Rechiflao en mi Tristeza

El viejo Taita, algo encorvado por el paso inadvertido de los años, iba arrastrando sus tamangos dibujando firuletes por las viejas veredas de la tradicional Montserrat. ¿Propósito? ninguno determinado, solo ocupar las horas de esa eterna vigilia.
Era cerca de la medianoche, detuvo su andar al llegar a la esquina, prendió el último faso de ese estrujado paquete que tenía en el bolsillo del saco, le zampó una pri¬mera pitada profunda, violenta, que casi consumió la mitad del pucho. La luz del farol vio enturbiar su brillo debido a esa alocada nube de humo que brotaba de su nariz y boca.
Cruzó la calle y a los pocos metros una chapita de birra se le cruzó en el camino, indiferente y desafiante, la impactó con la cara interna de su zurda, la muy pituca emprendió el vuelo a media altura filtrándose por el ángulo izquierdo de ese arco imaginario, mientras escuchaba complacido un coro bullanguero enloquecido, gritando su nombre “Carlos Cepeda, Carlos Cepeda”… CC para los íntimos.
Como sin querer, el rezongo dolido de un bandoneón se arremolinó en la vereda, filtrándose por las hojas semi abiertas de una puerta de hierro forjado, los arpegios de un tangazo que de inmediato identificó de Mores y Battistella, “Cuartito azul de mi primera pasión….”
Un frío glaciar recorrió su columna, iba a seguir caminando pero la voz embronada de su otro yo lo sacudió impiadoso.
-Qué estás haciendo flaco, si la voz de esa pebeta es la voz
de Nicol.
Y efectivamente, como no se iba acordar de Nicol, si había sido el metejón más grande que había tenido.
Era cierto, pero hacía muchos años se había pirado del suburbio y de su vida, cuando por esas cosas del destino el Taita había caído en cafúa por causa de una riña entre guapos, que mejor no recordar. La mina desapareció del barrio, nunca más volvió a ver a la colorada.
Estiró la mano empujó la pesada puerta y un chirrido quejumbroso se entremezcló con la música, subió los dos escalones de un salto, traspuso otra puerta y en el fondo del salón el bandoneonista arrancaba del fueye aquellas notas lastimeras.
-¡No puede ser…es Nicol, su cabellera roja, su voz, su estampa si está más hermosa que nunca!- dijo en voz baja.
No podía dar crédito a esa imagen maravillosa que penetraba por sus ojos, tampoco pudo dar un paso más, el salón se mostraba casi colmado pero entre las sillas apretujadas, una mesa milagrosamente vacía. Se dejó caer lentamente, extasiado. El mozo se le acercó.
-¿Qué va a tomar?- Sin mirarlo pidió un Fernet.
-¡Nicol me está junando…se dio cuenta…me reconoció!
La pelirroja seductora como siempre, con esos hermosos ojos verdes no le quitaba la vista, cantaba en ese momento de Gardel y Le Pera el ritmo canyengue de “Volver”. Si… Se lo estaba diciendo a él, después de todos estos años, lo seguía queriendo, “Siempre se vuelve al primer amor…”
El mozo le acercó el Fernet, que se lo mandó de un solo trago. La voz susurrante de Nicol lo volvió a sacudir hasta las fibras más íntimas “Tengo miedo del encuentro, con el pasado que vuelve, a enfrentarse con mi vida”    Y de los ojos del viejo Taita afloraron algunos lagrimones como si fuera un purrete.
Nicol agradeció con una sonrisa y se encaminó resuelta hacia la mesa del Taita, al llegar le extendió la mano y él se la besó. Ella se abandonó a ese juego cortés y romántico.
-Nicol…te perdí hace tanto tiempo…
-Si mucho tiempo, pero ahora nos volvemos a encontrar y aquí estoy – mientras el bandoneonista volvió arrancar la quejumbrosa voz de su fuelle.
-¿Te acordás Nicol…? ¡Nuestro tango!
-¡Por supuesto que me acuerdo! “Nostalgias”, lo voy a cantar solo para vos.
El Taita no pudo ni quiso salir de ese embeleso, de ese sueño maravilloso mientras Nicol le susurraba “Quiero emborrachar mi corazón, para apagar un loco amor, que más que amor es un sufrir” y el Taita se paró, se abrochó el saco y la invitó, pasó su mano por la cintura y la apretó contra su cuerpo, los arabescos cobraron forma sobre el piso embaldosado de la pista de baile “Y sentir junto a mi boca, como un fuego su respi-ración” ya el Taita no pudo más, la miró y le zampó un beso flor y flor mientras la gente toda aplaudía.
Una vez que sus labios se separaron, volvió a escuchar a su amada “Ni decirle que no puedo más vivir…, desde mi triste soledad veré caer, las rosas muertas de mi juventud” y Nicol con energía se apartó del Taita y se fue, se volvía a ir como antes, como siempre…y el Taita no pudo más, se le suprimió el habla y cayó de rodillas en medio de la pista con el corazón estrujado.
-Oiga, abuelo…levántese, no puede estar acá…es propiedad privada los techos se pueden desplomar en cualquier momento.
-Tengo que buscar a Nicol…agente
-Vaya a buscarla a otro lado, acá no la va a encontrar, hace quince años que este salón está abandonado.
El policía acompañó a Carlos sujetándolo con amabilidad por un brazo. En la vereda lo despidió con un gesto tolerante.
Una vez en la calle el Taita emprendió de nuevo el recorrido hacia algún lado, hacia cualquier lado, mientras con un susurro arrastrado iba murmurando.
-Debe haber pasado algo raro en ese salón para que la cana lo desaloje.    Pero no importa mañana regreso y le voy a pedir a Nicol que vuelva conmigo.
Se sentía cansado pero eufórico. Mientras estiraba su mentón hacia arriba y lle¬vaba los hombros hacia atrás, una molestia le recordaba ese dolorcito en la cervical pero no le importó, gracias a esa noche de pura magia, una nueva energía recorría su cuerpo, recobrando la lozanía de épocas juveniles.
-¡Que van a decir los gomias cuando les cuente que encontré a Nicol!
Apuró sus pasos, era una sensación desconocida. Se sobresaltó, la volvió a ver, estaba ahí, otra vez la sonrisa se le implantó en la cara, la tenía tan cerca, se precipitó a su encuentro, tuvo que frenarse. Ella lo aguardaba impasible, serena, entonces el viejo Taita con la cara interna de su zurda, impactó otra despreocupada chapita de birra y como antes, la algarabía de esa tribuna invisible le ponía la piel de gallina. Con un aire triunfal de suficiencia inocultable, el Cachafaz puso sus dos manos en los bolsillos y se encaminó compadrito hacia esa tenue claridad que vaticinaba la llegada de otro día, dobló la esquina, ya estaba cerca del bulín.
-¡Que noche… pura emoción! ¿No es cierto maestro?- y el viejo Taita entreverando los tamangos se fue canturreando bajito…

“Quereme así, piantao, piantao, piantao…”
“Trepate a esta ternura de locos que hay en mí…”
“Ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!”
“¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá…Vení!”

 

 

 

 

