Mi Tía
No puedo explicar lo que aconteció, menos aún sabría cómo definirlo. Por lo tanto procederé a relatar los hechos vividos junto a mi tía, y hacerlo de una manera cronológica: algunos incidentes han resultado risueños, a veces patéticos, la mayoría desconcertantes y otros verdaderamente enigmáticos.
Contaba ella en ese entonces con más de ochenta años de edad. Acarreaba desde hacía mucho tiempo, una pesada y dolorosa mochila. Los años se habían encargado de endosarle penas y dolores que terminaron haciendo desaparecer su espíritu tan jovial.
La muerte de su hijo en un accidente a la edad de 33 años, la sumió en un estado depresivo profundo, le costó mucho recuperarse. Más tarde la partida de su compañero de toda la vida, y por último su hija y nietas que en la actualidad viven física y afectivamente alejadas.
Las primeras imágenes que tengo, son de cuando era muy pequeño, tres o cuatro años y ella estaría rondando los veintisiete.
Siempre me llamó la atención su espíritu divertido que exaltaba aún más su hermosura. De largos cabellos rubios y ojos caprichosamente celeste. Fue la hermana menor de mi madre y así tal cual la recuerdo.
Un conjunto de cuestiones familiares no muy entendidas ni tampoco analizadas por mí en su momento, produjo un distanciamiento que se prolongó por décadas.
Hasta que el destino jugó sus fichas, y de manera impensada volvió a aparecer en mi vida. Lo sucedido me convenció de que algo o alguien movió las piezas en una jugada magistral, ¿casualidad? tal vez, pero mi presencia había llegado en el momento justo. Lo supe después.
Traté de recordarla volviendo al tiempo de los afectos, pero los años inexorables habían pasado. Cuando la volví a ver, apenas pude reconocerla. Se había transformado en una anciana retraída, triste y solitaria. Tanto, que vivía como una verdadera ermitaña. Confirmación hecha por sus vecinos.
Cuarenta años de separación entre nosotros se evaporaron en un instante. Esa mañana cuando me acerqué a su hermosa casa, hoy muy descuidada, me recibió con gran recelo. Al cabo de un rato un torbellino de recuerdos alegres, algunos melancólicos y otros tristes, nos invadió a ambos. Después de una hora, me había vuelto a transformar en su sobrino preferido. Terminamos riéndonos de sus locuras y de mis travesuras de pequeño, emocionándonos hasta las lágrimas.
Con entusiasmo me hablaba de su hermoso jardín y de la prolija huerta que mantenía en el fondo de su casa. A ojos vista, la realidad era muy distinta, impresionaba la altura del yuyal que en algunos casos excedían los dos metros. Por un motivo que no recuerdo me llevó hasta su dormitorio para mostrarme algo, lo que vi fue sobrecogedor, solo comparable a las visiones más escalofriantes de una película de terror. Pendían desde el cielorraso verdaderas cortinas ondulantes negras de telas de araña que ella ignoraba o convivía con placer con esas cosas.
Fue tanta la impresión que me causó el entorno, que me propuse de inmediato mejorar su condición de vida. Contraté a un hombre para que despejara el fondo de la casa e hiciera arreglos de albañilería y pintura.
Una tarde recibí un llamado telefónico de uno de sus vecinos, avisándome que la habían internado de urgencia. El diagnóstico, me enteré luego, hemorragia intestinal.
Me atormentaba la idea de que hacer. No vislumbraba una solución a su futuro inmediato, pues consideraba que a su edad y en ese estado, no podría vivir más en soledad. Además se oponía de manera terminante a abandonar su casa.
Después de un tiempo ya estaba restablecida y llegó el alta médica tan temida. Con todas mis dudas y mis angustias sobre su destino ¡Sucedió! Me convencí más tarde que los acontecimientos fueron guiados por algo o por alguien, ya que en el preciso instante que procedía a retirarla de la clínica, le sobrevino un ataque cerebro vascular, que le paralizó la mitad de su cuerpo. De más está decir que el alta médica se canceló ante esta nueva circunstancia. Me replanteé una decisión drástica. Ante la negativa de su hija, de hacerse cargo, gestioné el ingreso a un geriátrico.
Para convencerla tuve que elaborar una mentira piadosa.
Iba a ingresar de manera transitoria a una institución para su rehabilitación. Contra lo que había supuesto, se adaptó rápido a ese nuevo entorno. Atendida por un kinesiólogo pudo en poco tiempo abandonar la silla de ruedas. Ahora con la ayuda de un bastón se trasladaba por todo el hogar, erguida, decidida, como si fuera la directora de la institución. Una vez cada 15 días la visitaba una peluquera que daba color a sus cabellos y le arreglaba las uñas. El cambio físico experimentado en ese entonces fue notable, no así sus delirios. Como ser la confidencia que me hizo, de su amor por el joven kinesiólogo.
En una de mis visitas, charlando en el cuidado parque del geriátrico, me sorprendió con una confesión.
-Además de vos- me dijo en tono de secreto- me viene a visitar otra persona.
– ¿Quién? – pregunté
En su cara se dibujó una sonrisa picara. Yo dudaba que alguien se interesara por ella en esos tiempos, a pesar de tener hija, nietos y vecinos.
-¿Y se puede saber quién es ese misterioso visitante?
-Es un alemán que me está enseñando varias cosas.
