La Historia de un Traje Nuevo

Las primeras luces del día descubren a Vicente empujando su carro cargado de verduras camino hacia la plaza del pueblo, debe instalarse junto a otros puesteros en la feria que solo se abre los domingos por la mañana.
Ya estaba llegando cuando al pasar cerca de la hermosa fuente, ubicada en la rotonda a escasos doscientos metros de la plaza, alcanzó a escuchar a alguien que canturreaba una canción para él desconocida. La sorpresa fue al darse cuenta que provenía de un hombre en total estado de ebriedad; pero lo más sorprendente aún, fue verlo sentado en medio del agua, y completamente desnudo.
Sus ojos recorrieron el entorno y advirtió que salvo ellos dos no había nadie más, solo vio sobre uno de los bancos cerca de la fuente, un montículo de ropa que dedujo era del bañista.
Vicente con gesto de preocupación, se acercó al borde del estanque y le preguntó al hombre si necesitaba ayuda, a lo que este con fastidio y con voz monocorde le respondió.
-Para nada (hic)…vaya a molestar a otro lado (hic)… solo con verlo uno se da cuenta (hic)… que el necesitado es usted, pobre hombre (hic)…
Entonces Vicente ofendido, pegó media vuelta con intención de proseguir su camino, pero al pasar junto al montón de ropa se detuvo, le llamó la atención la calidad de las prendas, tomó el saco y lo observó con detenimiento, miró al hombre y volvió a mirar el saco, la tentación era enorme. Al fin se decidió y se lo puso. Le quedaba mejor que pintado, jamás en su vida había tenido una ropa tan elegante.
En ese momento, volvió a escuchar al borracho que le decía algo que no logró entender. Lo miró y volvió a preguntar.
-¿Desea que lo ayude señor?
Como única respuesta, recibió un gesto impropio de una persona de bien, el nudista levantó su puño derecho y lentamente extendió el dedo mayor hacia arriba. Entonces Vicente muy disgustado, resolvió marcharse, se quitó el saco pero cuando lo iba a dejar con el resto de la ropa, se quedó pensativo un instante. Decidió entonces llevarse el traje completo, solo dejó sobre el banco, la camisa, el calzado y la ropa interior. Luego enfiló sus pasos hacia la plaza, pues debía intentar vender toda la verdura que llevaba en su carro en el transcurso de esa misma mañana.
Para el mediodía Vicente se sentía eufórico, había conseguido su objetivo. Por consiguiente emprendió muy feliz el regreso hacia su casa.
Por la tardecita de ese mismo domingo, Vicente emperifollado con su traje nuevo, volvió a tomar rumbo hacia la plaza. Se había enterado que esa noche, la banda del ejército daba un concierto.
Ni bien llegó, pudo ver a una nutrida concurrencia. Entonces muy entusiasmado, comenzó a pavonearse por los cuatro costados de la plaza.
Pero al pasar junto un improvisado palco, donde ya estaban las autoridades municipales del pueblo, pudo notar que una de esas personas lo miraba muy fijo, de inmediato, esa misma persona comenzó a chistarle haciéndole señas para que se acerque. Cuando Vicente se aproximó, se dio cuenta que quien lo llamaba, era el borracho de esa misma mañana. Pero la sorpresa fue aún mayor, al reconocer que ese hombre era el… ¡mismísimo intendente!
Dicho hombre mirándolo muy serio lo increpó.
-La ropa que usted lleva es evidente que no está de acuerdo a su nivel, dígame ¿es suya?
-No señor, no es mía.
-Entonces si no es suya, ¿cómo es que usted está vestido con ella?
Vicente hizo silencio. El funcionario siguió sermoneándolo.
-Por lo tanto debo pensar que la ha robado, en consecuencia debería ir preso.
El intendente pegó un grito y llamó al oficial de policía que estaba cerca.
-No se ponga nervioso señor – respondió Vicente -, me he puesto esta ropa para ver si de esa manera, puedo encontrar a su verdadero dueño y entonces devolvérsela.
-¡Señor intendente que necesita! – gritó el policía al acercarse, esquivando a cantidad de curiosos que también contemplaban la escena.
Vicente al ver a tantas personas a su alrededor, decidió levantar la voz con la intención de que todos lo escuchen.
-Permítame señor intendente contarle lo que me ha pasado hoy por la mañana muy temprano. Resulta que presencié una escena de lo más bochornosa, encontré en la fuente próxima a esta plaza, a un hombre en total estado de ebriedad, y para colmo, tal cual como Dios lo trajo a este mundo, ¡completamente desnudo! Había dejado su ropa en un banco cercano.
Si hizo un absoluto silencio entre todos los presentes.
-Ese lamentable personaje – siguió diciendo Vicente – estaba sentado dentro de la fuente y el agua apenas le cubría sus partes íntimas.
Un murmullo de indignación comenzó a brotar entre la gente. Vicente continuó.
-Preocupado, me aproximé y le ofrecí ayuda. Ese odioso personaje me respondió con un gesto de lo más ordinario – Vicente levantó el brazo para mostrarlo.
El murmullo se transformó en palabras y gestos condenatorios. Mientras tanto la cara del intendente comenzó a teñirse de rojo. Vicente continuó.
-Pero como yo tenía que ir a trabajar, pensé que si dejaba este hermoso traje, algún ladrón que osara pasar por ahí, con seguridad lo iba a robar, por lo tanto lo tomé, con la única y sana intención de devolvérselo a su dueño ni bien pueda hallar a este bendito hombre, y con la esperanza de encontrarlo sobrio.
La gente y el oficial de policía que escuchaban la conversación, rompieron en un aplauso cerrado aprobando el gesto de Vicente.
El intendente abrió la boca para responderle, hizo una pausa, miró a Vicente y a todas las personas reunidas, tragó saliva y entonces dijo.
-Vaya a saber que odioso personaje pudo dar tan horrible espectáculo – hizo una pausa y luego agregó con una mueca de disgusto – Muy bien buen hombre, espero que tenga suerte y pueda encontrar al dueño de ese precioso traje.
Vicente sonrió, se inclinó levemente a modo de respetuoso saludo, se abrochó el saco con suma elegancia, pegó media vuelta y se fue a buscar una silla desocupada para poder escuchar el concierto con comodidad.
El intendente miró resignado como se alejaba el hombre con su traje nuevo.