Valentina

Con cierta pereza el viejo convoy iniciaba su marcha. Sentado junto a la ventanilla me sentía tranquilo, relajado; miraba si… pero sin ver absolutamente nada. En ese momento ni por asomo, imaginaba los acontecimientos que iban a suceder en pocos días y que iban a quedar por siempre grabados en mis recuerdos.
Las estaciones comenzaron a esfumarse detrás de mí. El sonido ronroneante del tren, acabó por sumergirme en un sueño profundo.
Habían transcurrido un par de horas cuando el silbato estridente de la máquina me despertó. Supuse que nos estábamos acercando a algún pueblo, eso me entusiasmó, el guarda pasó voceado el próximo destino: ”Las Acacias… Las Acacias…”
Me gustó el nombre; decidí bajarme; tomé mi bolso, mi computadora de mano y esperé que el tren se detuviera, me recibió un andén casi desierto. En un extremo, el jefe de la estación charlaba de manera animada con el maquinista, otro hombre que había descendido del vagón contiguo desapareció de la estación.
El sonido del silbato anunciaba el comienzo del caos, el convoy comenzó a moverse en medio de ruidos y vapores de combustible. Aguardé en el andén hasta que el último vagón se transformó en un punto oscuro en el atardecer que se aproximaba. Luego me encaminé en búsqueda de transporte.
Solo había un coche como taxi, su conductor conversaba aún con el pasajero recién descendido, las expresiones y lo animado de la charla me hizo pensar que eran viejos conocidos. Me acerqué a ellos.
-Perdonen que los interrumpa, ¿el pueblo está lejos?
-A solo dos km. buen hombre… ¿va a algún lugar en especial?- el chofer preguntó.
-¿Conocen dónde podría hospedarme por algunos días?
-Pues claro –respondieron al unísono- la pensión de don Manuel.
-Si quiere, yo voy a dos cuadras de la pensión, si no lo toma a mal compartimos el taxi -invitó el hombre.
-No es negocio para mí – acotó el taxista – de cualquier manera es un gusto llevarlos.
El auto un Ford Falcon bastante destartalado, me dejó frente al hospedaje. Un edificio de una sola planta bastante viejo. Estimé de principios del siglo veinte. Cuando quise pagar mi compañero de tren, se opuso, él me había invitado, me deseó una buena estadía y me pidió que le mandara saludos a don Manuel de parte del Quirquincho.
Empujé la pesada puerta de madera y encaré hasta el mostrador, donde un hombre mayor escuchaba una radio tan vieja como el entorno.
-Buenas – dije – ¿Don Manuel?
-Así es…. ¿Con quién tengo el gusto?
-Mi nombre es Jorge Andrade. Estoy queriéndome hospedar por unos días.
-¿Es visitador médico o viajante?
-No…no…en realidad soy escritor, necesito alejarme un tiempo de la ciudad, debo terminar una novela que estoy escribiendo.
-Bueno…bueno…a elegido bien, si lo que necesita es soledad, “Las Acacias” es el lugar especial. La tranquilidad de este pueblo es absoluta, acá ¡nunca pasa nada!
Don Manuel me instaló en una pieza y me comentó que a escasos metros estaba el comedor, donde por las mañanas se servía el desayuno.
Le transmití los saludos del Quirquincho. Me agradeció con una risotada.
Acomodé la poca ropa que había llevado. Instalé la computadora en una mesa que estaba frente a la ventana desde donde se divisaba una sencilla plaza de pueblo.
El silencio era total, tanto en la pensión como en la calle. Estaba cansado y me dispuse cenar temprano. Pasé frente al comedor y me sobresalté al ver en la única mesa, una anciana de cabellos lacios entrecanos, sus ojos de un celeste profundo me contemplaban. La saludé y me respondió con una sonrisa; por mi distracción tropecé con un hombre que acababa de entrar.
-Perdone- intenté disculparme.
-No es nada…un gusto, soy el doctor Velásquez. Vengo a ver a don Manuel no lo veo por acá así que debe estar en el fondo. Antes de ir en búsqueda de Manuel el médico me orientó donde podía cenar.
Le agradecí y crucé la plaza en dirección a la fonda.
A la mañana siguiente, me levanté temprano, el día había amanecido soleado. Cuando salí al patio don Manuel me comentó desde el mostrador de entrada que en el comedor había café caliente y en la heladera había leche, le agradecí y me dispuse a desayunar.
Al ingresar, la figura de la anciana se recortaba en la ventana, por donde los rayos del sol penetraban con facilidad. La saludé y me serví café que estaba humeando en una cafetera eléctrica, me senté sin dejar de mirarla, entonces ella se acercó, y ocupó la silla que estaba frente a mí.
-Soy Valentina, la esposa de Manuel, créame que es un gusto tenerlo acá.- sin aguardar algún comentario mío continuó- Sabe…yo nací en este pueblo, Manuel no, él es de Santa Fe. Lo conocí cuando llegó como tantos otros a emplearse en la mina, que para ese entonces daba trabajo a mucha gente. Este pueblo era un hervidero. Al tiempo lo empecé a tratar y más adelante nos enamoramos. Manuel, hombre inteligente, me propuso transformar esta casa que era de mis abuelos, en una pensión. Fue una época que hicimos buena plata, hasta que hace unos quince años, la veta de la mina se agotó. La empresa cerró sus puertas y se marchó junto con todos, y acá quedamos los dos solos haciéndonos compañía. Cada tanto algunos visitadores se hospedan, visitan al doctor Velásquez y a la mañana siguiente se marchan.
– ¡Ah si el médico!, lo conocí ayer cuando vino a controlar a su marido.
– Si, gran persona y mejor médico, lo consideramos como el hijo que no tenemos. Manuel era un roble, pero después del accidente, quedó con una renguera permanente, pero lo más serio es que ha quedado muy delicado del corazón y es tan terco con los remedios.
Yo la escuchaba encantado, su voz sonaba tan dulce que hubiera sido un pecado interrumpirla.
-De muy joven yo era muy bonita sabe…, en esa época tenía muchos pretendientes pero mi Manuel fue el único hombre de mi vida.
Mientras Valentina desgranaba sus vivencias yo no dejaba de contemplarla, irradiaba ¡tanta ternura!
Terminé el desayuno y al momento de incorporarme, sentí el impulso de darle un beso en la mejilla, la anciana se ruborizó.
Estuve trabajando sin interrupciones por casi cuatro o cinco jornadas, ya estaba dando por finalizada la novela, cuando muy cerca del mediodía, algo me sobresaltó. Era el sonido de vidrios al romperse, salí al patio de inmediato, no vi a nadie, miré hacia el comedor y ahí vi a don Manuel recostado sobre la mesa del desayuno, a Valentina junto a él acariciándolo, alcancé a divisar algunas lágrimas que se descolgaban por sus mejillas. En el piso una botella hecha trizas.
-¿Qué paso? – Pregunté
-Un ataque- Me respondió Valentina, aferrada al cuerpo inerte de su esposo.
Me precipité en búsqueda del doctor Velásquez, que por fortuna vivía casa de por medio. Ni bien gané la calle, lo distingo descendiendo de su auto, le relaté lo sucedido y ambos nos fuimos presurosos hacia la pensión. El médico auscultó a Manuel. Sacó de su maletín una jeringa, preparó una inyección y se la aplicó. Juntos lo cargamos y lo pusimos sobre un catre que estaba en un rincón del comedor. Mientras el médico trataba de hacerle las maniobras de resucitación, yo contemplaba a Valentina que estaba inmóvil con sus manos en posición de ruego, ¡sentía tanta pena por ambos! En esos pocos días me había encariñado mucho, como si los hubiera conocido desde siempre. Después de algunos minutos el médico se irguió y dijo…
– No hay más nada que hacer, siempre temí que llegara este momento. Pobre Manuel.
Me llamó la atención el gesto del anciano, parecía dormitar plácidamente, y hasta me pareció que una sonrisa estaba delineada en su rostro.
Valentina y yo permanecíamos inmóviles, presenciando en silencio la escena. El doctor volvió a hablar.
-Bueno don Jorge, no se preocupe, yo me encargo de todo- Y salió presuroso de la casa.
Me acerqué a Valentina que ya no lloraba y la abracé muy fuerte, un sentimiento de angustia y emoción contenida recorrió todo mi cuerpo, ahora eran mis ojos los que se humedecían.
Habría transcurrido una hora, cuando el doctor Velásquez regresó con una ambulancia, que más tarde supe que era de la cochería. Retiraron el cuerpo de Manuel y con el doctor nos sentamos junto a la mesa del comedor, la anciana ya no estaba.
Se notaba la congoja en la voz del médico que comenzó a narrarme historias, cosas del pueblo, que algunas, ya conocía por los relatos de Valentina.
-Manuel no quedó bien después del accidente- confirmaba el doctor.
Lo interrumpí, en realidad lo que ahora más me inquietaba era Valentina.
-Doctor yo he terminado la tarea que vine hacer, estoy conmocionado por lo sucedido. Usted me había comentado que una parte de su casa funciona un geriátrico, se me ocurrió algo, si me lo permite.
-Por supuesto hombre…dígame
-Le quería decir que estoy preocupado por Valentina.
-¿Pero quién es Valentina?
-¿Cómo quién es? La esposa de Manuel…
El médico se puso serio y me miró extrañado.
-¿Qué está diciendo hombre? Si en el accidente automovilístico que sufrieron los abuelos hace tres años, Manuel quedó muy mal herido pero Valentina, encontró la muerte.
Acomodé la ropa en mi bolso, guardé la computadora y los papeles. Me dispuse a abandonar la pensión. Salí al patio y mi vista a modo de despedida comenzó a recorrer cada rincón, cada maceta, cada planta, como queriendo grabarlas en mi memoria.
Al pasar frente al comedor mire como lo había hecho aquella primera vez a mi arribo y otra vez me volví a sorprender. Ahora a través de la luz de la ventana se recortaban las imágenes de Valentina y Manuel que tomados de la mano y con una sonrisa feliz, me decían adiós.

 

 

