La Pintura de Elena
A Juan le sorprendió el mensaje que recibió del Sr. Montesinos. Éste deseaba con premura un encuentro con el artista. Montesinos era un personaje de prestigio en la comunidad, al que solo conocía por algunas murmuraciones de la gente, donde daban cuenta que hacía muy poco había contraído matrimonio con una joven mujer de una angelical belleza.
Esa misma tarde se entrevistó con el hombre que no anduvo con rodeos, le explicó el motivo del llamado, quería que el pintor inmortalizara en un cuadro toda la belleza de su joven esposa. Juan acosado por algunas deudas trató de disimular su interés y le manifestó que por tratarse de un Noble Señor, estaba dispuesto a comenzar de inmediato. Este le agradeció la deferencia, con un movimiento de su cabeza, pero le expuso una condición. La misma consistía que el lugar de trabajo debía ser en esa misma casa. Para Juan esto no le provocaba ningún inconveniente, por lo tanto aceptó complacido, tampoco le preocupó no haber conocido a la hermosa mujer. Acordaron comenzar al día siguiente.
Por la mañana Juan estaba parado frente al pórtico de la residencia, con sus telas, oleos y pinceles. Lo recibió el mayordomo, quien le informó que la señora ya lo estaba aguardando.
Traspusieron la recepción, que impresionaba por la blancura de sus paredes y atiborradas de columnas y estatuas de mármol pulido.
Subieron por la amplia escalera. En la planta alta se detuvieron frente a una puerta, el mayordomo golpeó y después de algunos segundos abrió las dos hojas de madera profusamente labradas, Juan se encontró dentro de una habitación donde los rayos del sol se filtraban cálidos, luminosos, por los amplios ventanales. Una cama primorosamente arreglada cobijaba a una cantidad de almohadones de plumas de colores suaves, un sofá delante de la ventana y alguien sentado en él. La claridad lo deslumbraba, no pudo distinguir de quien se trataba, aunque creyó imaginar. Una vez que sus pupilas se fueron acostumbrando, pudo contemplar a la más exquisita mujer que había visto en su vida.
Sobre los hombros caían largos cabellos dorados, un par de ojos verdes competían en belleza con sus labios rojos, un vestido de gaza largo y sobrio, una fina gargantilla resaltaba el largo de su cuello, mientras sus manos descansaban sobre la falda. Fue tanta su turbación que no atinó a moverse a pesar de estar sosteniendo los elementos de trabajo que lo incomodaban. Solo lo hizo cuando vio dibujada una sonrisa en la cara de esa atractiva mujer. Liberó sus manos acomodando todo lo que cargaba, en un rincón del cuarto y se presentó.
-Soy Juan el…
-Ya sé quién eres, además está a la vista, soy la señora Elena – y volvió a sonreír.
Juan no salía de su asombro, esa mujer era hermosísima. Una vez repuesto, le repitió lo acordado con el esposo. El lugar le parecía perfecto, solicitó le permitiera molestarla sugiriéndole recostarse sobre la cama, apoyada sobre alguno de los almohadones. La claridad que se filtraba por la ventana producía en ella los efectos de luz y sombra que el pintor prefería. Ubicó el caballete y la tela. Se acercó a Elena para corregir su posición. En ese momento percibió la deliciosa sensualidad de ese cuerpo. El contacto con la piel de la mujer aunque muy fugaz, hizo estremecer a Juan.
Se fueron sucediendo las jornadas, a Juan la emoción de cada encuentro lo predisponía de una manera especial, a medida que iba delineando las sensuales formas de Elena.
Cada tanto, cuando el cansancio incomodaba a la mujer, ésta se erguía caminaba unos pasos, estiraba sus brazos para desentumecerlos y luego volvía a la posición original, siempre en silencio.
Cuando el sol comenzaba a refugiarse en el horizonte y las sombras cubrían todo con su penumbra, el pintor con un indisimulado malestar, dejaba de trabajar, limpiaba sus pinceles, mientras la mujer sin dar muestras de cansancio, le regalaba una sonrisa y se marchaba.
En ocasiones el esposo se asomaba, contemplaba de lejos la obra y desaparecía sin hacer comentario alguno. Pero en cierta ocasión éste, le comunicó que iba a tener que ausentarse unos pocos días por cuestiones de negocio. Juan con algo de timidez preguntó si podía continuar con la obra y recibió el consentimiento.
Al día siguiente se propuso encarar los finos rasgos del rostro de Elena, lo asumió como todo un desafío, iba a ser su obra cumbre. Se aproximó a ella se sentó sobre la cama sin poder dejar de mirarla sintió que se le incendiaba la piel y sin proponérselo, sus rostros se fueron acercando tanto que comenzó a percibir el delicioso aroma de su aliento y la besó. Ella se dejó besar y los besos se sucedieron, el tiempo dejó de existir, estuvieron así vaya a saber cuánto, amó sus manos y besó sus ojos y mimó cada parte de ella.
Día a día ese amor que había surgido entre ambos lo compartían en un silencio culposo. No deseaba separarse de ella, ese sentimiento era el estímulo más soberbio que podía invadir al artista. Tanto era ese entusiasmo, que no se percataba de los cambios que se iban sucediendo en Elena; no notó la extrema delgadez de su cuerpo, su mirada algo triste, lívida, su sonrisa. ¡Ay…su sonrisa!
Una mañana al llegar a la residencia, le pareció extraño que no fuera el mayordomo a recibirlo, por el contrario era el mismo Montesinos en persona, que con gesto severo le comunicó que su esposa esa mañana no se sentía bien. Se suspendían las visitas. Juan trató de disimular su nerviosismo, sospechó por un instante que el hombre estaría al tanto de su amor por Elena. La voz de Montesinos lo hizo volver a la realidad.
-Ya le voy a avisar, observo a mi esposa muy demacrada – Juan interrumpió.
-Es posible que sea el cansancio, tal vez sea yo el responsable por exigir que posara por largas horas.
-Tal vez -dijo Montesinos -Yo le voy a avisar, Martín mi mayordomo le va a ayudar a llevar sus cosas. Por otro parte la obra está muy avanzada, sería mi opinión que lo que resta lo pueda hacer sin ella.
Pasó más de una semana sin noticias, Juan estaba desesperado, a modo de desahogo fue completando la obra, no era un problema para él que recordaba cada parte de ese cuerpo maravilloso, la amaba tanto que acariciaba la tela con sus labios, y besaba su boca, sus ojos, sus manos.
Decidió que debía verla de cualquier manera, se acercó a la residencia con el corazón estrujado por la angustia, el mayordomo lo hundió en la desesperación más profunda, le informó que la señora estaba muy enferma.
Hasta que una mañana, le llegó la terrible noticia de que Elena había muerto, que la anemia, que una enfermedad desconocida, que un parásito.
Juan desesperado no pudo escuchar más, solo se le ocurrió o quiso pensar que la causa de su muerte solo había sido por ese amor imposible. Con una mezcla de conformismo de dolor y de rabia se encerró en su atelier. Pasó varios días pintando sin descanso, hasta que nunca más se supo de él. Solo…solo se encontró en su pieza, los pinceles sucios y una pintura de una extraordinaria belleza. La figura
angelical de Elena, recostada sobre unos almohadones y un hombre de espalda que algunos dijeron que era Juan, con los brazos extendidos acudiendo a su encuentro…