El Banquete

Estaba parado como tantas otras veces, frente a la vidriera de ese restaurante, Joaquín pareció dudar, lo conocía desde mucho tiempo atrás, pero jamás había entrado.
Se quedó mirando un instante más y luego se preguntó algo indeciso <<¿Darán bien de comer?>> <<¿Será sabrosa su comida?>>.
Al fin, tomó la decisión y entró. Al instante el encargado del salón se acercó y con una sonrisa forzada, lo ubicó en una mesa cerca de una de las ventanas. Desde ese lugar podía ver a gran cantidad de personas, que pasaban en una y otra dirección. Todos iban arropados debido al viento frío de ese crudo invierno.
El mozo se aproximó y le entregó la carta. Joaquín comenzó a leerla con gran entusiasmo y sin prestar atención al costo de los platos. En verdad cada línea del menú, se le ofrecía como una auténtica exquisitez. <<Me resulta muy difícil elegir con semejante variedad de platos>> pensó.
Era tanto el apetito que tenia, que se imaginó como un integrante de una jauría de lobos hambrientos.
Después de leer con mucho interés logró por fin decidirse.
El mozo llegó dispuesto a tomar el pedido.
-Como entrada – dijo Joaquín -, quiero pedirle lo que parecen ser, unos deliciosos “Pastelitos de Atún y Queso”.
El mozo anotó y enseguida preguntó.
-¿Y como plato principal?
-Déjeme ver… – Joaquín seguía concentrado en el menú, al fin dijo – Si… tráigame unos “Ravioles Rellenos de Ricota y Jamón”.
-Muy bien señor ya le hago marchar la orden.
-¡Un momento! – dijo Joaquín – , aún no terminé… después de los ravioles… tráigame un “Bistec de Lomo con una tortilla de papas a la Española”.
El mozo puso cara de asombro, anotó y se retiró moviendo la cabeza de lado a lado.
Los platos se vaciaban rápidamente, los alimentos desaparecían sin misericordia en la boca del hombre.
Al ver los platos vacios, el mozo volvió y le preguntó si iba a desear algún
postre, aunque para sus adentros consideraba que después de semejante comilona, ese cliente no le iba a quedar ganas ni para chuparse una uva.
Joaquín lo miró y con una sonrisa le pidió un “Cheesecake con Fresas”
-Muy bien señor – dijo el mozo asombrado, pero justo cuando se iba a retirar, un grito lo detuvo.
-¡Alto! – le dijo Joaquín – me quedé con un antojo. Antes del postre… por favor hágame marchar un buen plato de “Camarones al Ajillo”
El mozo no lo podía creer, el lápiz le temblaba sobre el papel. Con cara de asombro se metió en la cocina totalmente incrédulo.
Después que Joaquín se deleitara con el último camarón, el mozo le acercó el postre. El comensal lo saboreó con placer infinito y hasta la última fresa.
El personal del restaurante lo contemplaba con gestos de asombro.
Pero al cabo de unos minutos Joaquín comenzó a sentirse mal, unas dolorosas puntadas estomacales lo hicieron doblarse. Era más bien una combinación de síntomas, temblaba igual que una hoja sacudiéndose en medio de un violento remolino de aire. El dolor resultaba insoportable, daba la sensación que cantidad de hormigas devoraran sus viseras. El pecho se le oprimía y le dificultaba la respiración. De inmediato comenzó a sentir pellizcos en las piernas y en los dedos de sus manos, con una conocida sensación de adormecimiento.
Joaquín era un hombre viejo y se dio cuenta como si fuera una revelación, que esa noche podía morir. No sentía temor, pues contra todo lo previsto la idea de la muerte, estaba impregnada en su alma desde mucho tiempo atrás. Siempre rogaba, que cuando sucediera lo inevitable, fuera de una manera piadosa.
Envuelto en hojas de diario, acostado sobre planchas de cartón roñoso, el anciano Joaquín, con las últimas fuerzas que aún le quedaba, tiró de la manta para cubrirse la cabeza, pero ahora sus pies desnudos, quedaron expuestos y desguarnecidos a merced de la noche helada. La respiración se volvió imperceptible. El amplio zaguán que lo había cobijado durante tanto tiempo, lo presintió lejano, como si se fuera deshaciendo en medio de ese desvarío, y en un instante la oscuridad más tenebrosa, invadió su alma.
El hechizo imaginario de aquellos exquisitos manjares, en esa última noche, parecía de alguna manera conformarlo en ese momento de angustia.
Joaquín con una sonrisa y relamiéndose los labios, se murió de hambre.

 