Debe Ser el Tiempo

En este último periodo he tenido una serie de experiencias extrañas, yo diría inquietantes.
De joven, la escritura no era uno de mis fuertes. Odiaba escribir composiciones en la escuela, pero las cosas cambian, las épocas pasan y hoy la escritura es uno de mis placeres, además dispongo del tiempo necesario.
Los bien intencionados consejos de familiares y amigos, insistieron que debía abandonar los bolígrafos, argumentaban que no hay nada más cómodo que escribir con una computadora. Se obsesionaron tanto que al final lograron convencerme. Me dirigí entonces a una casa especializada. Ni bien traspuse la línea que separa el local de la vereda un jovencito muy sonriente se me acercó. Antes que dijera nada, lo puse en tema.
-“Ocaoca”… (En lenguaje juvenil significa dos veces el “ok”)
De inmediato miré hacia atrás para confirmar si lo que dijo, iba dirigido a mi persona, detrás mío no había nadie.
Se detuvo en una parte del salón plagadas de pantallas, de los más diversos tamaños, formas y colores, con cara de triunfador extendió la mano para presentarme toda esa montaña cibernética.
– Yo quería algo como para escribir- le dije, y para que perciba de que yo estaba al tanto con la tecnología agregué- Que tenga Word.
-Bueno… “Vofi” (vos fijate, lenguaje juvenil), lo que acaba de entrar el “Finde” (fin de semana).
. Yo me volví a dar vuelta para confirmar que seguía estando solo. Sin que se le borre la sonrisa de ganador de la olimpiada, agregó.
-Si hubieras venido hace unos años te hubiera ofrecido lo que la gente conoce como “PC”, que bien cubriría tus necesidades actuales, pero hoy por hoy son obsoletas, no solo por su tamaño sino que, por tecnología ya fueron superadas, ahora son más portables. Si viajás te la podés llevar encima sin ningún inconveniente. Otros te podrían recomendar una Netbook 7 TFT LCD Windows CE 6.0 con Wifi y 2 Gb con USB, que la podés cargar en una mochila o un portafolio.
-¡Qué interesante! La verdad me convenciste- dije
-NO…no…no – me dijo con gesto adusto – Lo que estás necesitando es nada más ni nada menos que una UMPC que representa un 70% de menor tamaño que la anterior, con pantalla Táctil y te olvidas de los periféricos, es por eso que te recomiendo la KOHJINSHA o la SR8KPO6A que son Dual Screen Laptop.
Mis ojos debieron adquirir un tamaño tan desorbitante que el vendedor se me quedó mirando y me dijo
-Impresionado ¿no?
– ¡Qué buena! – alcancé a balbucear…
-¿Cuál?- me preguntó intrigado.
-La SRK888NINJA– le respondí.
Cuando el vendedor algo desanimado se dio vuelta, con intención de mostrarme otro engendro, logré escabullirme entre un grupo de gente y rápido gané la calle. Me sentía mareado, traté en un momento de escuchar la conversación de gente que pasaba a mi lado, para identificar si hablaban mi mismo idioma. Me quedé tranquilo.
Con intensiones de aquietar mi espíritu, ingresé a una galería comercial, averigüé por una librería, me dijeron en la planta alta. Pregunté por la escalera mecánica ¡no había!
-No entiendo por qué ahora las escaleras las construyen cada vez más empinadas y además con los escalones cada vez más altos.
Algo agitado, con una pequeña gotita corriendo por mi frente y dos molestias: una en cada rodilla; llegué a la librería. Por las dudas compré varios bolígrafos y diez talonarios cuadriculados.
A la mañana siguiente ya me había olvidado de la bondades de la WKFUS….y no sé qué más. Me dediqué a disfrutar de uno de mis placeres diarios, desayunar y ojear el periódico de la mañana.
Lo que he venido notando desde hace un tiempo, es que están usando un tipo de letra más pequeño. Para poder leerlos no me queda otra que alejarlo más de mi, y en ocasiones tengo que ponerme bizco para poder descifrar lo que dicen. Considero ridículo pensar que una persona a mi edad esté necesitando anteojos.
Recordé que por la noche, estaba invitado a la casa de Mariana para festejar su cumpleaños. Me confirmó la presencia de algunas personas que hacía unos cuantos años no veía, algunos eran antiguos compañeros del secundario.
No es fácil comprarle un regalo a una mujer. Me pareció una buena idea un CD de música. Por lo tanto me fui de nuevo hasta la galería, que en la planta baja, había visto un negocio exclusivamente de música.
Le pedí al vendedor me asesorara, quería llevarle algo de actualidad. Como para ir orientándome el muchacho muy gentil me preguntó qué ritmo prefería.
-Y…este…no se… ¿del dos por cuatro?
-Si quiere quedar bien le puede llevar un CD de Rock Aborigen o Rock Acido, de lo contrario también podría ser Underground Americano, Soul Blues, Word Fusión, y si no le entusiasma el tema, puede ser que prefiera ritmos de Reggae Caribeños o Country Tradicional.
No pude decidirme o tal vez no le entendí muy bien, me estoy convenciendo de que ahora la gente, habla con voz tan baja que me cuesta comprender lo que dicen.
Consideré que con un buen ramo de flores iba a quedar como un duque.
Pasé por la florería y encargué el ramo que iba a retirar por la tardecita, camino a la casa de Mariana.
Como me sobraba algo de tiempo, me acerqué a la agencia de automotores donde trabaja un conocido mío. Como dispongo de algunos ahorros decidí entrar a ver si encontraba algo que me entusiasmara. El vendedor cuando me reconoció se acercó enseguida, me dio la mano y le comenté que me mostrara algo, que tenía intenciones de cambiar el coche.
-Magnífica decisión, como te conozco no te voy a engañar, lo que te mereces por tu edad, es este modelo.
-Ajá… ¿y qué tiene?- pregunté algo tímido escarmentado por las dos experiencias anteriores.
-¿Qué tiene…? Fijate bien…el Prisma tiene motor 1.8 litros, con 4 cilindros y 8V, alcanza una potencia máxima de 92 CP a 6000 RPM, cuenta con MP3 y entrada auxiliar USB y además con Bluetooth. Y no lo vas a poder creer, viene con control de crucero activo Stop&Go y transmisión automática Steptronic. Lo que sí y debo aclararte, que la Dirección Activa Integral es opcional.
En mi cabeza el descontrol hizo crisis, el nivel de confusión fue tal que las palabras se me caían solas de los labios…
-¿Pero no viene con pantalla táctil, LCD Windows con Country Tradicional o Soul Blues con frenos a disco?- Totalmente confundido, tomé la decisión de seguir con el Falcon, total hacía un año que le había hecho el motor a nuevo.
Como la tarde ya se estaba yendo decidí volver a casa. En el camino iba pensando que ropa ponerme. Todo un tema hoy por hoy. Juzgué que lo mejor sería el traje, en estos tiempos uno debe ser cuidadoso, el clima está muy pero muy raro, ahora los inviernos son más fríos que los de antes y en el verano ni te cuento, hace mucho más calor, sin mencionar las corrientes de aire que cada vez están más traicioneras.
Me bañé y silbando descolgué de la percha el pantalón y me los calcé, tuve que dejar de silbar, un pequeño problemita se presentó. Cuando con dificultad logré llevarlo a la cintura, los ganchitos que tenían que cerrar, ni siquiera pudieron saludarse. Pensé “con el cinturón lo disimulo”, y así fue, solo tenía que aguantar la respiración unos segundos y hundir el estómago, con satisfacción pude calzar el último agujerito del cinto, respiraba con alguna dificultad, pero ya se iba a normalizar.
Resolví para la ocasión estrenar los zapatos nuevos, hacía un tiempo que los tenía, en ese momento noté que me había desacostumbrado a usarlos con cordones, la preocupación volvió a mi cara, consideré que estaban a una distancia que me iba a resultar muy difícil de alcanzar, opté por anudarlos antes y luego calzarlos.
Llegué a la reunión, felicité a la cumpleañera ¡Qué boludo… me había olvidado de ir a buscar el ramo de flores! A Mariana no le importó.
Ya habían llegado varios de los compañeros del secundario. Algunos no los conocía, de otros tenía una leve sospecha, lo que pasa que todos estaban tan viejos y habían cambiado tanto que apenas los podía identificar. Uno de ellos cuando Mariana nos presentó, resultó que era Jorge ¡Jorge… amigazo, cuántas farras juntos!
– No te reconocí, estás más gordo- le dije
– Y si… son las comidas, son mucho más engordantes.
– ¿Te tomás un Fernet?- le pregunté – Te diste cuenta que el Fernet viene más aguado. ¡Todo ha cambiado Jorge!
-Si igual que las comidas viste, son más engordantes.
-Si ya me lo dijiste… ¡los tiempos cambian! ¿Te acordás cuando íbamos al bar y nos pedíamos una “Cuba Libre”? Después siempre nos enganchábamos alguna pendeja. Qué mujeriego eras Jorge.
-Y si… pero ahora he engordado mucho- me dijo- lo que pasa es que las comidas son…
-Ya, ya, ya… ¿Te tomas otro Fernet?- le volví a preguntar
– Viste que los Fernet están más…
-Si… ya lo dijiste antes- respondió Jorge
-Ah… ¿ya lo dije? No me acordaba.
¿Te acordás de María Rosa? Ese minón infernal- me preguntó mi amigo.
-Claro, como no me voy a acordar, si a todos se nos caía la baba por ella ¿Qué se habrá hecho de su vida?
– Fijate, está con el esposo, son los únicos que están bailando- me dijo.
-Yo no veo a nadie, debe estar bailando detrás de esa vieja gorda.
A la medianoche ya estaba en casa con algo de sueño, uno se va desacostumbrando a las trasnochadas.
Por la mañana mientras me afeitaba pensaba en el pobre Jorge, lo viejo que se veía. Al contemplarme con más atención en el espejo, vi con extrañeza mi amplia frente que insinuaba una progresiva calvicie, y comenté:
-Me parece que los espejos también cambiaron, debe ser el tipo de vidrio que usan.
En verdad soy un tipo de suerte, pero no hay duda que muchos de mis compañeros tienen una figura lamentable.
La cuestión de envejecer es todo un tema para gran parte de la gente. En lo personal a mi no me interesa mucho, pero reconozco que no hay cosa que deprima más, que contemplar el deterioro físico y mental, que padecen tantos de mis contemporáneos. Quizá es un proceso inevitable del tiempo. Algunos de estos cambios en algún momento terminaran por afectarme también a mí. ¡Si…alguna vez!

 

 

 

 

La Pintura de Elena

A Juan le sorprendió el mensaje que recibió del Sr. Montesinos. Éste deseaba con premura un encuentro con el artista. Montesinos era un personaje de prestigio en la comunidad, al que solo conocía por algunas murmuraciones de la gente, donde daban cuenta que hacía muy poco había contraído matrimonio con una joven mujer de una angelical belleza.

Esa misma tarde se entrevistó con el hombre que no anduvo con rodeos, le explicó el motivo del llamado, quería que el pintor inmortalizara en un cuadro toda la belleza de su joven esposa. Juan acosado por algunas deudas trató de disimular su interés y le manifestó que por tratarse de un Noble Señor, estaba dispuesto a comenzar de inmediato. Este le agradeció la deferencia, con un movimiento de su cabeza, pero le expuso una condición. La misma consistía que el lugar de trabajo debía ser en esa misma casa. Para Juan esto no le provocaba ningún inconveniente, por lo tanto aceptó complacido, tampoco le preocupó no haber conocido a la hermosa mujer. Acordaron comenzar al día siguiente.
Por la mañana Juan estaba parado frente al pórtico de la residencia, con sus telas, oleos y pinceles. Lo recibió el mayordomo, quien le informó que la señora ya lo estaba aguardando.
Traspusieron la recepción, que impresionaba por la blancura de sus paredes y atiborradas de columnas y estatuas de mármol pulido.
Subieron por la amplia escalera. En la planta alta se detuvieron frente a una puerta, el mayordomo golpeó y después de algunos segundos abrió las dos hojas de madera profusamente labradas, Juan se encontró dentro de una habitación donde los rayos del sol se filtraban cálidos, luminosos, por los amplios ventanales. Una cama primorosamente arreglada cobijaba a una cantidad de almohadones de plumas de colores suaves, un sofá delante de la ventana y alguien sentado en él. La claridad lo deslumbraba, no pudo distinguir de quien se trataba, aunque creyó imaginar. Una vez que sus pupilas se fueron acostumbrando, pudo contemplar a la más exquisita mujer que había visto en su vida.
Sobre los hombros caían largos cabellos dorados, un par de ojos verdes competían en belleza con sus labios rojos, un vestido de gaza largo y sobrio, una fina gargantilla resaltaba el largo de su cuello, mientras sus manos descansaban sobre la falda. Fue tanta su turbación que no atinó a moverse a pesar de estar sosteniendo los elementos de trabajo que lo incomodaban. Solo lo hizo cuando vio dibujada una sonrisa en la cara de esa atractiva mujer. Liberó sus manos acomodando todo lo que cargaba, en un rincón del cuarto y se presentó.
-Soy Juan el…
-Ya sé quién eres, además está a la vista, soy la señora Elena – y volvió a sonreír.
Juan no salía de su asombro, esa mujer era hermosísima. Una vez repuesto, le repitió lo acordado con el esposo. El lugar le parecía perfecto, solicitó le permitiera molestarla sugiriéndole recostarse sobre la cama, apoyada sobre alguno de los almohadones. La claridad que se filtraba por la ventana producía en ella los efectos de luz y sombra que el pintor prefería. Ubicó el caballete y la tela. Se acercó a Elena para corregir su posición. En ese momento percibió la deliciosa sensualidad de ese cuerpo. El contacto con la piel de la mujer aunque muy fugaz, hizo estremecer a Juan.
Se fueron sucediendo las jornadas, a Juan la emoción de cada encuentro lo predisponía de una manera especial, a medida que iba delineando las sensuales formas de Elena.
Cada tanto, cuando el cansancio incomodaba a la mujer, ésta se erguía caminaba unos pasos, estiraba sus brazos para desentumecerlos y luego volvía a la posición original, siempre en silencio.
Cuando el sol comenzaba a refugiarse en el horizonte y las sombras cubrían todo con su penumbra, el pintor con un indisimulado malestar, dejaba de trabajar, limpiaba sus pinceles, mientras la mujer sin dar muestras de cansancio, le regalaba una sonrisa y se marchaba.
En ocasiones el esposo se asomaba, contemplaba de lejos la obra y desaparecía sin hacer comentario alguno. Pero en cierta ocasión éste, le comunicó que iba a tener que ausentarse unos pocos días por cuestiones de negocio. Juan con algo de timidez preguntó si podía continuar con la obra y recibió el consentimiento.
Al día siguiente se propuso encarar los finos rasgos del rostro de Elena, lo asumió como todo un desafío, iba a ser su obra cumbre. Se aproximó a ella se sentó sobre la cama sin poder dejar de mirarla sintió que se le incendiaba la piel y sin proponérselo, sus rostros se fueron acercando tanto que comenzó a percibir el delicioso aroma de su aliento y la besó. Ella se dejó besar y los besos se sucedieron, el tiempo dejó de existir, estuvieron así vaya a saber cuánto, amó sus manos y besó sus ojos y mimó cada parte de ella.
Día a día ese amor que había surgido entre ambos lo compartían en un silencio culposo. No deseaba separarse de ella, ese sentimiento era el estímulo más soberbio que podía invadir al artista. Tanto era ese entusiasmo, que no se percataba de los cambios que se iban sucediendo en Elena; no notó la extrema delgadez de su cuerpo, su mirada algo triste, lívida, su sonrisa. ¡Ay…su sonrisa!
Una mañana al llegar a la residencia, le pareció extraño que no fuera el mayordomo a recibirlo, por el contrario era el mismo Montesinos en persona, que con gesto severo le comunicó que su esposa esa mañana no se sentía bien. Se suspendían las visitas. Juan trató de disimular su nerviosismo, sospechó por un instante que el hombre estaría al tanto de su amor por Elena. La voz de Montesinos lo hizo volver a la realidad.
-Ya le voy a avisar, observo a mi esposa muy demacrada – Juan interrumpió.
-Es posible que sea el cansancio, tal vez sea yo el responsable por exigir que posara por largas horas.
-Tal vez -dijo Montesinos -Yo le voy a avisar, Martín mi mayordomo le va a ayudar a llevar sus cosas. Por otro parte la obra está muy avanzada, sería mi opinión que lo que resta lo pueda hacer sin ella.
Pasó más de una semana sin noticias, Juan estaba desesperado, a modo de desahogo fue completando la obra, no era un problema para él que recordaba cada parte de ese cuerpo maravilloso, la amaba tanto que acariciaba la tela con sus labios, y besaba su boca, sus ojos, sus manos.
Decidió que debía verla de cualquier manera, se acercó a la residencia con el corazón estrujado por la angustia, el mayordomo lo hundió en la desesperación más profunda, le informó que la señora estaba muy enferma.
Hasta que una mañana, le llegó la terrible noticia de que Elena había muerto, que la anemia, que una enfermedad desconocida, que un parásito.
Juan desesperado no pudo escuchar más, solo se le ocurrió o quiso pensar que la causa de su muerte solo había sido por ese amor imposible. Con una mezcla de conformismo de dolor y de rabia se encerró en su atelier. Pasó varios días pintando sin descanso, hasta que nunca más se supo de él. Solo…solo se encontró en su pieza, los pinceles sucios y una pintura de una extraordinaria belleza. La figura
angelical de Elena, recostada sobre unos almohadones y un hombre de espalda que algunos dijeron que era Juan, con los brazos extendidos acudiendo a su encuentro…

