instantes estabas pensando o decidiendo. Cuando te vi no sé… noté tu tristeza tu inmensa pena, por eso estoy acá charlando con vos. En mi caso, cuando llegue el momento de irme, trataré de buscar aunque sea en otro mundo un poco de paz, aunque no sé si estaré en condiciones de merecerla. Bueno basta de hablar ya te conté mi vida y ahora si te parece que la tuya es tan jodida como la mía, soy todo oído.
– ¿Pero… y tu hijo y tus padres que fueron de ellos?
-Dijimos solo contarnos las historias. Nada de preguntas.
-De acuerdo… ahí va la mía. Mis padres murieron en un accidente cuando yo era muy chico. Siempre me pareció que todos, prefirieron cubrir ese lamentable hecho con un manto de silencio como para que yo no sufriera. Nunca me quedó claro el tema del choque y la muerte de ambos. En algún momento me pareció que había nacido solo de madre, porque no he tenido ni la más mísera foto de mi padre. Peor aún no llevo dentro de mi alma, el más mínimo recuerdo de ellos, es como si jamás hubieran existido. Aunque de mi mamá sí, tengo algunas fotos, de jovencita, ¡Por Dios! era hermosísima. Después de eso nada, pero nada más. Los abuelos me criaron, fueron geniales, llegaron a ser todo para mí, me cobijaron con mucho amor, todo el que me hacía falta, fueron mis padres viejos, velaron por mí y me dieron estudio. Una vez que me recibí, fueron ellos los que me entusiasmaron para venir a probar suerte a Bs.As. Hace un año con diferencia de dos meses los abuelos dejaron este mundo. No te podés imaginar el inmenso dolor que me provocó su partida, era el único gancho que me quedaba en esta vida y se fueron. Me volví a quedar huérfano y no pude reponerme más. Acá concluye lo mío.
-Pero escuchame, ¿no hay una chica que ocupe tu mente y tu corazón? Sos joven, buen mozo, no me digas que ninguna mina se fijó en vos.
-Siii…pero soy un depresivo y terminan aburriéndose y dejándome con más depre que cuando empezamos.
-Decime una cosa ¿Estas empleado, tenés trabajo?- preguntó Isabel.
-Si tengo un buen trabajo, pero nada más.
-¿Nada más? ¡Por favor Tito!, sos joven, tenés estudio un buen trabajo, el afecto hay que aprender a ganárselo, lo que sucede y estoy segura, es que no estás haciendo una buena elección con las mujeres. Y eso, mi querido amigo, con un poco de empeño y picardía se arregla fácil.
-Para vos todo es fácil. Pero mirá en tu interior y mirá dentro mío ¿Qué nos queda? Estamos fatalmente vacios, ¿Qué te parece si caminamos juntos hacia el agua? Salvo que tengas que atender algún cliente.
-¡Uy…uy… uy!…, mejor hago como que no te escuché. Que negativo que sos querido.
-Y si… mirá si algún autor de telenovelas nos escuchara, se llenaría de guita con nuestras historias- comentó Tito- Sabés que yo también soy Tucumano y como te conté, me crié igual que tu hijo, con los abuelos, pero mi mamá no se llamaba Isabel, su nombre siempre me resultó raro y a la vez muy hermoso, se llamaba Aluminé.
-La mujer se puso pálida, los ojos se le llenaron de lágrimas, se cubrió el rostro con sus manos y rompió en un llanto desconsolado.
-¿Qué dije… qué hice ahora?- preguntó Tito.
-Nada…nada… hiciste Alberto, tus abuelos seguramente fueron Luis y Adela.
– Si ¿Y…? preguntó Tito extrañado.
-¡Ellos fueron mis padres!
-¿Pero el accidente entonces…?
-No existió…fue cosa de los abuelos… ¿no te das cuenta? no quisieron avergonzarte con la historia de mi vida.
Se contemplaron extasiados, comenzaban a descubrirse mutuamente, los pensamiento se agolpaban en sus cabezas y un sinfín de sensaciones invadían sus cuerpos, se abrazaron como jamás lo habían podido hacer en sus vidas.
El mozo del bar los vio partir, un pensamiento le hizo susurrar en voz baja, “Isabel se levantó un pendejo esta vez”.

 

 

 

 

 

 

 


Posted 18 agosto, 2014 by admin in category Cuentos

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