Cambio de Morada

Salí a la calle dejando atrás por un rato, el nuevo lugar donde me estaba alojando. Comencé a caminar hacia un lugar específico, un lugar que conocía de varios años atrás, pero al que nunca me había interesado ir. Mi educación siempre se ajustó al razonamiento lógico y a los principios de las técnicas científicas, por esa razón, supongo, siempre fui un descreído de los curanderos y de los manos santas. Pero, ante mis últimos resultados médicos negativos, me convencí que con intentarlo no perdía nada, considerando además que la ciencia hasta el presente, había resultado ineficaz ante mi grave enfermedad.
Debo reconocer que al final terminé aceptando las recomendaciones de algunas viejas vecinas bien intencionadas, “Es una mujer que no cobra, y es sabido que ha hecho curas milagrosas”, me decían. Por lo tanto allá fui.
Ni bien arribé a mi destino, vi que la puerta de calle estaba abierta, por lo tanto, dejando de lado mis prejuicios… entré.
En la improvisada salita de espera, había varias sillas vacías salvo una, la ocupaba una señora mayor . Estaba con sus ojos cerrados, pero su rostro reflejaba una evidente amargura. Saludé en voz baja tratando de no alterar ese instante de concentración, ella ni me contestó. Me quedé parado en un rincón del cuarto, como intentando pasar desapercibido por si alguien llegaba y me reconocía. Me dediqué a mirar varios de los retratos que colgaban de las paredes. Creo no equivocarme, eran de Ceferino y La Madre María.
A los pocos minutos se abrió la puerta del digamos… “Consultorio” y una joven algo bonita se retiró con una sonrisa esperanzadora. Pasó cerca mío y me ignoró olímpicamente. De cualquier manera al contemplarla, se me cruzó de inmediato un pensamiento: <<Algún mal de amor solucionado>>.
Enseguida la señora que aguardaba ahora con sus ojos abiertos, se levantó con alguna dificultad y se introdujo en el cuarto. Con suavidad cerró la puerta detrás de ella.
Los minutos transcurrían y aunque no estaba cansado el aburrimiento se me instaló, así que me senté en la misma silla donde solo un rato antes había estado la señora. Después de unos cuantos minutos, la puerta se volvió a abrir y la mujer igual que la anterior, se marchó con idéntica expresión de alivio en su rostro.
Había llegado mi turno, por lo tanto con mi mejor sonrisa me levanté y con algo más de esperanza, también entré.
Mis pupilas tardaron algunos segundos en acostumbrarse a la penumbra reinante. Una mujer mayor de cabellos largos y entrecanos, algo desaliñada pero con gesto afable, parecía que me estaba aguardando. Con sus ojos entornados estaba sentada detrás de una mesa repleta de papeles, crucifijos, velas apagadas y cantidad de cintas de diversos colores. Sobre un costado una hoja de papel de diario y sobre él un manojo de tabaco de un color oscuro. El ambiente estaba impregnado con el perfume de sahumerios. La mística de ese lugar me sorprendió, entonces tímidamente y en silencio, me senté frente a ella. La mujer solo tardó unos segundos, luego alzó sus parpados y sus ojos se abrieron de manera desmesurada. Me iba a disponer a explicarle mi problema, pero ella se puso de pie de inmediato. Me sorprendí y la miré fijo. La mujer en ese momento ni pestañaba, su boca también se abrió y sin darme oportunidad a decir algo, comenzó a rezar. Al comienzo fue como un murmullo, pero a medida que transcurrían los segundos, el volumen de sus ruegos iba en aumento. Con la uña de su dedo pulgar, comenzó a hacerse la señal de la cruz de manera reiterada.
En ese momento llegué a pensar <<Esta mujer sí que es buena, se dio cuenta de inmediato la causa de mi problema>> Entonces yo también me puse de pie. Ella con las manos temblorosas encendió una vela que luego sujetó con su mano izquierda, mientras que con los dedos juntos y extendidos de su derecha, comenzó a hacer delante de mis narices, el dibujo repetido de una cruz imaginaria.
Solo habrían transcurrido unos cinco minutos de mi llegada, y ¡cosa de locos!, me di cuenta que ya me estaba sintiendo mejor, así que le agradecí amablemente y antes de retirarme, alcancé a ver que la mujer se desplomaba como extenuada sobre la silla. En la sala de espera una pareja estaba esperando para entrar, gané la calle muy conforme.
El aire fresco de la tardecita me hizo bien, respiré hondo y encaminé mis pasos hacia el nuevo alojamiento donde mis hijos, visto mi delicado estado de salud, habían decidido llevarme.
En realidad, no me siento muy a gusto en ese lugar, pero que les iba a decir. Lo que si extraño con locura es mi cama, esta nueva es muy incómoda y bastante dura, nada que ver con mi viejo colchón de lana, que los años moldearon con la forma de mi cuerpo.
Al llegar, me llamó la atención ver en la puerta a un grupo de personas que conocía del barrio. Aunque no estaba cansado, pensé que igual me iba a venir bien recostarme un rato, así que los saludé y entré.
Al final del amplio pasillo vi a mi hija que había venido a visitarme, estaba con la mirada perdida en el infinito. Se cubría la boca con sus manos y sus ojos estaban rojos de tanto llorar. Me alarmé, era evidente que algo no estaba andando bien. No se por qué razón, pero al levantar la vista, pude leer lo que ese cartel decía. Un frio glacial inundó mi alma y las piernas se me aflojaron, volví a alzar la mirada y confirmé lo que decía. En ese preciso instante reflexioné sobre lo sucedido ese día, y con profunda amargura, me di cuenta por qué razón estaba yo alojado, en esa casa velatoria.

 

 

El Desobediente Perro Pastor

En medio de la inagotable soledad del campo, Lisandro se lamentaba por la pérdida del inseparable compañero. Su perro pastor había muerto de viejo. Recostado sobre la pared de adobe de su rancho, no dejaba de pensar: <<Quien me va a ayudar a controlar el rebaño>>.
Al día siguiente se levantó temprano. Como estaba necesitando algunas cosas, después de unos mates, se encaminó hacia el pueblo.
Ni bien llegó, se dirigió hacia la plaza principal donde existía una feria con cantidad de puestos. Comenzó a recorrerla y adquirió lo que precisaba. Hasta que divisó a dos jóvenes que jugaban con un hermoso cachorro.
Cuando nuestro amigo vio al perro, le gustó de inmediato. Era de color negro con un triangulo blanco en medio del pecho y en cada extremo de sus patas, tenia como zapatitos del mismo color. Ignorando que eran un par de bribones, se aproximó a uno de ellos y le propuso comprárselo, los dos jóvenes se miraron sonrientes, enseguida se pusieron de acuerdo en el precio. Una vez que Lisandro pagó, ató una cuerda larga al cuello del animal y se fue muy feliz para su rancho. No se dio cuenta que los dos picaros lo seguían a distancia.
Ya era cerca del mediodía y hacia calor, Lisandro decidió al ver un frondoso ombú, descansar unos minutos al amparo de su sombra.
Los dos muchachos vieron la oportunidad, se acercaron sigilosamente y uno de ellos quitó la soga que sujetaba al perro y la puso en su propio cuello, mientras tanto el otro, feliz de haber engañado al hombre, emprendió el regreso hacia el poblado llevándose al animal.
Al rato Lisandro se despertó, y sin darse cuenta del cambio, reinició la marcha hacia su casa. Al llegar se dispuso desatar al perrito y ahí fue que advirtió que en su lugar, ¡había un chico!
– ¿Que estás haciendo aquí? – exclamó Lisandro sorprendido.
El pequeño delincuente con gesto muy triste, casi lloriqueando, explicó.
– Me he portado muy mal con mi madre, la hice renegar y le desobedecí. Como castigo me he convertido en perro. Pero ahora, como he sido comprado por un honesto y buen hombre, el hechizo se rompió.
– ¡Qué suerte has tenido bribón! – le respondió Lisandro quitándole la soga – Ahora ve, corre al lado de tu madre. Que esto te sirva de lección, y no la desobedezcas más.
Al día siguiente nuestro buen amigo, algo decepcionado por lo ocurrido, regresó al pueblo con intención de comprar otro perro. Al llegar a la plaza, se sorprendió, alcanzó a divisar otra vez a uno de los muchachitos, con el mismo cachorro del día anterior, entonces muy enojado se acercó rápido. El joven al verlo huyó asustado, y Lisandro mirando al animalito lo reprendió con dureza.
– Que pedazo de tonto eres. ¡Te advertí que nunca más volvieras a desobedecer a tu madre!