 

La Mujer de la Otra Mesa

Era sábado por la tarde, mientras muchos disfrutaban de la siesta, Tito con sus párpados a medio camino parecían querer cubrir la nada. Sentía en su corazón un profundo desamparo. Estaba sentado en el bar con intenciones de pedir al fugaz estímulo del alcohol una pequeña cuota de reflexión. En ese momento se dio cuenta que era observado.

-La mujer de la otra mesa no deja de mirarme, de hacerme caras y de sonreírme. Su facha no deja ninguna duda, es seguro que me quiere levantar. Pero si fuera capaz de ver en mi interior, se daría cuenta que hoy nada me interesa y muchísimo menos, involucrarme con un “Gato” – mientras evitaba esa mirada, seguía murmurando como si un interlocutor estuviera frente a él.
En ese instante la dama en cuestión, encaró decidida y con naturalidad se sentó en la mesa que ocupaba Tito, que sin esfuerzo alguno elaboró en su cara, un indisimulado gesto de fastidio mientras carraspeaba incomodo. Levantó una ceja y la miró.
-Si, ya sé que querés estar solo. Hace rato que te estoy observando y me di cuenta de ello, solo te pido que me des la posibilidad de decirte algo. Cuando se está triste como siento que lo estás vos, uno se refugia enseguida en la soledad, y eso es un error, porque ella no es buena consejera. Yo sé porque lo digo.
-Ha dado en la tecla señora. Sí… quiero estar solo.
-Me llamo Isabel, no pretendo ser cargosa pero dejame hacerte una pregunta, ¿vos no sos porteño, sos de alguna provincia del norte no es así?
-Así es, pero mire este…Isabel, conmigo pierde el tiempo. Busque a otro.
-Yo no estoy buscando nada…sé a lo que te referís, si buscara un hombre para pasar el rato, no estaría aquí con alguien que tiene toda la cara, como de querer escabullirse rápido, de este lugar llamado mundo ¿Decime si me equivoco?
-Bueno…bueno…parece, que además, es psicóloga.
-¿Por qué te empeñás en ofenderme? Que querés decirme con eso de “parece que además”. Tuve la sensación de que estabas necesitando un poco de compañía. Tu tristeza es una aureola que te envuelve, te rodea, fue solo eso, pero si te molesto tanto…- la mujer hizo ademán de levantarse e irse.
-No…no se vaya, perdóneme, fui un grosero. Me dicen Tito y tiene razón no me siento bien, estaba pensando boludeces. Resulta que no podía decidirme, si emprender una caminata internándome en el Rio de la Plata o tal vez irme hasta la costa y hacerlo en el mar como lo hizo Alfonsina.
-¡Uy…! Parece que la cosa viene mal. Haceme un favor tutéame, así la charla resulta menos formal. Además supongo que lo estuviste analizando mucho ¿no?, y estoy segura de saber a la conclusión que llegaste. Te dijiste ¡Qué vida de mierda! ¿No es así? Escuchame un poquito, además de ser mayor que vos; mal o bien tengo mi cuota de experiencia. Estoy convencida, porque me ha pasado varias veces, que si te cuentan un drama ajeno, de alguna manera sirve para aliviar un poco el dolor propio.
-¡No… si yo no estaba tan errado! Vos tendrías que tener un consultorio para arreglar penas ajenas; ves ya te tuteo- Tito algo más animado esbozó una sonrisa.
-La vida es la que te va marcando querido y la que te enseña. Es como ir zurciendo las heridas. Qué te parece si ya que somos dos perfectos desconocidos, mientras nos tomamos algo te cuento mis desventuras, es probable que te ayude, ¿estás de acuerdo?
Tito asintió con un leve movimiento de su cabeza.
-Manuel…traenos dos cafés con cuatro medialunas, que paga el señor.
-Tímida no sos y desprendida menos. Pero no hay problema si querés más medialunas pedilas, mientras tanto me acomodo para escucharte.
-Sabes lo que pasa, hoy ni almorcé- dijo ella.
-Solo me queda una duda, una vez que nos confesemos nuestras vidas. ¿Quién va a decidir cuál de los dos tiene la más desgraciada?- preguntó Tito
-Vos… yo… “Qui lo sa”, lo que importa es que te sirva, que sea un aliciente, que te den ganas de seguir peleándola y además comprendas que no sos el único en este mundo que sufre ¿me entendés? Te advierto que lo mío es muy “groso” así que te vas a tener que esmerar bastante para superarme.
-A ver si todavía nos agarra la depre a los dos y no nos va a quedar otra opción que irnos juntos, para que el agua nos tape. A mí por lo menos nadie me va a extrañar- agregó Tito- Así que mi estimada Isabel, soy todo oído.
-Paciencia hombre, todo a su tiempo y armoniosamente como decía alguien.
Ni bien Manuel sirvió los café y dejó el plato de medialunas, ella fue la primera en servirse. Mientras Tito envolvió el pocillo con una de sus manos y se dispuso a escuchar a la mujer.
-Yo soy Tucumana sabés, aunque nací en Santiago del Estero, a los dos años mi papá compró una casa en San Miguel, luego nos mudamos y ahí me crie. Todo iba bien, había privaciones no lo niego, pero sería injusta si me quejara. Me alimentaron, me vistieron, cuidaron mi salud y me dieron estudio, hasta que llegó la bendita edad de la adolescencia. Aunque bastante tarde hoy reconozco cuánta razón tenían mis viejos. Me transformé en una rebelde sin causa. A los dieciséis me enamoré de un muchacho, que al decir de mi madre no era nada recomendable, era seis años mayor. Después me enteré que había estado preso, pero fue tarde, ya me había ido de la casa siguiéndolo. Nos fuimos a vivir a Juan Bautista Alberdi al sur de la provincia de Tucumán. El infeliz siguió con sus andanzas y volvió a caer preso. Yo recién cumplía los diecisiete y había quedado embarazada. En ese momento me ayudó mucho un amigo y compinche de mi pareja. Fui tan estúpida que me junté con él y ahí fue el comienzo del infierno. Le gustaba la bebida y junto a ella comenzó a llegar la violencia. Tuve a mi hijo ¡un bebe tan lindo!, pero estaba aterrada. Aunque lo pensé muchas veces nunca me animé a volver con mis padres. Una vez que estás dentro de ese remolino de miserias es muy difícil salir de la succión. Para ese entonces había conocido una amiga que era “Prosti”, pero buena tipa. Me convenció de mandarnos a mudar y dejar toda esa calamidad. Nos vinimos acá a Buenos Aires los tres. Los primeros tiempos fueron muy duros, para colmo con el bebé. No tardé en convencerme que estaba condenando a mi hijo, debía sacarlo de alguna manera de ese ambiente. No tenía muchas posibilidades, con toda la vergüenza del mundo, escribí una carta a mis padres pidiéndoles perdón por todos los malos ratos que les había hecho pasar y les rogaba como último favor que cuidaran de su nieto, que yo me sentía incapaz de hacerlo. Tal vez no me creas, pero jamás…jamás… sentí tanto dolor en mi vida como en ese instante cuando lo dejé. Como para ir cerrando el relato te cuento que luego caí muy bajo, pero muy bajo, drogas, prostitución, toda la basura que puedas imaginar. De las drogas pude salir. Y aquí me tenés, por supuesto, obvié del relato muchos otros momentos miserables de mi vida. Sos un chico inteligente y sé que te los podrás imaginar. Con el tiempo pude comprar un departamentito donde hoy vivo sola. Bueno no tan sola, siempre ando acompañada de muchos fantasmas e imborrables recuerdos Me mandé muchas macanas en mi vida, pero bueno, nunca tuve el valor de encarar lo que hace unos instantes estabas pensando o decidiendo. Cuando te vi no sé… noté tu tristeza tu inmensa pena, por eso estoy acá charlando con vos. En mi caso, cuando llegue el momento de irme, trataré de buscar aunque sea en otro mundo un poco de paz, aunque no sé si estaré en condiciones de merecerla. Bueno basta de hablar ya te conté mi vida y ahora si te parece que la tuya es tan jodida como la mía, soy todo oído.
– ¿Pero… y tu hijo y tus padres que fueron de ellos?
-Dijimos solo contarnos las historias. Nada de preguntas.
-De acuerdo… ahí va la mía. Mis padres murieron en un accidente cuando yo era muy chico. Siempre me pareció que todos, prefirieron cubrir ese lamentable hecho con un manto de silencio como para que yo no sufriera. Nunca me quedó claro el tema del choque y la muerte de ambos. En algún momento me pareció que había nacido solo de madre, porque no he tenido ni la más mísera foto de mi padre. Peor aún no llevo dentro de mi alma, el más mínimo recuerdo de ellos, es como si jamás hubieran existido. Aunque de mi mamá sí, tengo algunas fotos, de jovencita, ¡Por Dios! era hermosísima. Después de eso nada, pero nada más. Los abuelos me criaron, fueron geniales, llegaron a ser todo para mí, me cobijaron con mucho amor, todo el que me hacía falta, fueron mis padres viejos, velaron por mí y me dieron estudio. Una vez que me recibí, fueron ellos los que me entusiasmaron para venir a probar suerte a Bs.As. Hace un año con diferencia de dos meses los abuelos dejaron este mundo. No te podés imaginar el inmenso dolor que me provocó su partida, era el único gancho que me quedaba en esta vida y se fueron. Me volví a quedar huérfano y no pude reponerme más. Acá concluye lo mío.
-Pero escuchame, ¿no hay una chica que ocupe tu mente y tu corazón? Sos joven, buen mozo, no me digas que ninguna mina se fijó en vos.
-Siii…pero soy un depresivo y terminan aburriéndose y dejándome con más depre que cuando empezamos.
-Decime una cosa ¿Estas empleado, tenés trabajo?- preguntó Isabel.
-Si tengo un buen trabajo, pero nada más.
-¿Nada más? ¡Por favor Tito!, sos joven, tenés estudio un buen trabajo, el afecto hay que aprender a ganárselo, lo que sucede y estoy segura, es que no estás haciendo una buena elección con las mujeres. Y eso, mi querido amigo, con un poco de empeño y picardía se arregla fácil.
-Para vos todo es fácil. Pero mirá en tu interior y mirá dentro mío ¿Qué nos queda? Estamos fatalmente vacios, ¿Qué te parece si caminamos juntos hacia el agua? Salvo que tengas que atender algún cliente.
-¡Uy…uy… uy!…, mejor hago como que no te escuché. Que negativo que sos querido.
-Y si… mirá si algún autor de telenovelas nos escuchara, se llenaría de guita con nuestras historias- comentó Tito- Sabés que yo también soy Tucumano y como te conté, me crié igual que tu hijo, con los abuelos, pero mi mamá no se llamaba Isabel, su nombre siempre me resultó raro y a la vez muy hermoso, se llamaba Aluminé.
-La mujer se puso pálida, los ojos se le llenaron de lágrimas, se cubrió el rostro con sus manos y rompió en un llanto desconsolado.
-¿Qué dije… qué hice ahora?- preguntó Tito.
-Nada…nada… hiciste Alberto, tus abuelos seguramente fueron Luis y Adela.
– Si ¿Y…? preguntó Tito extrañado.
-¡Ellos fueron mis padres!
-¿Pero el accidente entonces…?
-No existió…fue cosa de los abuelos… ¿no te das cuenta? no quisieron avergonzarte con la historia de mi vida.
Se contemplaron extasiados, comenzaban a descubrirse mutuamente, los pensamiento se agolpaban en sus cabezas y un sinfín de sensaciones invadían sus cuerpos, se abrazaron como jamás lo habían podido hacer en sus vidas.
El mozo del bar los vio partir, un pensamiento le hizo susurrar en voz baja, “Isabel se levantó un pendejo esta vez”.

