Una Carta en la Botella
La natural calma de aquel puerto pesquero en la Ciudad del Cabo al sur de África, se alteró por
un curioso e inesperado hallazgo. Esa mañana muy temprano los tripulantes de uno de los barcos, al izar sus redes descubrieron con disgusto junto a la exigua pesca, ¡una botella! La tomaron con intensiones de devolverla al mar, pero se dieron cuenta que estaba perfectamente cerrada y en su interior había un papel enrollado. A pesar de la sorpresa estuvieron de acuerdo, junto al capitán, de no abrirla y entregarla tal cual estaba al director del acuario en el puerto. Cuando éste la tuvo entre sus manos procedió con delicadeza a quitar la cobertura que cubría el cuello de la misma. La intriga contagiaba a los presentes. Con unas pinzas largas pudieron extraer ese papel enrollado. Lo desplegaron sobre la mesa. Había perdido su blancura original, se había tornado de un tono amarillento y la tinta en algunos lugares parecía diluirse. Esos detalles confirmaban su antigüedad. Comprobaron también que estaba escrita en español. Con alguna dificultad la fueron traduciendo, las especulaciones entusiasmaron a los presentes. Algunos suponían que podría ser el angustiado mensaje de algún náufrago. Pero el texto los sorprendió, no era ningún pedido de ayuda. Era una carta de amor. En su encabezado aunque algo borroso se podía leer “Mar de Ajo, 30 de Noviembre de 1971” habían transcurrido algo más de cuarenta años y estaba dirigida a una mujer llamada “Florencia”. Me he preguntado qué es el tiempo y la distancia cuando uno ama. Me he respondido que es solo una efímera sensación de ausencia, pues aunque siga quemándome el deseo de estar a tu lado, de abrazarte y cubrirte de besos he logrado por fin entender, que sin tenerte te tengo. Si el destino decidiera que tus hermosos ojos en algún momento puedan leer estas líneas, seguro estoy que tu corazón volverá a palpitar feliz, como lo hizo en aquellos tiempos de nuestras vidas donde disfrutábamos tanto el estar juntos. Si por el contrario, esta carta quedara condenada a reposar por siempre en la profundidad del mar, será este mismo mar el único y silencioso testigo de nuestro amor imposible. Mientras escribo estas líneas, escucho con inusitado placer el maravilloso sonido de la lluvia, con sus gotas golpeando el vidrio de mi ventana, como las lágrimas a mis ojos; las veo caer como si fueran hilos paralelos sobre los charcos que al golpear en ellos, van formándose dijes alargados hacia el cielo. La imagen y el sonido que producen despiertan los recuerdos. Mi alma vuelve a llenarse de esa magia, como aquella noche de verano, ¿la recuerdas?, donde la lluvia nos sorprendió mientras subíamos la montaña por ese camino sinuoso, las gotas comenzaron a acariciar tu cara y empapar tu pelo. Pero logramos llegar al mirador en la altura. Nuestras manos húmedas se buscaron mutuamente y los dedos se entrelazaron muy fuertes. En ese instante nos maravillamos, la tormenta como avergonzada terminó disipándose y la noche nos regaló un cielo salpicado con millones de pequeñas luces y una hermosa luna nos permitió contemplar la ciudad, como si fuera un mundo diminuto a nuestros pies. Mi amada Florencia, entrecierra por un instante tus ojos y que ese hechizo te vuelva a embriagar como lo ha hecho conmigo tantas veces, cuando escucho tu voz susurrándome al oído que me amas. Trato de imaginar que solo estamos tú y yo en medio de la nada. Te presiento a cada instante cerca mío, tanto, que podría abrazarte y aunque perciba que mis brazos no te sienten y si al abrir los ojos no te encuentro, ya no importa, porque esos segundos obraron el milagro, tu perfume me invadió y hasta puedo llegar a sentir tu aliento en mi cara. Hoy mi transitar es un largo camino en soledad, seguiré entonces conformándome con nuestro amor y con el recuerdo de tus besos, que en definitiva van a ser la cura a mi desconsuelo. El destino lo planeó así, la vida nos deparó esa fantástica sorpresa de reunirnos, justo a tiempo para conocernos y enamorarnos. Querida Flor, sé que me amas, por lo tanto tengo todo lo que necesito. No intentes siquiera pensar cuán grande es mi amor por ti, porque en verdad, es mucho más de lo que pudieras llegar a imaginar. Te amé y te seguiré amando hasta ese frágil instante de mi muerte. Siempre tuyo… Pablo” La sensación de pena embargaba los rostros curtidos de los presentes, el aire que los circundaba estaba empapado de pena y se oían los lamentos por la carta que no pudo llegar al destino soñado. Uno de los prácticos del puerto identificó enseguida la localidad costera de Mar de Ajo, en la Argentina. Todos los ahí presentes estuvieron de acuerdo en darle una nueva oportunidad a ese amor silencioso, dando publicidad el hallazgo. Se acordó fotocopiarla y enviarla a uno de los periódicos más importantes de la Argentina, junto a una nota aclarando las circunstancias del hallazgo. La botella se iba a conservar tal cual en las oficinas del puerto, ante la posibilidad remota que alguien pudiera reclamarla. Pasaron los meses. La tibieza de ese día de primavera estaba regalando un cielo profundamente azul y soleado, la pequeña Johana correteaba despreocupada por el patio en la casa de su abuela. En un momento la niña entró a la sala y contempló con preocupación a la anciana que estaba sentada, inmóvil, en su sillón preferido con un periódico abierto sobre la falda. Se fue acercando muy despacio, se detuvo frente a ella con la angustia reflejada en su carita, preguntó casi en un susurro: -¿Por qué estas llorando abuela Flor…?