 

El Convertible Rojo

El convertible rojo devoraba los kilómetros de manera infatigable. Jorge conducía relajado, disfrutando del manejo en esa cálida noche de verano. Mientras tanto la luna llena iluminaba la soledad infinita de la ruta. De improviso, comenzó a escuchar un extraño ruido que provenía del motor de su automóvil. Se puso tenso. El sonido intermitente del comienzo, luego se hizo continuo y más ruidoso.
Refunfuñaba por su mala suerte, miró su reloj pulsera, era casi la media noche. Suplicó de encontrar rápido una estación de servicio o por lo menos algún parador donde pernoctar, le inquietaba tener que hacerlo en medio de ese desamparo.
Recorrió varios kilómetros sin lograr divisar la más mínima señal de vida, nada. Hasta que por fortuna la claridad de la luna le permitió distinguir sobre un costado la silueta de un motel. Sin dudar un instante encaró hacia la entrada. Lo primero que hizo al llegar fue apagar el motor del auto pues el ruido le resultaba insoportable. Al descender lo envolvió un apacible silencio, solo interrumpido por el chirrido agudo de un cartel que la suave brisa acunaba. Con alguna dificultad alcanzó a leer: “Hospedaje El Sueño Feliz”.
Divisó que un haz de luz se filtraba a través de una de las ventanas del frente. Enseguida atravesó algunos canteros colmados de bellísimas flores y ni bien llegó a la entrada, oprimió el timbre. Cuando la puerta se abrió, el asombro lo sacudió, era la mujer más exquisita que había visto en su vida. Una cascada de rubios cabellos caían sobre los hombros, pero lo que más impactaba, eran sus ojos de un profundo color azul. Los rasgos finos y delicados del rostro albergaban unos labios de una tremenda sensualidad, que en ese momento dibujaban una apacible sonrisa.
La sorpresa fue tal, que por un instante Jorge se quedó sin habla; después de varios segundos, logró articular algunas palabras.
– Hola… tuve un problema con el auto y… pensé que tal vez… dispusiera de algún cuarto para pasar la noche.
– Por supuesto señor, tengo uno libre, ¿quiere verlo?
– Me gustaría… mi nombre es Jorge.
– Acompáñeme Jorge, el mío es Sabrina.
– ¡Bonito nombre! – respondió él.
La joven se dirigió y abrió una puerta que daba a la espaciosa sala.
–Pase… vea si es de su agrado.
La pieza tenía una cama de dos plazas, una mesita de luz que sostenía un velador sin pantalla, una silla y un ropero chico bastante antiguo.
– ¡Es perfecto! – comentó Jorge.
Sabrina entonces se volvió y regresó a la sala, mientras agregaba.
–Como ve, estaba preparando la mesa ¿le gustaría compartir la cena conmigo?
– Me encantaría.
Jorge se sentía feliz. Esa noche la diosa fortuna estaba de su lado, gracias al desperfecto de su automóvil, estaba disfrutando una velada distinta, muy especial.
– Tome asiento señor, enseguida le sirvo la comida.
Jorge no salía de ese embeleso, la belleza de aquel ángel lo fascinaba. Al minuto la joven regresó con dos platos servidos. Entonces el muchacho preguntó.
– ¿Vive sola Sabrina?
– Así es. Desgraciadamente hace unos años falleció mi padre.
– Lo lamento – respondió él – deduzco que no le debe resultar nada fácil mantener todo esto.
– Me las arreglo don Jorge.
–Al llegar vi en la entrada unos canteros con unas flores hermosísimas, es evidente que le agrada la jardinería.
–Si, me gusta mucho, además me resulta muy placentero trabajar la tierra.
El joven sonrió con dulzura y agregó.
–Pero dígame… en medio de esta soledad ¿alguien viene a hospedarse?
– Usted es el tercero este mes, con eso y algún arreglito de mecánica, voy tirando.
– ¿De mecánica? Me sorprende, jamás lo hubiera imaginado. Sus manos lucen preciosas.
-También me hago tiempo para cuidarlas – y sonrió con timidez.
-No deja de asombrarme Sabrina. ¿Así que le traen coches para reparar?
-A principios de mes vino un señor mayor con un inconveniente en la dirección de su “Mercedes” blanco. Lo arreglé enseguida.
-Solo me queda agradecer al destino por la suerte que he tenido al llegar a este lugar. La comprometo entonces para mañana ¿podrá revisar mi convertible rojo, está haciendo un ruido insoportable?
– Descuide don Jorge, mañana lo vemos. Ahora vaya a descansar.
– Ok Sabrina… hasta mañana.
Jorge se sentía feliz. Enfiló hacia el dormitorio, una vez dentro comenzó a quitarse la ropa, probó el colchón que no estaba nada mal y se acostó.
Habrían pasado unos pocos minutos, cuando una tenue luz comenzó a filtrarse por la puerta de la pieza que se iba abriendo lentamente. Jorge encendió la luz. Divisó entonces la figura de Sabrina, que totalmente desnuda caminaba hacia él. Con una sonrisa traviesa, la joven se deslizó ágil entre las sábanas. La sorpresa del muchacho fue enorme, no podía creer lo que estaba sucediendo.
Al sentir el calor del cuerpo de la mujer junto al suyo, le hizo desaparecer al instante ese desconcierto inicial. Reaccionó por instinto, quitó la sábana que los cubría y contempló extasiado ese espejismo que se ofrendaba. La muchacha era la mismísima encarnación del deseo. En silencio comenzó a acariciarla, besándola con pasión. Sus labios la fueron recorriendo desde los pies hasta los parpados de esos hermosos ojos. El éxtasis en el que estaba sumido, le impedía cualquier pensamiento, solo entrecerró los suyos para disfrutar a pleno de ese momento maravilloso. Deseaba que el tiempo no transcurriera. Jorge sentía correr por sus venas un río ardiente de lava volcánica, la aferraba temeroso como si la joven fuera a desaparecer en cualquier instante. Al cabo de un buen rato, ya con la mente perdida en el vacío y como un gladiador exhausto después de la batalla, se abandonó sobre el cuerpo tórrido y sudoroso de esa diosa, que también respiraba con agitación.
Sofocados, quedaron así abrazados un tiempo, mientras el joven se iba sumergiendo en un sopor delicioso, y finalmente se quedó dormido.
A la mañana siguiente un pesado camión de transporte detuvo su marcha frente al parador. De la cabina bajó un hombre gordo, canoso, con la camisa pegada al cuerpo por efecto de la transpiración. Saludó de manera afectuosa a Sabrina.
– Hola muchacha – dijo el hombre – ¡Que hermoso tienes el jardín!
La mujer dejó la pala sobre la tierra recién removida y le respondió.
– Hola don Cosme, siempre puntual usted.
– Tome niña – el camionero le entregó un sobre.
Gracias don Cosme… ya está listo… se lo puede llevar.
–Ok Sabrina. Hicimos un negocio redondo… el “Mercedes” blanco se vendió enseguida.
–Me alegro mucho y gracias. Ah… don Cosme, tengo una oportunidad que descuento le va a encantar… ¡Es un convertible rojo precioso!
 