 

 

 

 

 

 

 

Por Siempre en el Cairo

Era la segunda vez en el año que Joaquín arribaba a la ciudad del Cairo procedente de Buenos Aires. Siempre por cuestiones laborales.

Después de un descanso reparador en el hotel, y viendo como el atardecer se adormilaba dejando paso a la noche, que de manera lenta, iba cubriendo las calles con su penumbra, salió a caminar por la ciudad; milenaria, misteriosa y con tantos secretos exhibidos y por develar.
Al poco rato, el estómago comenzó a manifestarse, estaba sintiendo hambre. Se le ocurrió buscar un restaurante en un lugar tranquilo. Pero para lograrlo debía alejarse un poco de las arterias principales y de ese tránsito caótico, tan particular de la capital Egipcia; donde el solo hecho de cruzar una calle representaba siempre todo un desafío, además, el insoportable y estridente sonido de las bocinas. Una costumbre tan arraigada entre sus habitantes, pues la hacen sonar en cada ocasión que se les presente: como protesta hacia otros automovilistas o hacia los peatones que de manera ágil saltan por delante de los vehículos, también lo hacen cuando festejan y cuando están apenados, siempre encuentran un motivo propicio.
Un “Metre” interrumpió su andar y lo puso al tanto de las exquisiteces que eran servidas en el local, decidió quedarse. Cenó “Shish Kebab” que son brochette de carne de cordero, comidas típicas con abundante vino egipcio. Al final de la cena y como cortesía de la casa, el encargado lo invitó en dos oportunidades con aguardiente a base de vodka.
Una vez que pagó la cuenta, trató de ponerse de pie. Recién ahí notó el exceso de bebida en su organismo. Saludó por tercera vez al encargado y se dirigió al hotel que supuso estaría a unas diez o quince cuadras. Consideró que una caminata le iba hacer bien para despejarlo.
Joaquín trataba de llevar sus pasos lo mas derecho que podía, ya que el alcohol ingerido se empeñaba en hacerlo ir en diagonal. Había recorrido un par de cuadras y se topó con un paredón, esto le preocupó, porque en la llegada al restaurante no lo había visto. Tratándose de orientar, giró a la izquierda y vio que a cien metros finalizaba esa pared sombría.
A pesar de la bebida y la desorientación, pudo percatarse que dos sombras se acercaban a él por detrás. Al instante escuchó gritos amenazantes que a pesar de dominar el idioma, no pudo entender lo que decían. Al girar la cabeza vio a dos individuos vestidos con la túnica de lino característica. Uno de ellos esgrimía un arma de fuego en una de sus manos. El peligro lo despejó de inmediato y se lanzó a correr lo más rápido que pudo. Al llegar a la esquina dobló a su derecha, el paredón se transformó en una pared de mediana altura y alcanzó a ver detrás de ella, un parque con una pobrísima iluminación. Consideró que era una posibilidad para perder a los asaltantes. Saltó el muro y desapareció entre la arboleda. Escondido detrás de un árbol, trató de divisar a sus perseguidores. Los vio que discutían en la vereda, uno de ellos señalaba la dirección por donde Joaquín se había ido, pero le resultó muy extraño ver, que ninguno de los dos hombres hiciera ningún intento de seguirlo. Observó que ambos sujetos caminando de manera lenta, tomaron direcciones opuestas. Joaquín sospechó que lo iban a estar esperando para cuando saliera. Hizo un análisis de su situación y comprendió que sería muy arriesgado volver a la calle. Considerando la hora de la noche, su agotamiento y el nivel de alcohol en sangre; decidió aguardar las primeras luces de la mañana. Era lo más razonable.
Cuando sus ojos se acostumbraron a las sombras, se dio cuenta que el lugar donde estaba, no era un parque sino un cementerio. Esa había sido la razón por la cual los dos malvivientes, habían desistido de seguirlo. A él eso no le inquietaba.
Caminó por algunos de los senderos hasta encontrarse con varias bóvedas, al tercer intento una de las puertas cedió con un agudo chirrido, sonrió aliviado. Una tenue claridad que se filtraba por la puerta abierta y por una pequeña cúpula de vidrio en la parte superior, permitió divisar algunos cajones fúnebres de aspecto añoso, casi destartalados. Sobre uno de los costados, una baranda que en apariencia era el límite hacia un lúgubre vacío, por donde ascendía un vaho bastante húmedo. Se apoyó tratando de estudiar el lugar. La intención era pasar la noche al resguardo. La baranda cedió y su cuerpo sin el sustento, se deslizó como una cascada hacia la nada. Su cuerpo junto a restos de materiales, impactaron con es-truendo sobre lo que supuso sería el piso del sótano.
Salvo algunos golpes se sentía bien. Se dio cuenta que la baranda al caer había roto otros cajones fúnebres depositados en el sótano. A pesar de la oscuridad un brillo fantasmagórico proveniente de algunos huesos expuestos lo sobrecogieron.
Evaluó la nueva situación, era imposible intentar en ese momento subir a la plataforma superior, no alcanzaba a ver nada, la situación recomendaba prudencia. Lo más razonable sería tratar de acomodarse en ese lugar y echarse a descansar hasta el amanecer. Un sopor comenzó a embriagarlo y no tardó en quedarse dormido.
El murmullo era grave, pesado y lo despertó. Alcanzó a ver alumbrado por la tenue luz de una vela, siluetas también ataviadas con túnicas, que lo contemplaban mientras hablaban entre ellas. Los gestos eran amenazantes, interpretó que no era bien recibido. Algunos señalaban direcciones opuestas unos hacia arriba y otros hacia abajo.
El pretendió explicarles, trató en vano de dominar sus nervios, mezclaba palabras en árabe y en inglés. Resultó inútil decirles que no había sido su intención el haber producido los destrozos en el interior de la bóveda. Que los asaltantes, que la huida, que… no parecían escucharlo, por el contrario la situación se volvía cada vez más tensa, las figuras se ponían más intolerantes. Las siluetas comenzaron a acercarse desafiantes, intentó retroceder pero algo frenaba sus pies y cayó hacia atrás en lo que parecía un ataúd, el terror lo invadió, las figuras con fuerza sobrehumana alzaban una pesada tapa de piedra. Alcanzó a divisar sobre ella los rasgos de una cara humana con reflejos de oro, estaba paralizado, ni atinaba a defenderse, quiso incorporarse pero sus músculos no le respondían, procuró pedir auxilio pero su voz no sobresalía del monótono murmullo de las figuras. La tapa del sarcófago ya estaba descendiendo, el nivel de angustia y desesperación fue tal, que sus ojos se abrieron de manera exagerada.
La pequeña luz que supuso una vela, era los rayos del sol que se filtraban por la claraboya de la bóveda y llegaban con alguna dificultad al sótano. Gruesas gotas de sudor recorrían su cara. Respiró aliviado, no había sido más que una pesadilla. Mientras sus pupilas se adaptaban a esa tenue claridad, divisó la baranda caída la noche anterior, notó los destrozos en algunos cajones funerarios.
El recinto era más amplio que la planta superior. Lo que alcanzó a ver lo tranquilizó, sobre unos de los rincones, una pequeña, oscura y sucia escalera de caracol se dirigía a la parte superior, pero también se proyectaba hacia abajo, como hacia un segundo sótano. La intriga y su espíritu aventurero pudieron mas, solo descendió unos pocos peldaños pero la oscuridad lo frenó, pensó que sería interesante investigarlo, pero tendría que ir en busca de una linterna. Prefirió por lo tanto dirigirse hacia arriba. Comenzó a subir y cuando había salvado la totalidad de los escalones, con asombro descubrió que nuevamente se encontraba en la base misma de la escalera, o sea en el sótano donde había pernotado. Contrariado no entendía que estaba sucediendo, era como si la escalera se hubiera vuelto a hundir y estaba en el punto de partida. Alzó la vista y ese espiral con peldaños se mantenía imperturbable como aguardándolo. Supuso que el aire enrarecido le había jugado una falsa ilusión, Se aferró al fino pasamano que ascendía acompañando a los peldaños. De nuevo comenzó el ascenso, pero otra vez cuando estaba por alcanzar la planta superior todo se desvanecía y volvía a estar en el primer peldaño del sótano. Confundido retrocedió unos pasos, de nuevo el terror se hizo presente, de su boca salió un grito pidiendo auxilio. En ese mismo instante un chirrido, seguido de un fuerte golpe le confirmó lo que temía, la puerta de acceso a la bóveda se había cerrado con estruendo. Intentó gritar pero solo escuchó su propio grito que se propagaba en los distintos niveles, a veces parecía venir de arriba y otras brotar desde el agujero negro del piso.
Encaró la subida decenas de veces pero siempre resultaba igual, de manera invariable se encontraba en el punto de partida. Agotado se sentó un instante tratando de controlar el pánico que lo estaba invadiendo.
Pensó entonces que si no podía subir, intentaría bajar. Inició con sumo cuidado el descenso, el sonido producido por los latidos de su corazón opacaba el ruido de sus pasos. Cuando esa escalera en espiral finalizó su descenso, la penumbra era más cerrada. Un haz de luz proveniente de la parte alta, iluminó por unos segundos el lugar, alcanzó apreciar entonces, un único cajón funerario: abierto y vacio. Al acercarse pudo descifrar una leyenda en árabe, escrita sobre uno de los laterales del ataúd. Lo que tradujo lo sumió aún más en el espanto. La sangre se le heló. El temblor sacudió cada fibra de su cuerpo. Se sintió desfallecer, notó que su conciencia comenzaba a evaporarse:
“يجب أن يفروا الموتى ” (Los muertos no deben huir).