-Ah… -dije, y no le di mayor importancia, conociendo sus desvaríos mentales.
El tema hubiera quedado ahí, si no fuera que al poco tiempo, sin pensarlo, insistí despreocupado y en tono de broma.
-¿Y volvió el alemán a visitarte?
-Es una “Entidad Espiritual” y siempre viene – me respondió con seguridad.
Lo que me llamó la atención es el término “Entidad Espiritual”, la miré y al ver mi sonrisa socarrona, agregó muy seria.
-Me está enseñando a manejar la nave.
-¿A manejar la nave? ¿Qué nave?
-Para que vos entiendas – me dijo- la que me va a permitir atravesar ciertos lugares. Vos pensá como en algo, real o aparente…si querés llamale: OVNI.
-Bueno… bueno… – dije y otra vez volví a sonreírme. Seguí preguntando.
– ¿Y si este señor es alemán, como te entendés con él?
-Porque primero me enseñó el idioma- me respondió con total naturalidad.
-¿No me digas que sabés alemán?
– Diese geliebten Neffe? (Como estás querido sobrino)
-¡Ugh!- la saliva se me atragantó en la garganta.
Por supuesto que no entendí lo que me dijo, pero la sorpresa fue, que empleaba la entonación exacta del idioma.
De lo que sabía, ella solo había cursado estudios primarios, aunque siempre hizo gala de una notable rapidez mental y en ocasiones según ella, haber experimentado algunas situaciones místicas paranormales. Como aquel día que estaba velando a su hijo y tuvo una prolongada charla con el finado en el cajón.
Como es de imaginar la historia del alemán, a partir de ese momento no me fue para nada indiferente. En cada una de mis visitas yo insistía sobre el tema, eso sí, con delicadeza, porque si ella notaba algún gesto mío, la charla finalizaba. Sus relatos me seguían sorprendiendo, mientras salpicaba frases en alemán.
Algo desconfiado, acudí a las enfermeras para preguntar si mi tía recibía otras visitas. Ellas lo negaron, solo una, me confesó con alguna cuota de intriga. “En ocasiones desaparece por un rato, después de manera sorpresiva la volvemos a ver, desplazándose con su bastón con un semblante inundado de una paz espiritual muy grande. Cuando le preguntamos dónde había estado, con una sonrisa nos responde siempre… ¡Por ahí!”
En una de mis visitas, con total seriedad le pregunté cómo andaba el curso de manejo, me respondió.
-Ya estoy casi lista…
-Y cuál va a ser el destino del viaje- pregunté algo nervioso.
-Yo sé mi querido sobrino, que tú piensas que estoy algo chiflada; es posible, pero te invito a que me señales en este mundo alguien que sea enteramente cuerdo. Además, quiero decirte que falta muy poco, para encontrarme con los afectos más grandes. Con aquellos que más quise en mi vida.
Aunque en ocasiones me invadía la duda por el cúmulo de descripciones y su proceder tan extraño, estaba de alguna manera tranquilo, al verla tan feliz.
Una noche sonó el teléfono de mi casa. Era del geriátrico. Solicitaban alarmados que concurra de manera urgente. Así lo hice.
Al llegar, la responsable del turno me comunicó algo grave. No encontraban las palabras para explicarme la desaparición de mi tía. La puerta de calle siempre permanecía cerrada y con llave. Por lo tanto consideraban que no había salido al exterior. Volvimos a revisar una vez más cada rincón, debajo de las camas de todos los dormitorios, dentro de los placares, en los baños, en la cocina… ¡Nada! No había el menor rastro de ella y no podíamos imaginarnos lo que pudo haber sucedido. Se hizo la denuncia policial. Las autoridades confirmaron que no existía aviso de aparición de alguien extraviado. Se revisó el video que registra las entradas y salidas de la institución… ¡Nada! Las agencias de remis cercanas también negaron haber llevado a alguien de esas características. Los hospitales de la zona la misma respuesta.
El misterio preocupaba a todos y yo vivía atormentado. Hasta que al tercer día de la desaparición, vuelvo a recibir un llamado desde el geriátrico. Voy de inmediato. Me comunican que revisando otra vez la pieza donde dormía mi tía, encontraron algo que en su momento, se les había pasado por alto. Un sobre en el cajón de la mesa de luz de su pieza, que estaba dirigido a mí. Me lo entregaron, sentí un nudo en la garganta, lo abrí angustiado. El personal aguardaba algún comentario mío, alguna pista que dejara entrever su paradero. Lo que leí me impactó, pero traté de que ningún gesto me delatara, dije que solo eran saludos y palabras afectuosas.
En realidad el texto breve y conciso decía lo siguiente: “Llegó el día mi querido sobrino. Estoy feliz. Te amo. Auf Wiedersehen (adiós)”
Guardé la nota y me fui. Al llegar a la vereda me detuve, sentí el impulso de volverla a leer, la boca se me extendió hacia los lados dando paso a una tierna sonrisa. Reinicie mi andar, me sentía invadido por una paz enorme. Reflexioné en voz alta:
-Reconozco que en algún momento desconfié de tu sensatez y de tu cordura. Procuré en este tiempo que estuvimos juntos, darte el aire suficiente para que puedas agitar tus alas, y aunque eras un pájaro herido, igual pudiste volar. ¡Lo lograste querida tía!