El Sabio Efraím

Cercano a la antigua ciudad de Jerusalén en un pequeño pueblo vivía Efraím, un anciano muy reconocido por su sabiduría. Se autodefinía como filósofo. Sus tertulias y conferencias siempre provocaban el interés de los lugareños. Conocedor de las debilidades y contradicciones humanas, le resultaba fácil responder a las consultas de la gente.

Una vez al año emprendía un recorrido por las comarcas cercanas, a los efectos de recaudar donativos para “La Sociedad de Sabios y Filósofos”, que como él, dedicaban su vida a divulgar sabiduría, conocimientos y en ocasiones justicia ante los conflictos que en general surgían entre los mismos vecinos.
Algunos mal pensados dudaban sobre el destino final de esos donativos, desconfiaban que fueran a parar a donde el anciano decía. Pero era muy común entre los humildes creer, y el “por si acaso”, contribuían siempre con algo.
Cuando arribaba a un poblado su presencia se revelaba de inmediato, pues detrás de él se congregaban cantidades de alborotadores niños. Calzaba sandalias confeccionadas por él mismo y envolvía su cuerpo con una manta blanca. Una vincha sujetaba sus abundantes cabellos blancos y portaba en su mano derecha una larga vara que usaba en sus arengas; en ocasiones la agitaba amenazadora dirigiéndola hacia el cielo. Lentamente se encaminaba hacia la plaza principal y buscaba un lugar estratégico. Los pobladores de a poco se iban agrupando a su alrededor.
En sus sermones solía relatar pasajes de la Biblia del Viejo Testamento, que con el transcurrir de los tiempos los iba modificando a conveniencia. También respondía con su proverbial habilidad las innumerables preguntas que las personas le formulaban. Sus contestaciones en general iban colmadas de ambigüedades, cosa que la mayoría de la gente las aceptaba complacida, aunque probablemente casi nadie las entendía.
Sus conclusiones nunca sentenciaban con dureza, su habilidad consistía en que el mismo sujeto que preguntaba, obtuviera como respuesta lo que deseaba escuchar. Si se suscitaba un conflicto de intereses entre dos individuos, entonces su juicio siempre era “Salomónico”. En general las personas consideraban sus decisiones como justas, sabias y equilibradas.
En ocasiones también desconcertaba con su lógica más sorprendente. En una oportunidad a eso del mediodía, lo vieron atareado buscando algo en una polvorienta calle, algunos curiosos se le acercaron y preguntaron que buscaba. Su respuesta no se hizo esperar, relató que había perdido una moneda en la taberna. La gente reaccionó con lógica preguntándole a su vez, si la había perdido en la taberna, porque causa la estaba buscando en la calle.”¡Porque acá hay más luz!” fue su respuesta. En otra oportunidad en la que realizaba su caminata anual, el sabio y filósofo Efraím al llegar a un pueblo distante y luego de platicar con sus habitantes, fue invitado a pasar la noche en una residencia de un hombre muy rico, que además se daba corte de amplios conocimientos.
Durante la cena este hombre hizo permanente gala de su sapiencia, pero como no era interés del anciano iniciar ninguna competencia erudita, guardó respetuoso silencio. A la mañana siguiente el sabio ya estaba dispuesto a proseguir su camino y el rico propietario no había hecho aún su donativo. Cuando el sabio se lo hizo notar, el hombre quiso ponerlo en ridículo y con intenciones de darle un escarmiento, le propuso lo siguiente: le pidió que leyera algún pasaje de la Biblia, cosa que Efraím lo hizo con la entonación exacta. Acto seguido el dueño de casa tomó la Biblia y leyó el mismo pasaje tan bien como lo había hecho el sabio. Luego pidió al anciano que escribiera algún “Salmo”, cosa que Efraím lo hizo sin inconveniente. A continuación el dueño de casa escribió el mismo “Salmo” con toda exactitud y prolijidad.
Entonces el hombre dijo:
– Usted pudo comprobar que yo se leer y escribir tan bien como usted, por lo tanto no puedo darle donativo alguno, ya que soy exactamente igual. ¡No corresponde!
– Tiene usted razón – respondió Efraím que parecía convencido por el argumento y agregó – estoy profundamente sorprendido y para demostrar mi reconocimiento y ecuanimidad, le ruego que por favor, me facilite dos monedas de oro.
– Aquí las tiene – el hombre rico se las entregó mientras observaba extrañado al anciano.
El sabio Efraím habló.
– Señor realmente me ha impresionado usted, pudo leer y escribir tan bien como yo, por lo tanto es justo y razonable, que estas dos monedas se dividan por partes iguales, aquí tiene, esta es la suya, le corresponde por su erudición.
– Su sabiduría es grande Efraím – reconoció el noble – y me place que haya aceptado con tanta humildad que soy igual que usted… por lo tanto acepto la moneda complacido.
El anciano salió de la residencia y encaminó sus pasos hacia el próximo poblado. En su rostro llevaba dibujada una amplia y socarrona sonrisa.

 

 

 

Pesadilla

Martín se sentía cansado, pero estaba convencido que  iba a ser una noche diferente, distinta  a esas otras noches  donde sentía temor quedarse  dormido.

Recurrentemente lo acosaba la misma pesadilla. Un sueño casi real, dramático. Percibía, en la penumbra  de su cuarto,  la imagen de Silvana  que avanzaba  decidida hasta detenerse donde él reposaba inmóvil en la cama. La joven después de persignarse, extraía de entre sus ropas un cuchillo de cocina. Como todas las noches,  levantaba el brazo y como todas las noches  lo descargaba una y otra vez sobre su pecho inmóvil y desguarnecido.

Le habían advertido  que muchas veces la reiteración de la misma pesadilla,  era  el reflejo involuntario e  inconsciente de la mente,  intentando comunicarse.  Aquellos  que los padecen – le dijeron –  deberían intentar darle un sentido en el contexto de sus vidas, y de lograr interpretarlos podrían resultar  de una invalorable ayuda.