 

Reivindicación

Comenzó a sentir algo de frío a pesar de estar en plena temporada estival, tal vez la causa era la fiebre que de manera terca se le había instalado desde hacía algún tiempo. Estaba recostada en la cama boca arriba, la almohada le inclinaba la cabeza hacia delante permitiéndole observar todo el largo de su cuerpo.

Mientras ella permanecía en esa muda contemplación, creyó escuchar algo, como si alguien le estuviera hablando, sonaba como un susurro, era algo extraño, parecía llegar desde el extremo de sus piernas, no podía ser posible. Ese sutil sonido se desplazaba por el aire, pero era lo bastante audible como para entenderle.
-¿Quién es…de que se trata…que intenta decirme?
-Somos nosotros, que al percibir tu mirada, nos has puesto inmensamente felices.
-Es que…no miraba nada en particular, no se…
-Doblemente grato es advertir que también nos estás oyendo. Hemos pasado tanto tiempo juntos. En realidad toda una vida, diría aún más, lo estamos desde el inicio mismo de la con-cepción. Lo que pasa es que desde aquella época, nosotros ya nos sentíamos protagonistas importantes.
Tal vez recuerdes que durante el embarazo de nuestra madre, éramos los más inquietos, los mas movedizos, si al apoyarnos con fuerza sobre el agrandado vientre, provocamos de ella, sus primeros elogios “Miren que hermoso, como empujan”.
Al cumplir los nueve meses estábamos listos para vivir ese episodio único y maravilloso ¡El nacimiento! Tuviste el privilegio que la luz de la vida te alumbrara primero, inmediatamente arribamos nosotros. No significó ningún problema, en definitiva por alguno de los extremos debíamos nacer, y no nos importó por una simple razón, porque a partir de ese instante, fuimos mimados, besados, queridos con la misma ternura con que mimaron, besaron y quisieron cada parte de tu cuerpo.
Transcurrió el tiempo y la unión se hizo más indisoluble, fuimos socios en esa magnífica aventura que es la vida. Cuando tuvimos la fuerza suficiente, logramos afirmarnos y permitimos que te irguieras sonriente y orgullosa. Al poco tiempo, aunque de manera vacilante pudimos dar los primeros pasos. Nos sentíamos protagonistas fundamentales, en aquella época de crecimiento.
Y así fueron pasando los años y sin darnos cuenta, aquella euforia se fue diluyendo, lenta y reacia, de a poco el olvido nos invadió, comenzamos a ser prisioneros en cubiertas de cuero o de tela que nos ceñían y nos ocultaban. Nos sentíamos lejos, tan lejos como el suelo, y sin advertirlo nos sumimos en el anonimato más absoluto, ya no había palabras de elogio, las caricias se perdieron en el tiempo, más aún, ya nadie reparaba en nosotros y de algunos, percibíamos hasta el rechazo.
De cualquier manera seguimos siendo fieles contigo, siempre estábamos dispuestos a llevarte hacia algún destino, corríamos si estabas apresurada, o por el contrario nuestro andar se hacía lento cuando salías de paseo, nos movíamos ágiles cuando bailabas y nos arrastrábamos cuando encarabas largas y agotadoras caminatas. Tal vez recuerdes cuando te enamoraste por primera vez, como te alzábamos poniéndonos en punta cuando besabas.
Al llegar el verano eran tiempos de algarabía para nosotros, volvíamos a recobrar de alguna manera la libertad, dejábamos nuestro encierro y disfrutábamos tomar contacto con la hierba y en ocasiones, con esa incomparable sensación de pisar la arena tibia, o al sumergirnos en las aguas del mar.
Triste destino nuestra existencia, convertidos en los olvidados de siempre. Si hasta los mismos poetas nos negaron, o no es cierto acaso que colmaron los relatos y las poesías con las frases más bellas, cuando describían a las manos y a los ojos, cuantas páginas se inundaron de pasión y sensualidad al referirse a los labios o a los senos.
Y ahora que hace unos pocos instantes notamos tu abatimiento, sentimos el irrefrenable deseo de revelarte un íntimo secreto, callado, oculto desde hace mucho tiempo.
En una oportunidad nos enamoramos, si, de la manera más pasional que puedas imaginar, sin pensarlo, así de repente, un amor integro e incondicional. Nos entregamos a esa pasión como el sueño más maravilloso que pudimos alguna vez acariciar, tu amor fue silenciosamente nuestro amor, cuando te amaba nos amaba, cuando con sus manos, recorría cada parte de nosotros, cada línea que sus dedos dibujaba en nuestras plantas, cada caricia cada mimo nos hacia estremecer. Cuando de manera tierna nos alzaba con sus manos para apoyarnos sobre su pecho, percibíamos a través de la tibieza de su piel, el latir de ese corazón enamorado, fuimos en realidad muy felices. El mayor de los éxtasis fue cuando sus labios nos cubrieron con los besos más dulces, tan dulces como aquellos besos que recibimos en nuestra infancia.
Pero fue una pasión que no pudiste, no supiste o no quisiste retener, lo dejaste partir hace largo tiempo y de nuevo nos volvimos a quedar con el agrio sabor del abandono.
Esto es en definitiva lo que queríamos contarte, estamos llegando al final y tú lo sabes. A partir de ahora, sin desearlo, sin quererlo, vamos a recobrar un inusual protagonismo. Cuando la última gota de sangre esté circulando por tus venas, cuando el último hálito de aire se empeñe en recorrer de manera torpe tus pulmones, va a llegar el momento de nuestra verdadera reivindicación, porque todos los que en ese instante te acompañen van a decir de vos…y de nosotros.
“¡Ahí va ella… con los pies para adelante!”

Mágica Amistad

Estalló como un relámpago fugaz y sorpresivo, el informe del médico fue sombrío “Su estado es muy grave, nos queda solo aguardar un milagro”.

