Valentina

Con cierta pereza el viejo convoy iniciaba su marcha. Sentado junto a la ventanilla me sentía tranquilo, relajado; miraba si… pero sin ver absolutamente nada. En ese momento ni por asomo, imaginaba los acontecimientos que iban a suceder en pocos días y que iban a quedar por siempre grabados en mis recuerdos.
Las estaciones comenzaron a esfumarse detrás de mí. El sonido ronroneante del tren, acabó por sumergirme en un sueño profundo.
Habían transcurrido un par de horas cuando el silbato estridente de la máquina me despertó. Supuse que nos estábamos acercando a algún pueblo, eso me entusiasmó, el guarda pasó voceado el próximo destino: ”Las Acacias… Las Acacias…”
Me gustó el nombre; decidí bajarme; tomé mi bolso, mi computadora de mano y esperé que el tren se detuviera, me recibió un andén casi desierto. En un extremo, el jefe de la estación charlaba de manera animada con el maquinista, otro hombre que había descendido del vagón contiguo desapareció de la estación.
El sonido del silbato anunciaba el comienzo del caos, el convoy comenzó a moverse en medio de ruidos y vapores de combustible. Aguardé en el andén hasta que el último vagón se transformó en un punto oscuro en el atardecer que se aproximaba. Luego me encaminé en búsqueda de transporte.
Solo había un coche como taxi, su conductor conversaba aún con el pasajero recién descendido, las expresiones y lo animado de la charla me hizo pensar que eran viejos conocidos. Me acerqué a ellos.
-Perdonen que los interrumpa, ¿el pueblo está lejos?
-A solo dos km. buen hombre… ¿va a algún lugar en especial?- el chofer preguntó.
-¿Conocen dónde podría hospedarme por algunos días?
-Pues claro –respondieron al unísono- la pensión de don Manuel.
-Si quiere, yo voy a dos cuadras de la pensión, si no lo toma a mal compartimos el taxi -invitó el hombre.
-No es negocio para mí – acotó el taxista – de cualquier manera es un gusto llevarlos.
El auto un Ford Falcon bastante destartalado, me dejó frente al hospedaje. Un edificio de una sola planta bastante viejo. Estimé de principios del siglo veinte. Cuando quise pagar mi compañero de tren, se opuso, él me había invitado, me deseó una buena estadía y me pidió que le mandara saludos a don Manuel de parte del Quirquincho.
Empujé la pesada puerta de madera y encaré hasta el mostrador, donde un hombre mayor escuchaba una radio tan vieja como el entorno.
-Buenas – dije – ¿Don Manuel?
-Así es…. ¿Con quién tengo el gusto?
-Mi nombre es Jorge Andrade. Estoy queriéndome hospedar por unos días.
-¿Es visitador médico o viajante?
-No…no…en realidad soy escritor, necesito alejarme un tiempo de la ciudad, debo terminar una novela que estoy escribiendo.
-Bueno…bueno…a elegido bien, si lo que necesita es soledad, “Las Acacias” es el lugar especial. La tranquilidad de este pueblo es absoluta, acá ¡nunca pasa nada!
Don Manuel me instaló en una pieza y me comentó que a escasos metros estaba el comedor, donde por las mañanas se servía el desayuno.
Le transmití los saludos del Quirquincho. Me agradeció con una risotada.
Acomodé la poca ropa que había llevado. Instalé la computadora en una mesa que estaba frente a la ventana desde donde se divisaba una sencilla plaza de pueblo.
El silencio era total, tanto en la pensión como en la calle. Estaba cansado y me dispuse cenar temprano. Pasé frente al comedor y me sobresalté al ver en la única mesa, una anciana de cabellos lacios entrecanos, sus ojos de un celeste profundo me contemplaban. La saludé y me respondió con una sonrisa; por mi distracción tropecé con un hombre que acababa de entrar.
-Perdone- intenté disculparme.
-No es nada…un gusto, soy el doctor Velásquez. Vengo a ver a don Manuel no lo veo por acá así que debe estar en el fondo. Antes de ir en búsqueda de Manuel el médico me orientó donde podía cenar.
Le agradecí y crucé la plaza en dirección a la fonda.
A la mañana siguiente, me levanté temprano, el día había amanecido soleado. Cuando salí al patio don Manuel me comentó desde el mostrador de entrada que en el comedor había café caliente y en la heladera había leche, le agradecí y me dispuse a desayunar.
Al ingresar, la figura de la anciana se recortaba en la ventana, por donde los rayos del sol penetraban con facilidad. La saludé y me serví café que estaba humeando en una cafetera eléctrica, me senté sin dejar de mirarla, entonces ella se acercó, y ocupó la silla que estaba frente a mí.