Esa mujer que en sus sueños, noche tras noche  mientras duerme le da muerte, es su ex esposa. Se separaron hace casi un año, debido a los trastornos mentales que ella padece. Le habían diagnosticado una leve esquizofrenia, con algunas  disfunciones sociales.

Después de analizar en profundidad la reiteración de esa pesadilla, llegó al convencimiento pleno que la  separación de la pareja,  no logró serenar los espíritus de ninguno de  los dos.

Reflexionó que de haberse quedado junto a ella, tal vez hubiera facilitado a ambos, poder sobrellevar esa angustiosa enfermedad.

Después de analizarlo durante un tiempo se convenció. Sabía que no iba a ser fácil. Pero si  era el precio que debía pagar  para aliviar el mal de Silvana, estaba dispuesto a intentarlo, evocando  aquellos primeros cinco años maravillosos de matrimonio.

Esa noche la llamó por teléfono, le suplicó que debían encontrarse de manera urgente por la mañana. Le informó que le iba a proponer algo importante. Si el destino los había puesto a prueba,  entonces juntos,  como al principio debían luchar para superar ese difícil trance.

Ya era tarde y Martin se fue rindiendo ante el obstinado sueño,  pero  esa noche se sentía por fin tranquilo. Había podido interpretar el mensaje de su pesadilla.

Al cabo de unos minutos ya estaba soñando, sus párpados se apretaban muy fuertes,  su mandíbula se contraía y su cuerpo se sacudía bajo los efectos de espasmos nerviosos. Como tantas otras noches,  la puerta de su pieza se fue abriendo despacio, y la imagen de Silvana volvía a recortarse en la penumbra. Avanzando lenta pero decidida hasta detenerse junto al lecho, donde como todas las noches Martin dormía. Luego la mujer se persignaba y extraía de entre sus ropas un cuchillo de cocina,  levantaba el brazo y lo descargaba una y otra vez sobre el pecho inerme de su esposo.

Los expertos estaban desconcertados, desestimaron que haya sido con fines de robo la extraña muerte de Martin, con un cuchillo de cocina  clavado en su pecho.

Solo un Hombre

Sonó el despertador con un chirrido aún más fuerte que otros días, pensó que debía abrir los ojos, dudaba que en algún momento de la noche los hubiera cerrado, que importaba ya, eran las siete de la mañana y debía iniciar la obligada rutina de todos los días, llegarse hasta el banco donde se desempeñaba como cajero.

Hacía tres meses que Sandra lo había dejado, se marchó con otro hombre.
Hoy se reprochaba muchas cosas ¿Cómo no se dio cuenta que Sandra había comenzado a arreglarse y maquillarse como cuando era joven? ¿Por qué tampoco quiso darse cuenta de sus llegadas tardes?
Abrió la puerta del placard, tuvo que estirarse para alcanzar el estuche en el estante superior. Lo tomó entre sus manos con suavidad, lo conocía muy bien, había sido de su padre, antes de morir se lo había entregado. El contenido siempre lo había fascinado pero nunca se atrevió a usarla, ni siquiera intentó simular un disparo con el cargador vacío.
El hombre levantó la tapa, ahí estaba, hermosa y sombría al mismo tiempo, se quedó contemplándola; tan ensimismado estaba que no oía la pava, que silbaba con insistencia su aviso de temperatura. Sin pensarlo o si, tomó el cargador completo de balas y lo introdujo en la culata del arma, el “Click” fue el aviso que estaba en posición, se la calzó en la cintura debajo de la camisa.
Apagó la cocina, se preparó un té con la poca agua que quedaba y se sentó junto a la mesa, mientras algunas lágrimas se deslizaban por las profundas arrugas, que las penas habían estampado en su cara.
El aire fresco de la calle le hizo recordar que no había probado el té, subió al primer micro que arribó a la parada, bajó en el centro, caminó dos cuadras, el guardia del banco le franqueó la entrada.
En ese mismo momento, otro hombre salió de una pensión de mala muerte del barrio de Constitución. Igual que el otro llevaba disimulada en la cintura una pistola. Su cara reflejaba la imagen de alguien vencido, derrotado. Caminaba con la vista fija en las baldosas y adoquines que se iban deslizando bajo sus pies.
Había recobrado la libertad hacía apenas un par de meses. Cometió un error, pero ya era tarde para el arrepentimiento, tuvo que pagar cinco años en un infierno.
Perdió todo, amigos, familia, pareja. Una vez libre trató de manera infructuosa de encauzar su vida, pero el esfuerzo resultó vano, su edad que rondaba los cuarenta y tantos representaba un escollo en la búsqueda de trabajo, a veces alguna que otra changa, siempre resultaba igual…”Ya lo vamos a llamar”
El dueño de la pensión aunque conocedor de su problema, le había dicho que lo lamentaba pero debía abandonar la pieza si no cancelaba la deuda. No le pudo contestar nada, ni sabía tampoco que decirle. Esa mañana al salir notó que el encargado no estaba en el escritorio, sabía perfectamente lo que guardaba en unos de los cajones disimulados con papeles, una pistola automática. No lo dudó, abrió el cajón, tomó el arma y se la calzó en la cintura por la espalda, también uno de los periódicos que estaba en el mostrador, lo colocó debajo de uno de sus brazos y desapareció en la calle.
Nuestro primer hombre ya estaba en su lugar, la caja en el banco, atendiendo a los clientes con sus quejas de siempre, él no escuchaba, solo atinaba a mover la cabeza como aprobando sin poder ni querer articular palabra. La pistola que tenía en la cintura le molestaba pero no podía hacer otra cosa que tolerarla, sabía que hoy la iba a utilizar. La infiel debía pagar.
El segundo hombre, como hipnotizado caminaba sin rumbo. En un momento se encontró parado frente a la ventana de un bar, esa mañana no había desayunado pero no tenía dinero para semejante lujo, sus ojos mostraban un brillo especial producto del fastidio y la impotencia.
No sabía cuánto había caminado, pero cuando levantó la vista alcanzó solo a leer las dos primeras palabras “Banco de……” sin dudar un instante como con furia, traspuso la puerta, lo recibió un hall repleto de gente. Miró al guardia que solo controlaba el ingreso, sabía que lo podía hacer, se acercó a una repisa donde los clientes hacían anotaciones, tomó una hoja en blanco y garabateó algo, luego dobló el papel y se puso en una de la filas.
El cajero casi sin mirar tomaba los documentos que le alcanzaban por debajo del vidrio, buscaba en la pantalla, verificaba los datos y mientras meneaba la cabeza contaba los billetes.
El hombre que estaba en la fila con el papel doblado en la mano y el periódico debajo del brazo, era el próximo.
El destino en ocasiones pareciera juguetear haciendo coincidir situaciones y personas, como si fuera un simple juego macabro.
-El próximo- dijo el cajero y extendió su mano para recibir el documento, el contacto del papel doblado lo sobresaltó. Por primera vez en el día, el cajero miró los ojos del hombre que estaba del otro lado, percibió la dureza de esa mirada, desdobló el papel y comenzó a leer, volvió a mirarlo y recién ahí se dio cuenta que debajo del diario apoyado en el mostrador, asomaba el caño de una pistola que le apuntaba directamente. Era la primera vez que el cajero vivía una situación de esa naturaleza, quitó la vista del arma y observó al hombre que tenía frente a sí, tuvo que parpadear porque lo que vio fue sobrecogedor, era como si se estuviera mirando a un espejo.
Sin pensarlo el cajero con su mano izquierda abrió muy despacio el cajón del dinero y con la derecha hurgó en su cintura, sintió el frío metal de la culata la sujetó y con un movimiento rápido, quedaron las dos armas enfrentadas.
Los dos hombres se miraban desencajados, en ese momento sus caras dibujaban la desesperación y el espanto.
Sonó un disparo, el ruido atronó el ambiente, no dejaba de rebotar en todas las paredes, en el cielo raso, en el piso, en las personas. Parecería que el silencio no iba a llegar nunca, los clientes y algunos empleados se arrojaron al piso, el guardia desenfundó su arma pero no sabía de dónde provenía el sonido, éste se iba apagando muy lentamente.
La camisa no fue obstáculo para el recorrido de la bala que fue desgarrando la carne, la sangre comenzó a teñir la ropa de un rojo oscuro, mientras que los dos hombres seguían mirándose con ojos desorbitados. Solo, pero solo en uno de ellos, en sus labios se dibujó una sonrisa como de alivio y cayó fulminado al piso.