Me sentía abatido, en esa lucha desigual mi amigo estaba siendo derrotado.
Los médicos habían dicho ¡Un milagro!, esa palabra se alojó en mi corazón, mientras en mi mente seguía retumbando como si fuera la propagación de un eco.
La vida es un don maravilloso, fascinante pero en ocasiones nos abruma con situaciones imprevistas y dramáticas. Lo funda-mental es no claudicar nunca, es esencial que nos revelemos y marchemos convencidos detrás de cada esperanza, porque es muy cierto que éstas no se agotan ni desaparecen, sino que son las personas que terminan abandonando sus sueños.
Comencé a desandar mis recuerdos, y en un momento cobró nitidez un hecho de mi infancia. Fue aquel instante que llegó a mis manos el primer libro de aventuras.
Era un relato que me había fascinado, narraba la existencia de un paraje prodigioso, un lugar mágico, un lugar que albergaba entre otras cosas, increíbles riquezas. Consistía en dos vasijas, una de ellas desbordaba en joyas y monedas de oro, esa riqueza tenía una clara significación era: el bienestar, la comodidad, los placeres y también el poder. La otra sorprendía, pues daba la sensación a primera vista de estar completamente vacía, su contenido era nada más ni nada menos que la posibilidad de acceder a un único deseo.
El inconveniente era que para alcanzar cualquiera de las vasijas, había que emprender un camino extremadamente difícil, se requería de un gran tesón y una voluntad férrea sin límites. Esa descripción era más o menos el comienzo de aquel relato.
En un primer momento deseché la idea, consideré que eran solo historias infantiles, pura fantasía. Pero la realidad del padecimiento de mi amigo me golpeó de manera brutal, y me sentí solo y sin esperanzas. Entonces algo sucedió, una fuerza interior se adueño de mi persona, y algunas preguntas se instalaron dentro de mí ¿Por qué no? ¿Y si fuera verdad? ¿Y si ese lugar existiera?
Tomé la determinación de ir en su búsqueda, valía la pena intentarlo aunque desconocía la manera de hacerlo. Lo que se dio después, nunca pude llegar a explicármelo, pero confieso que en verdad ocurrió.
La realidad vigente fue reemplazada, todo se transformó, en un instante me vi sumergido sin entender en aquella historia de mi niñez, como si una fuerza extraña hubiera despejado un camino desconocido, permitiéndome atravesar una puerta hacia otra dimensión, y fue curioso, me sentía muy bien, feliz como cuando era niño, me di cuenta en ese momento, de que estaba siendo el protagonista de aquella fantástica aventura.
Tenia muy presente el cuento, sabía que por delante me iba a enfrentar con innumerables desafíos: llanuras, montañas, ríos, selvas se iban a oponer. Pero estaba convencido que no iban a ser suficientes los escollos, que me impidieran cumplir con mi objetivo.
El tiempo urgía debía iniciar la marcha, emprendí ese viaje fantástico e imaginario.
Ya hacía tiempo que andaba y las jornadas se iban sucediendo con sus dificultades. Muchas fueron las noches con sus días mientras yo continuaba en la búsqueda de esa quimera, de esa magia que desde chico a través de aquel relato, se había fundido en mi interior. En un momento me asaltó el temor, pensé que había extraviado el rumbo, habían sido varias las bifurcaciones de caminos, y en ocasiones dudaba sobre qué dirección tomar. En una oportunidad al ingresar a un bosque y después de horas de andar y luchar contra la espesura, tuve la amarga sensación de que caminaba en círculos y que no iba a poder salir. Pero no importó seguí con más ímpetu aún, ese tesón dio sus frutos, la aparición sorpresiva de un sendero abandonado me permitió lograrlo. Al tiempo trepando una cuesta muy pronunciada, pensé no tener las fuerzas suficientes para conquistarla, pero cada vez que la angustia me invadía, cada vez que el cansancio intentaba doblegarme, pensaba en mi amigo y entonces una energía renovada, un optimismo enorme crecía dentro de mi “Lucharás hasta el último aliento que te quede…y aún más”
Un día el estallido de un trueno me sobresaltó, hizo que alzara la vista, y en un instante las nubes se transformaron en nubarrones, remolinos de viento sacudían los pastos e inclinaban las copas de los árboles, la lluvia comenzó a mojarme, pero no era fría, era más bien cálida, en ese momento me detuve, no sé cómo ni por qué, pero logré vislumbrar que algo estaba por suceder.
Seguí caminando con paso cada vez más vivo y al cabo de un rato me encontré que ya no caminaba, corría, y en ese instante todo se calmó, el silencio invadió la llanura, solo se escuchaban mis pasos golpear en la hierba, el sol comenzó a filtrarse entre las nubes y… ¡Ahí estaba! Una maravillosa cinta de siete colores, una curva luminosa se instaló en el cielo, y para sorpresa, justo el nacimiento de ella, descansaba estática frente a mí. Caí de rodillas y así de rodillas fui acercándome hasta divisar las vasijas de mi cuento, solo me restaba escoger una de las dos.
Me acerqué, no tenía ninguna duda sobre mi elección y me abracé a ella muy fuerte, un haz de luz salió de la misma y me atravesó de lado a lado. En ese preciso instante la realidad se impuso clara y nítida, me encontré junto a la cama de mi amigo y al observarlo noté que sus fatigados párpados se movían, abrió los ojos, una de sus manos aferró la mía y me sonrió.

Los Primeros Colonos

-Buenas tardes don, usted perdone que interrumpa su descanso.

El hombre con la sobriedad característica del paisano, se acercó para saludar a Fernando, que muy distendido, ocupaba casi todo el banco en la plaza del pueblo.
-Buenas tardes… y no tengo que perdonarlo porque no está interrumpiendo nada.
-¡Gracias es muy amable!…quería preguntarle, ¿vio lo lindo que es? Me refiero al pueblo, y no le cuento de su gente. Si tiene la oportunidad de conocerla, de charlar con ella, le va a encantar aún más.
-Sabe, la vez pasada recorriendo la zona por mi trabajo, tuve intenciones de dejar la ruta y entrar, pero no lo pude hacer por falta de tiempo. Pero hoy se me dio y además el día esta ideal para regalarme unos minutos de descanso.
-Hizo bien mi amigo. Apropósito, ya que la tiene enfrente le hago otra pregunta ¿Se fijó en la estatua que adorna la plaza?
-Así es, cuando usted llegó la estaba mirando.
-Fíjese la paz que trasmiten esas tres personas, un paisano a caballo saludando a una pareja sentados en la carreta. No me canso de admirarla. Qué bien logrado está la yunta de percherones que tiran de la misma. Si se acerca un poco va a poder contemplar la perfección de los pequeños detalles, que para mí la hacen única. Vea por ejemplo las riendas, o el detalle de las ropas y sus pliegues, una belleza por el lado que se le mire.
-La verdad que sí, es muy bonita ¿Y qué representa?- inquirió Fernando
-Simboliza a las doce familias fundadoras, llegadas allá por el año 1904. Todas ellas escapando de la Rusia Zarista, sabe.
-¿De Rusia vinieron?
-Así es señor… pero capaz que lo estoy importunando con mi charla.
-Todo lo contrario, es muy interesante, a mi me encanta conocer los orígenes de los pueblos. Por favor siga usted.
-Bueno gracias y como le decía; primero vinimos dos adelantados, yo Moses y mi amigo Malej, con el propósito de buscar un lugar apto para la siembra, si lo hallabamos, intentaríamos comprarlo. Y así fue, encontramos este lugar, nos gustó. Más tarde llegaron el resto de las doce familias de colonos. Cada una dispuso de cien hectáreas y nos establecimos. En esa época lo único que abundaba en la zona eran los cardos y los yuyos, no había lo que se dice nada. Pero abrazamos esta nueva tierra como si fuera nuestra lejana y perdida patria. Lo hicimos con pasión y mucho amor. Como debe de imaginarse los inicios fueron muy duros, debíamos transformar estos páramos desérticos en tierras fecundas. Como voluntad nos sobraba, al fin lo logramos. De esa manera fuimos creciendo de a poco, lentamente. Aquí nacieron y crecieron los hijos y más tarde los hijos de los hijos y esa rueda no se detuvo más. Hoy en día le aseguro la obra continúa. Antes de de irse señor, dé una pequeña recorrida, va a ver el sueño de ese grupito de familias que logró esta hermosísima realidad.
-Si por supuesto que lo voy hacer…además flor de mensaje, que ejemplo de ideales de esfuerzo y compromiso. Todo un modelo para nuestra juventud. ¿Usted es descendiente de aquellos colonos? Porque me llama la atención como se expresa, habla como si fuera uno de ellos.
-¡Así es señor! yo soy uno de esos colonos, tal vez recuerde mi nombre, Moses.
-Buen chiste…uno de los dos adelantados. O sea que usted tiene algo así como… digamos… 130 años o más, la verdad que los lleva muy bien, yo no le hubiera dado más de cincuenta a lo sumo sesenta.
A pesar del entusiasmo de Fernando por el relato, no estaba dispuesto que le tomaran el pelo. Con un dejo de ironía volvió a preguntar.
-¿Entonces dígame?…alguno de estos esforzados hombres que están representados acá- Fernando caminó hacia la escultura, se apoyó en la carreta y con una sonrisa preguntó- ¿Es posible que uno de estos colonos sea usted, don Moses?
Al darse vuelta para mirar al hombre, se sorprendió, ahí no había nadie, miró hacia los cuatro puntos cardinales de la plaza y nada, solo alcanzó a divisar en uno de los extremos a un cuidador que muy concentrado, rastrillaba una cantidad de hojas secas. Intrigado caminó hacia él.
-Buenos días señor, disculpe que lo moleste. Usted debe ser de la zona ¿no?
– Si – le respondió con una sonrisa.
-Por esas casualidades ¿conoce a un tal… don Moses?
– ¡Ajá!
-Bien, resulta que hace un rato estábamos teniendo una conversación de lo más amena. Me contó la maravillosa historia de aquellos esforzados hombres y mujeres que fundaron este pueblo. Pero de buenas a primeras, sin yo darme cuenta, este hombre Moses desapareció… no entiendo.
– Usted señor da la sensación de ser una persona preparada y además de buenos sentimientos, permítame entonces que le cuente algo, eso sí, le suplico que intente abrir de par en par su imaginación y su corazón. En primer lugar don Moses le dijo la verdad, él fue uno de aquellos colonos que hace mas de 100 años fundaron el pueblo. En segundo lugar permítame que le relate algo, que resulta poco creíble para algunos.
-Lo escucho… dígame.
-Bueno me han contado y dígame usted si es cierto, que la energía es indestructible, no se pierde a lo sumo se transforma.
– Así he leído ¿pero qué tiene que ver eso?
-Bien señor, usted considera que el amor, la felicidad, el alma, el espíritu hasta digamos… el odio ¿es una forma de energía?
-Supongo que sí.
-Bueno, aquellos colonos que arribaron a estas tierras desde tan lejos, traían en sus maletas un entusiasmo inquebrantable, un solo objetivo los guiaba, era el de vivir en paz y de una manera digna, estaban convencidos que para lograrlo debían trabajar y mucho. Ese esfuerzo al fin, dio sus frutos, lograron forjar un futuro para ellos y las generaciones venideras. Fue tan grande ese espíritu, había tanta energía en ellos. ¿Cómo explicarle? don Moses o si usted quiere su energía inextinguible, siempre está, ese espíritu inicial sigue vigente aún. Es común entonces sentirlo cerca de aquellas personas que en ocasiones nos visitan. Con el solo y único propósito de hacer trascender nuestra historia.
-La verdad señor su relato me ha conmovido, muy emocionante. Una gran empresa y una gran enseñanza. Permítame decirle que me siento muy feliz de haberme detenido el día de hoy en este pueblo. No solo para disfrutar sus bellezas sino el haber conocido esa epopeya y por supuesto a don Moses o lo que sea. Lo lamento pero ya me tengo que ir, quiero agradecerle lo amable que ha sido usted por la explicación y felicitarlo de corazón. Muchas gracias señor…
-¡Malej…un servidor!
Una vez que Fernando estrechó la mano del hombre, y se encaminó hacia donde estaba estacionado su auto, iba eufórico pero a su vez pensativo.
-¿Malej…Malej? Ese nombre me suena. ¡Claro, si es el otro adelantado, Moses y Malej!
Se volteó, llevó su mirada hacia donde estaba el jardinero. Se dio cuenta que la plaza en ese instante estaba completamente desierta. Con una inmensa sonrisa, una emoción indescriptible y meneando su cabeza de lado a lado, se introdujo en el auto y partió.

