La Historia de un Traje Nuevo

Las primeras luces del día descubren a Vicente empujando su carro cargado de verduras camino hacia la plaza del pueblo, debe instalarse junto a otros puesteros en la feria que solo se abre los domingos por la mañana.
Ya estaba llegando cuando al pasar cerca de la hermosa fuente, ubicada en la rotonda a escasos doscientos metros de la plaza, alcanzó a escuchar a alguien que canturreaba una canción para él desconocida. La sorpresa fue al darse cuenta que provenía de un hombre en total estado de ebriedad; pero lo más sorprendente aún, fue verlo sentado en medio del agua, y completamente desnudo.
Sus ojos recorrieron el entorno y advirtió que salvo ellos dos no había nadie más, solo vio sobre uno de los bancos cerca de la fuente, un montículo de ropa que dedujo era del bañista.
Vicente con gesto de preocupación, se acercó al borde del estanque y le preguntó al hombre si necesitaba ayuda, a lo que este con fastidio y con voz monocorde le respondió.
-Para nada (hic)…vaya a molestar a otro lado (hic)… solo con verlo uno se da cuenta (hic)… que el necesitado es usted, pobre hombre (hic)…
Entonces Vicente ofendido, pegó media vuelta con intención de proseguir su camino, pero al pasar junto al montón de ropa se detuvo, le llamó la atención la calidad de las prendas, tomó el saco y lo observó con detenimiento, miró al hombre y volvió a mirar el saco, la tentación era enorme. Al fin se decidió y se lo puso. Le quedaba mejor que pintado, jamás en su vida había tenido una ropa tan elegante.
En ese momento, volvió a escuchar al borracho que le decía algo que no logró entender. Lo miró y volvió a preguntar.
-¿Desea que lo ayude señor?
Como única respuesta, recibió un gesto impropio de una persona de bien, el nudista levantó su puño derecho y lentamente extendió el dedo mayor hacia arriba. Entonces Vicente muy disgustado, resolvió marcharse, se quitó el saco pero cuando lo iba a dejar con el resto de la ropa, se quedó pensativo un instante. Decidió entonces llevarse el traje completo, solo dejó sobre el banco, la camisa, el calzado y la ropa interior. Luego enfiló sus pasos hacia la plaza, pues debía intentar vender toda la verdura que llevaba en su carro en el transcurso de esa misma mañana.
Para el mediodía Vicente se sentía eufórico, había conseguido su objetivo. Por consiguiente emprendió muy feliz el regreso hacia su casa.
Por la tardecita de ese mismo domingo, Vicente emperifollado con su traje nuevo, volvió a tomar rumbo hacia la plaza. Se había enterado que esa noche, la banda del ejército daba un concierto.
Ni bien llegó, pudo ver a una nutrida concurrencia. Entonces muy entusiasmado, comenzó a pavonearse por los cuatro costados de la plaza.
Pero al pasar junto un improvisado palco, donde ya estaban las autoridades municipales del pueblo, pudo notar que una de esas personas lo miraba muy fijo, de inmediato, esa misma persona comenzó a chistarle haciéndole señas para que se acerque. Cuando Vicente se aproximó, se dio cuenta que quien lo llamaba, era el borracho de esa misma mañana. Pero la sorpresa fue aún mayor, al reconocer que ese hombre era el… ¡mismísimo intendente!
Dicho hombre mirándolo muy serio lo increpó.
-La ropa que usted lleva es evidente que no está de acuerdo a su nivel, dígame ¿es suya?
-No señor, no es mía.
-Entonces si no es suya, ¿cómo es que usted está vestido con ella?
Vicente hizo silencio. El funcionario siguió sermoneándolo.
-Por lo tanto debo pensar que la ha robado, en consecuencia debería ir preso.
El intendente pegó un grito y llamó al oficial de policía que estaba cerca.
-No se ponga nervioso señor – respondió Vicente -, me he puesto esta ropa para ver si de esa manera, puedo encontrar a su verdadero dueño y entonces devolvérsela.
-¡Señor intendente que necesita! – gritó el policía al acercarse, esquivando a cantidad de curiosos que también contemplaban la escena.
Vicente al ver a tantas personas a su alrededor, decidió levantar la voz con la intención de que todos lo escuchen.
-Permítame señor intendente contarle lo que me ha pasado hoy por la mañana muy temprano. Resulta que presencié una escena de lo más bochornosa, encontré en la fuente próxima a esta plaza, a un hombre en total estado de ebriedad, y para colmo, tal cual como Dios lo trajo a este mundo, ¡completamente desnudo! Había dejado su ropa en un banco cercano.
Si hizo un absoluto silencio entre todos los presentes.
-Ese lamentable personaje – siguió diciendo Vicente – estaba sentado dentro de la fuente y el agua apenas le cubría sus partes íntimas.
Un murmullo de indignación comenzó a brotar entre la gente. Vicente continuó.
-Preocupado, me aproximé y le ofrecí ayuda. Ese odioso personaje me respondió con un gesto de lo más ordinario – Vicente levantó el brazo para mostrarlo.
El murmullo se transformó en palabras y gestos condenatorios. Mientras tanto la cara del intendente comenzó a teñirse de rojo. Vicente continuó.
-Pero como yo tenía que ir a trabajar, pensé que si dejaba este hermoso traje, algún ladrón que osara pasar por ahí, con seguridad lo iba a robar, por lo tanto lo tomé, con la única y sana intención de devolvérselo a su dueño ni bien pueda hallar a este bendito hombre, y con la esperanza de encontrarlo sobrio.
La gente y el oficial de policía que escuchaban la conversación, rompieron en un aplauso cerrado aprobando el gesto de Vicente.
El intendente abrió la boca para responderle, hizo una pausa, miró a Vicente y a todas las personas reunidas, tragó saliva y entonces dijo.
-Vaya a saber que odioso personaje pudo dar tan horrible espectáculo – hizo una pausa y luego agregó con una mueca de disgusto – Muy bien buen hombre, espero que tenga suerte y pueda encontrar al dueño de ese precioso traje.
Vicente sonrió, se inclinó levemente a modo de respetuoso saludo, se abrochó el saco con suma elegancia, pegó media vuelta y se fue a buscar una silla desocupada para poder escuchar el concierto con comodidad.
El intendente miró resignado como se alejaba el hombre con su traje nuevo.


Posted 12 octubre, 2016 by admin in category Cuentos

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