 

 

 

 

 

 

 

 

Una Tarde en Calma

La tarde intentaba desplegarse apacible, pero su organismo intoxicado de alcohol le reclamaba una tregua, un respiro, aunque mas no sea una pequeña cuota de tranquilidad.
Decidió que lo primero que debía hacer, era tomarse una aspirina… mejor dos, luego entrecerrar los ojos y relajarse con alguna música de fondo.
-Debería ser algo suave – dijo Matías -me parece que el “CD” de Boleros esta puesto. ¡Se me parte la cabeza! Farra, mujeres, chupi. ¡Qué manera de tomar! Es evidente que una cosa no va con la otra, solo me acuerdo del chupi, de ellas ¡ni por las tapas! Además, no tengo la menor idea de cómo llegué anoche, pero en fin, lo importante es que ahora estoy al resguardo y en la paz del bulín.
Una vez que encendió el equipo de música, comenzó a deleitarse con sus temas preferidos, por las dudas se tomó tres analgésicos y se encaminó hacia el sofá con intensiones de perderse entre sus almohadones.
-¡Pero esto…! ¿Qué hace esta mina acostada acá? ¿Quién es? ¡Será posible que no me acuerde de nada! ¿Quién la trajo, como vino? – Su cara no terminaba de definirse, pasaba del rojo al blanco y sus ojos parecían querer escapar de sus órbitas.
-¡Eh… señorita, eh… no despierta! Si logro calmarme es probable que alguna imagen pueda llegar a mi memoria. Anoche estuve en ese boliche ahora convertido en cabaret, eso lo recuerdo, si… claro porque todavía estaba sobrio, me parece que de entrada nomás estuve con Betty ¡Pero esta no es, esta es rubia! ¿Habré estado apretando con la rubia también? Qué mal que estoy, no se me ocurre nada. ¿Habré tomado whisky o una droga para el olvido? Si no dejo el alcohol y pronto, voy a terminar siendo un fiel candidato al delirium, voy a comenzar a descubrir pequeños monstruitos en los rincones.
-No se mueve, ¡Eh…rubia! Parece que no respira, hagamos memoria, hace unos años cuando hice el curso de primeros auxilios en el laburo. ¿Qué se hacía en un caso así? ¿Y si está muerta? ¿Tendría que hacerle respiración boca a boca? Calma… si le pongo los dedos en el cuello para controlar los latidos, a ver ¡Uy!…no siento nada ¡Está más muerta que una momia egipcia! ¿La habré matado yo? ¿Y por qué la iba a matar? ¿Qué hago? ¿Dónde la pongo?
En medio de ese patético desconcierto el timbre de entrada lo inquietó aún más. Presuroso observó a través de la mirilla, la sorpresa lo paralizó, era Javier, el policía encargado de vigilar el barrio.
-¿Qué querés Javier?
-Abrí la puerta flaco, en nombre de la ley.
-No puedo creer que este inconsciente se haya enterado de la rubia- susurraba Matías.
-Esperá Javier me visto y te abro.
Fue hacia el dormitorio, tomó una manta que estaba sobre la cama y rápidamente cubrió el sofá y a la rubia. Respiró hondo, trató de parecer sereno y abrió la puerta de calle. El policía se le quedó mirando y le preguntó.
-¿Qué te pasa Matías? que facha ¿te sentís mal? Estás muy pálido che… pará la mano que no tenés veinte años, no podés estar todos los días de joda. Me contaron algunas vecinas chismosas que siempre te ven llegar en no buenas condiciones y además bien acompañado.
-Ah sí… no… más o menos.
-¿No me digas que todavía está adentro? Te admiro macho.
-Nooo… ya se fue.
-Ah, bueno, fenómeno, entonces permitime pasar un segundo al baño.
-Nooo… ya partió – dijo en voz baja – y para siempre.
-Si me lo dijiste pero es solo un minuto quiero ir a orinar.
-Nooo…lo que pasa es que justo ahora estoy con un problema en el inodoro, disculpame, andá del vecino.
-Está bién, pero que raro que estás Matías. Chau y cuidate. ¡Ídolo…!
Matías cerró la puerta y quedó apoyado en ella, le temblaban las piernas, se sentía mareado, le vinieron deseos de vomitar y se dirigió tambaleándose hasta el baño, trató de abrir la puerta y no pudo, entonces escuchó desde el interior una voz muy suave que le decía.
-Espera un poquito querido, ya salgo.
Matías asombrado se volvió y miró el sofá, vio la manta en el suelo y ni señas de la finada.
En ese momento se abrió la puerta del baño y apareció la rubia.
-Pero…pero… ¿No estabas muerta?
-¿Qué decís? muerta si, de sueño.
-Contame que pasó anoche- preguntó Matías.
-¿No te acordás de nada? ¡Qué borrachera tenías por Dios! Te iban a dejar en la ve¬reda, me dio lástima, menos mal que te acordabas la dirección de tu casa. ¡Ah!… me debés cua-renta pesos del taxi, a duras penas te pude arrastrar hasta tu cama, después vi el sofá, como era muy tarde o temprano según como se mire, me tenté y me quedé, espero que no lo tomes a mal.
-Para nada, te agradezco lo que hiciste- Matías respiró aliviado – No te imaginás el peso inmenso que me sacás de encima ¿Te debo algo más?, ¿Tu nombre es…?
-No, está bien así, pero muy mal lo tuyo ni te acordás lo que hicimos anoche, bueno no importa, espero volverte a ver y ahí sí te voy a cobrar. Quiero decirte que sos un divino, cuando desperté vi que me habías cubierto con una manta para que no tomara frio, ¡ah!… y mi nombre es Lucia.
-Sí…algo me…bueno… encantado…es que me pareció – las palabras se descolgaban incoherentes de la boca de Matías.
La rubia tomó su bolso, abrió la puerta de calle, le dio un beso en la mejilla y se fue. Matías cerró y moviéndose como un autómata, trató de recobrar una pizca de esa calma que había perdido hacía un buen rato. Se derrumbó sobre el sofá ahora vacío, la música romántica seguía inundando la sala, logrando de a poco serenarlo.
-¿Cómo pude ser tan imbécil y no darme cuenta que dormía? ¡Qué manera de angus¬tiarme! Y qué modo de dormir la rubia, cosa de locos. Pero pensándolo bien ¿cómo y porqué iba a tener una mujer muerta en el sofá?
Decidió darse una ducha bien caliente, pensó que era lo mejor para eliminar el resto de la resaca y de esa intranquilidad que aún lo perturbaba. Comenzó a quitarse la ropa ahí mismo, la fue dejando tirada en el camino, entró al baño, se miró en el espejo, los pelos revueltos y unas ojeras impresionantes no le permitieron reconocer la imagen que se reflejaba.
-¡No, definitivamente no, se acabó, no tomo más, basta de alcohol y de juergas!…bueno tal vez una cada tanto.
Mientras introducía una pierna en la bañera, con una mano deslizó la cortina de plástico. Tuvo que agarrarse de ella para no caerse. Una hermosa morocha desnuda, yacía tiesa en la bañera.

