El Sabio Efraím

Cercano a la antigua ciudad de Jerusalén en un pequeño pueblo vivía Efraím, un anciano muy reconocido por su sabiduría. Se autodefinía como filósofo. Sus tertulias y conferencias siempre provocaban el interés de los lugareños. Conocedor de las debilidades y contradicciones humanas, le resultaba fácil responder a las consultas de la gente.

Una vez al año emprendía un recorrido por las comarcas cercanas, a los efectos de recaudar donativos para “La Sociedad de Sabios y Filósofos”, que como él, dedicaban su vida a divulgar sabiduría, conocimientos y en ocasiones justicia ante los conflictos que en general surgían entre los mismos vecinos.
Algunos mal pensados dudaban sobre el destino final de esos donativos, desconfiaban que fueran a parar a donde el anciano decía. Pero era muy común entre los humildes creer, y el “por si acaso”, contribuían siempre con algo.
Cuando arribaba a un poblado su presencia se revelaba de inmediato, pues detrás de él se congregaban cantidades de alborotadores niños. Calzaba sandalias confeccionadas por él mismo y envolvía su cuerpo con una manta blanca. Una vincha sujetaba sus abundantes cabellos blancos y portaba en su mano derecha una larga vara que usaba en sus arengas; en ocasiones la agitaba amenazadora dirigiéndola hacia el cielo. Lentamente se encaminaba hacia la plaza principal y buscaba un lugar estratégico. Los pobladores de a poco se iban agrupando a su alrededor.
En sus sermones solía relatar pasajes de la Biblia del Viejo Testamento, que con el transcurrir de los tiempos los iba modificando a conveniencia. También respondía con su proverbial habilidad las innumerables preguntas que las personas le formulaban. Sus contestaciones en general iban colmadas de ambigüedades, cosa que la mayoría de la gente las aceptaba complacida, aunque probablemente casi nadie las entendía.
Sus conclusiones nunca sentenciaban con dureza, su habilidad consistía en que el mismo sujeto que preguntaba, obtuviera como respuesta lo que deseaba escuchar. Si se suscitaba un conflicto de intereses entre dos individuos, entonces su juicio siempre era “Salomónico”. En general las personas consideraban sus decisiones como justas, sabias y equilibradas.
En ocasiones también desconcertaba con su lógica más sorprendente. En una oportunidad a eso del mediodía, lo vieron atareado buscando algo en una polvorienta calle, algunos curiosos se le acercaron y preguntaron que buscaba. Su respuesta no se hizo esperar, relató que había perdido una moneda en la taberna. La gente reaccionó con lógica preguntándole a su vez, si la había perdido en la taberna, porque causa la estaba buscando en la calle.”¡Porque acá hay más luz!” fue su respuesta. En otra oportunidad en la que realizaba su caminata anual, el sabio y filósofo Efraím al llegar a un pueblo distante y luego de platicar con sus habitantes, fue invitado a pasar la noche en una residencia de un hombre muy rico, que además se daba corte de amplios conocimientos.
Durante la cena este hombre hizo permanente gala de su sapiencia, pero como no era interés del anciano iniciar ninguna competencia erudita, guardó respetuoso silencio. A la mañana siguiente el sabio ya estaba dispuesto a proseguir su camino y el rico propietario no había hecho aún su donativo. Cuando el sabio se lo hizo notar, el hombre quiso ponerlo en ridículo y con intenciones de darle un escarmiento, le propuso lo siguiente: le pidió que leyera algún pasaje de la Biblia, cosa que Efraím lo hizo con la entonación exacta. Acto seguido el dueño de casa tomó la Biblia y leyó el mismo pasaje tan bien como lo había hecho el sabio. Luego pidió al anciano que escribiera algún “Salmo”, cosa que Efraím lo hizo sin inconveniente. A continuación el dueño de casa escribió el mismo “Salmo” con toda exactitud y prolijidad.
Entonces el hombre dijo:
– Usted pudo comprobar que yo se leer y escribir tan bien como usted, por lo tanto no puedo darle donativo alguno, ya que soy exactamente igual. ¡No corresponde!
– Tiene usted razón – respondió Efraím que parecía convencido por el argumento y agregó – estoy profundamente sorprendido y para demostrar mi reconocimiento y ecuanimidad, le ruego que por favor, me facilite dos monedas de oro.
– Aquí las tiene – el hombre rico se las entregó mientras observaba extrañado al anciano.
El sabio Efraím habló.
– Señor realmente me ha impresionado usted, pudo leer y escribir tan bien como yo, por lo tanto es justo y razonable, que estas dos monedas se dividan por partes iguales, aquí tiene, esta es la suya, le corresponde por su erudición.
– Su sabiduría es grande Efraím – reconoció el noble – y me place que haya aceptado con tanta humildad que soy igual que usted… por lo tanto acepto la moneda complacido.
El anciano salió de la residencia y encaminó sus pasos hacia el próximo poblado. En su rostro llevaba dibujada una amplia y socarrona sonrisa.

 

 

 


Posted 21 mayo, 2015 by admin in category Cuentos

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