 

 

 

Fútbol Para Todos

-Viejo, hoy mamá nos espera por la tarde en su casa a tomar mate, te preparó la tarta de manzana que a vos te gusta – comentó la esposa

-No. Imposible. Hoy me voy a la cancha, es un partido importantísimo. Arreglá para otro día.
-Esa bendita cancha y si hacemos una cosa: nos vamos de mamá lo ves por televisión, estás más cómodo, te tomás unos mates, te repiten las jugadas, ves los reportajes…
-Nada que ver, no tenés idea de lo que es verlo en vivo y en directo. La adrenalina que corre por las venas con cada jugada en las aéreas, el sonido, el color, todo. Algún día vas a tener que venir, vas a pasar una tarde inolvidable y no te vas a arrepentir.
La mujer quedó pensativa, al cabo de unos minutos agregó.
-Y bueno… hagamos una cosa, llevame hoy. Vos decís que es tan hermoso, yo nunca fui y a la salida nos vamos a casa de mamá ¿No te parece una buena idea?
-Este…no sé…qué sé yo… ¿te parece? -inquirió el esposo quien, acorralado, no tuvo más remedio que aceptar, sabía que una negativa iba a ser el comienzo de una agria discusión.
Almorzaron temprano. Decidieron llevar el auto. Arrancaron camino a la cancha. Lo dejaron estacionado a unas seis cuadras. Al cabo de unos minutos se sumaron a la caravana de gente que se dirigía al estadio. El esposo le iba mostrando cómo se desplegaban desde los balcones cantidad de banderas multicolores. Los más pequeños pasaban junto a ellos agitando banderines, los mayores hacían sonar las cornetas. Los puestos de gaseosas, el olorcito a choripán, los cantos, la algarabía. Ella estaba fascinada, se reprochaba haber esperado tanto para asistir a un estadio de fútbol.
El primer inconveniente fue cuando llegaron a la boletería: largas filas pobladas de hinchas para comprar las entradas. Después de un buen rato y con los tickets en su poder solo les restaba ingresar. Se dirigieron hacia las puertas de acceso donde otra aglomeración de simpatizantes mucho peor que la anterior pugnaban por entrar. El ingreso era lento, muy lento, debido a que el personal de seguridad examinaba a cada uno al llegar a las pasarelas. La cosa iba mal y los ánimos comenzaron a caldearse. Los que estaban más atrás protegidos por el anonimato, comenzaron a empujar hacia las vallas. Era una marea arrolladora que se movía de lado a lado.
-¡Me tocaron, me metieron una mano, hace algo!- gritó la mujer.
El marido resignado miró para atrás, pero el vaivén de la marea humana desplazaba las personas que iban cambiando de lugar. Todos sin excepción con cara de yo no fui, gritaban “Dejen las puertas libres, vamos dejen pasar que está por comenzar el partido…Dale Roj…Dale Roj…”
Por fin llegaron a las vallas, los de seguridad repasaban rápido con sus manos los cuerpos de la gente en busca de elementos extraños y peligrosos.
-¡Grosero! – exclamó la mujer cuando le palparon en la entrepierna y acto seguido le dio un bofetón al guardia.
-Pase vieja loca… ¡Pórtese bien! -¡Daaale…daaale…! – le dijo el marido
Una vez dentro del estadio fueron subiendo por las escaleras externas y su esposa seguía refunfuñando. Un tufillo algo extraño los fue envolviendo.
-Viejo…ese que está en el rincón esta orinando, ¿por qué no lo llevan preso?
-Vamos…dejalo orinar tranquilo, apurate, que no vamos a conseguir un buen lugar.
Una vez que ingresaron a las tribunas, el espectáculo de la gente, el colorido de las banderas y el inmaculado verde del campo de juego, impactaron a la mujer.
-Vení por acá, quiero que tengas una buena vista panorámica.
Ni bien se sentaron la mujer le pidió una Coca.
– Pero recién llegamos- le dijo el marido.
– Creo que me lo merezco, después de todo ese manoseo… y vos indiferente mirando para otro lado.
– ¡Eh!… ¡Coca! ¡Pasame una! – dijo el marido mientras buscaba nervioso el dinero para pagar- ¡Me robaron!
-¿Que decís?- preguntó la mujer.
-¡Me chorearon…! ¡Me afanaron la guita del bolsillo!
– ¿Y para cuando flaco?- le reclamó el de la Coca.
El marido pudo juntar las pocas monedas que tenía desparramadas en los bolsillos y le pagó con lo justo.
Sentados en los amplios escalones de cemento, la gente que iba llegando, pasaba por la izquierda, a veces por la derecha, otras veces entre ambos.
-¿Nadie en este lugar pide permiso? son todos una manga de guarangos- seguía despotricando la esposa.
En ese instante anunciaron por los altavoces del estadio el ingreso de los equipos. Ahí se desató el jolgorio. Como si estuvieran previamente de acuerdo, la tribuna adicta se puso de pié, alentando desaforados a sus jugadores, menos la esposa que seguía sentada saboreando la gaseosa. Como el trasero de un gordo que estaba a su lado le daba de manera impúdica en la cara, prefirió por una cuestión solo de estética ponerse de pie, mientras todos, incluso su marido saltaban frenéticos.
En un momento el muchachito que tenía delante, levantó uno de sus brazos para agitar el banderín que tenía en la mano y le pegó justo en el vaso de la gaseosa. El resto de la Coca que aún le quedaba, se vació íntegro en su escote.
-¡Animal!
Fue como un grito interior en medio del desierto, nadie la escuchó, ni siquiera el marido que sonriendo feliz, la miró entusiasmado.
-¿Qué hacés? ¡Te tiraste la coca encima!
-¡Me la tiró el energúmeno de adelante!
-¡Sacate la remera que te puede dar un enfriamiento! -recomendó un vozarrón que provenía de la parte de atrás.
Cuando el marido miró, no pudo identificar al de la voz y respiró aliviado.
Una vez comenzado el partido, todos tomaron asiento. De esa manera ella tuvo la oportunidad de disfrutar el animado espectáculo que ofrecían las tribunas. Se entretuvo contemplando a la cantidad de gente que se agitaba por todos lados, sin interesarle lo que acontecía en el campo de juego. En un momento algo le llamó la atención: era un movimiento acompasado que se desplazaba hacia los lados. Le preguntó a su marido.
– Es la “Ola”- le respondió él – En un momento va a llegar acá, estate lista.
-¿Lista para qué?
– Para acompañar a la ola, ¿para qué va a ser?
– Ah…- respondió ella sin convicción.
Cuando la onda llegó, todos a su alrededor se irguieron y levantaron los brazos, menos ella que permaneció sentada. Cuando intentó levantarse fue la única que quedó en pie, ya todos se habían sentado.
– Así no es… ¡No entendés!- dijo él.
El encuentro transcurrió sin mayores inconvenientes. Más bien resultaba de lo más aburrido, sin goles y sin acciones que destacar.
Faltando cinco minutos para el final, ante una jugada dudosa, el referí cobró un penal a favor del equipo contrario. La tribuna en pleno, incluso su marido, con los puños amenazantes arrojaba al aire un repertorio de palabrotas tan nutrido como jamás había oído.
– ¿Por qué se la agarran con la mamá del referí, qué culpa tiene la pobre?- preguntó la mujer algo tímida.
Los ánimos comenzaron a caldearse. Caían cantidad de proyectiles sobre campo de juego. Ella se sintió feliz cuando el partido llegó a su fin, ya estaba algo harta. Pero el murmullo general no cesaba, ni los insultos tampoco.
Una vez que la parcialidad contraria desalojó el estadio, comenzó la evacuación de los simpatizantes locales. El matrimonio se incorporó a la caravana humana que ahora iba descendiendo. Para evitar un nuevo inconveniente el marido se ubicó detrás de su esposa y a pasitos cortos, pudieron al cabo de un buen rato llegar a la calle. Algunos inadaptados continuaban descargando su bronca, arrojando piedras hacia todos lados. Se oyeron ruidos de vidrios al romperse, carteles de publicidad que caían, muchachos que pasaban corriendo, algunos para un lado otros en sentido contrario. En medio de ese caos la esposa extrajo de entre sus ropas el celular con intenciones de avisarle a su madre para que vaya preparando el agua para el mate. En el preciso momento que escuchó el “hola”, una mano extraña le arrebató el celular y el ladrón salió corriendo hacia cualquier lado perdiéndose entre la gente. En ese momento la caballería con intensiones de imponer el orden, comenzó a repartir palos a diestra y siniestra. El marido la tomó de la mano y pudieron refugiarse en un zaguán. En el mismo momento que el alazán pasaba al galope junto a ellos, se escucharon algunas detonaciones. Entonces el marido le dijo:
-Sonamos, ahora vamos a llorar.
-¡A mí!, ni una lágrima se me va a caer por estos inadaptados –argumentó la mujer.
En un instante la nube lacrimógena los envolvió, comenzaron a llorar como si estuvieran en medio de un gran velorio. El marido la volvió a tomar de la mano y salieron disparados en dirección hacia donde tenían estacionado el auto. Habrían corrido media cuadra cuando un enorme camión hidrante se le cruzó en el camino. Fueron impactados por el chorro de agua coloreada. Algunos desafiaban a ese surtidor hídrico, otros prefirieron correr, el matrimonio los siguió. Por fin llegaron hasta el auto, se desplomaron exhaustos en los asientos, estaban desencajados. El marido al ver la piltrafa que era su esposa, con una sonrisa irónica le preguntó.
– ¿Y… te gusto?
La mujer le dirigió una mirada furibunda mientras pensaba “¿Puede ser tan boludo, o se está haciendo el boludo?” prefirió no emitir opinión y dirigió su mirada hacia el parabrisas.
El esposo al no oír ninguna respuesta, con mucho tino no dijo nada más, respiró hondo, puso en marcha el vehículo y se dirigió presuroso a la casa de su suegra. Un silencio profundo los acompañó en el viaje. Cuando llegaron, la primera en descender fue ella, enseguida tocó timbre. Los pelos enmarañados, los ojos rojos irritados por el gas, tiritando de frio, las ropas totalmente mojadas y coloreadas, un arañazo en la cara producto del robo del celular, los brazos caídos a los lados, agotada.
Al abrirse la puerta apareció una señora mayor, era su madre, quien la miró sorprendida y le dijo:
-Mejor venga mañana… Hoy no tengo nada para darle.
-¡Soy yo mamá! …¡Tu hija!
-Pero nena, ¡qué traza!…está bien que vengas a lo de tu madre, pero podrías arreglarte un poco ¡Mirá que papelón le haces pasar a tu marido!