Fue ese su Último Pensamiento

Una voz nerviosa alteró el plácido sueño de Sebastián, le rogaba que debía despertar, pero sus párpados como persianas agobiadas se negaban abrirse. Una fuerza interior lo estaba arrullando y lo invitaba a seguir durmiendo. Alguien inoportuno sacudió uno de sus hombros y con voz enérgica lo conminó a hacer algo. Pero el solo quería dormir… dormir…

-Señor… señor… despierte por favor.
El angelical rostro de la azafata le estaba hablando a escasos centímetros de su cara. Entremezclado el placer y la tensión del llamado, no le permitían entender que era lo que estaba sucediendo. Volvió a ser sacudido, esta vez con mayor energía por esa preciosa criatura.
-Si… si… ¿Qué sucede?
-Por favor ponga el asiento en posición vertical y ajuste su cinturón de seguridad.
-Si… ¿Pero qué sucede?
La azafata no le contestó y se dirigió presurosa hacia la parte trasera del avión. La respuesta le llegó por los altavoces. “Señores pasajeros les habla el comandante, el vuelo está en emergencia pero conserven la calma, nos estamos dirigiendo hacia el aeropuerto más cercano para intentar el aterrizaje.”
Ese solo anuncio logró lo que hasta ese momento parecía infructuoso; despejar su modorra de manera total. Todo su cuerpo reaccionó poniendo sus músculos tensos, el cansancio de sus ojos desapareció al instante. Miró al resto del pasaje, el nerviosismo era evidente en todos ellos, la inquietud agobiaba. Una joven delante de él con su bebé apretado contra el pecho lloraba. La mujer que estaba a su derecha se cubría el rostro con sus manos. El hombre de la izquierda pasillo de por medio, se aferraba con fuerza exagerada de ambos apoyabrazos. Otra azafata pasó corriendo hacia la parte delantera.
Sebastián dirigió entonces su mirada a la ventanilla más próxima, pero la oscuridad de la noche, le devolvió solo un manchón negro que se evaporó al instante por un relámpago furibundo, ahí cayó en la cuenta que el vuelo estaba atravesando una tormenta.
En ese instante comenzó a sonar una alarma proveniente de la cabina de los pilotos, que con un sonido intermitente puso más tensión al pasaje.
Un hombre mayor parado gritaba algo. Inmediatamente un fuerte ruido se escuchó sacudiendo toda la estructura del avión, las mascarillas de oxígeno cayeron frente a los pasajeros, de nuevo la voz del comandante dando nerviosas indicaciones para su uso, en medio del griterío la gente trataba de manera desesperada de alcanzar alguna, como si esta fuera la última esperanza que les quedaba. De inmediato el avión perdió sustentabilidad, cayó como hacia un vacío desconocido. Una sensación horrible en la boca del estómago y en la garganta, vaticinaban lo peor.
Sebastián trató de imitar la posición que adquirían otros pasajeros, inclinándose hacia delante, cubriendo la nuca y cabeza con sus manos, aunque dudaba de la eficacia de la maniobra.
Un nuevo y más fuerte estruendo sacudió nuevamente la aeronave, algunos compartimentos de equipajes que estaban sobre los asientos se abrieron. Bolsos que volaban por doquier, los gritos y los brazos levantados vaticinaban el desastre. Se percibía que ahora el avión descendía en picada como enloquecido. El caos era total.
Sebastián con los ojos cerrados no cesaba de repetir ¿Por qué Dios?
Y en ese preciso instante, una sucesión de imágenes como surgidas desde el mismo seno del desastre, fueron cobrando forma en su mente. Eran todas aquellas personas que Sebastián más amaba, como si fuera una premeditada reunión de despedida, que lo contemplaban con una calma casi inexplicable, transformando ese estado de angustia en una paz impensada para ese momento. ¡Fue ese su último pensamiento!
Con gran esfuerzo pudo entreabrir los ojos y aunque la visión era algo borrosa contempló a sus seres queridos que rodeaban la cama que lo cobijaba.
-¡Nene, gracias a Dios, quedate tranquilo, la operación de apendicitis fue todo un éxito!