-Soy Valentina, la esposa de Manuel, créame que es un gusto tenerlo acá.- sin aguardar algún comentario mío continuó- Sabe…yo nací en este pueblo, Manuel no, él es de Santa Fe. Lo conocí cuando llegó como tantos otros a emplearse en la mina, que para ese entonces daba trabajo a mucha gente. Este pueblo era un hervidero. Al tiempo lo empecé a tratar y más adelante nos enamoramos. Manuel, hombre inteligente, me propuso transformar esta casa que era de mis abuelos, en una pensión. Fue una época que hicimos buena plata, hasta que hace unos quince años, la veta de la mina se agotó. La empresa cerró sus puertas y se marchó junto con todos, y acá quedamos los dos solos haciéndonos compañía. Cada tanto algunos visitadores se hospedan, visitan al doctor Velásquez y a la mañana siguiente se marchan.
– ¡Ah si el médico!, lo conocí ayer cuando vino a controlar a su marido.
– Si, gran persona y mejor médico, lo consideramos como el hijo que no tenemos. Manuel era un roble, pero después del accidente, quedó con una renguera permanente, pero lo más serio es que ha quedado muy delicado del corazón y es tan terco con los remedios.
Yo la escuchaba encantado, su voz sonaba tan dulce que hubiera sido un pecado interrumpirla.
-De muy joven yo era muy bonita sabe…, en esa época tenía muchos pretendientes pero mi Manuel fue el único hombre de mi vida.
Mientras Valentina desgranaba sus vivencias yo no dejaba de contemplarla, irradiaba ¡tanta ternura!
Terminé el desayuno y al momento de incorporarme, sentí el impulso de darle un beso en la mejilla, la anciana se ruborizó.
Estuve trabajando sin interrupciones por casi cuatro o cinco jornadas, ya estaba dando por finalizada la novela, cuando muy cerca del mediodía, algo me sobresaltó. Era el sonido de vidrios al romperse, salí al patio de inmediato, no vi a nadie, miré hacia el comedor y ahí vi a don Manuel recostado sobre la mesa del desayuno, a Valentina junto a él acariciándolo, alcancé a divisar algunas lágrimas que se descolgaban por sus mejillas. En el piso una botella hecha trizas.
-¿Qué paso? – Pregunté
-Un ataque- Me respondió Valentina, aferrada al cuerpo inerte de su esposo.
Me precipité en búsqueda del doctor Velásquez, que por fortuna vivía casa de por medio. Ni bien gané la calle, lo distingo descendiendo de su auto, le relaté lo sucedido y ambos nos fuimos presurosos hacia la pensión. El médico auscultó a Manuel. Sacó de su maletín una jeringa, preparó una inyección y se la aplicó. Juntos lo cargamos y lo pusimos sobre un catre que estaba en un rincón del comedor. Mientras el médico trataba de hacerle las maniobras de resucitación, yo contemplaba a Valentina que estaba inmóvil con sus manos en posición de ruego, ¡sentía tanta pena por ambos! En esos pocos días me había encariñado mucho, como si los hubiera conocido desde siempre. Después de algunos minutos el médico se irguió y dijo…
– No hay más nada que hacer, siempre temí que llegara este momento. Pobre Manuel.
Me llamó la atención el gesto del anciano, parecía dormitar plácidamente, y hasta me pareció que una sonrisa estaba delineada en su rostro.
Valentina y yo permanecíamos inmóviles, presenciando en silencio la escena. El doctor volvió a hablar.
-Bueno don Jorge, no se preocupe, yo me encargo de todo- Y salió presuroso de la casa.
Me acerqué a Valentina que ya no lloraba y la abracé muy fuerte, un sentimiento de angustia y emoción contenida recorrió todo mi cuerpo, ahora eran mis ojos los que se humedecían.
Habría transcurrido una hora, cuando el doctor Velásquez regresó con una ambulancia, que más tarde supe que era de la cochería. Retiraron el cuerpo de Manuel y con el doctor nos sentamos junto a la mesa del comedor, la anciana ya no estaba.
Se notaba la congoja en la voz del médico que comenzó a narrarme historias, cosas del pueblo, que algunas, ya conocía por los relatos de Valentina.
-Manuel no quedó bien después del accidente- confirmaba el doctor.
Lo interrumpí, en realidad lo que ahora más me inquietaba era Valentina.
-Doctor yo he terminado la tarea que vine hacer, estoy conmocionado por lo sucedido. Usted me había comentado que una parte de su casa funciona un geriátrico, se me ocurrió algo, si me lo permite.
-Por supuesto hombre…dígame
-Le quería decir que estoy preocupado por Valentina.
-¿Pero quién es Valentina?
-¿Cómo quién es? La esposa de Manuel…
El médico se puso serio y me miró extrañado.
-¿Qué está diciendo hombre? Si en el accidente automovilístico que sufrieron los abuelos hace tres años, Manuel quedó muy mal herido pero Valentina, encontró la muerte.
Acomodé la ropa en mi bolso, guardé la computadora y los papeles. Me dispuse a abandonar la pensión. Salí al patio y mi vista a modo de despedida comenzó a recorrer cada rincón, cada maceta, cada planta, como queriendo grabarlas en mi memoria.
Al pasar frente al comedor mire como lo había hecho aquella primera vez a mi arribo y otra vez me volví a sorprender. Ahora a través de la luz de la ventana se recortaban las imágenes de Valentina y Manuel que tomados de la mano y con una sonrisa feliz, me decían adiós.

 

 


Posted 18 agosto, 2014 by admin in category Cuentos

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