El Rio Color León

Acababa de llegar a su departamento, después de cubrir como periodista la desaparición de una ejecutiva en el interior de la provincia. Debía completar los últimos detalles del informe y llevarlo temprano al día siguiente a la redacción del diario.

La pulcritud y el orden en su casa no lo sorprendió, porque así era de cuidadosa Valeria, su deliciosa y hermosa mujer, también de profesión periodista, pero ella especializada en temas de política local e internacional en otro periódico de la capital, asignada desde hacía años a cumplir sus funciones en la casa de gobierno. Su simpatía y profesionalismo le habían permitido tener contactos de importancia en el seno del poder. Así era el caso de la amistad con el Secretario de Estado de la presidencia, el Dr. Ricardo Herrera, quien le facilitaba el ingreso a muchas de las reuniones oficiales.
A pesar del cansancio esa noche Maxi estaba dispuesto a sorprender a su esposa aguardándola con la cena lista. Ella le había avisado que estaría arribando a la casa a eso de las veintidós horas.
Maxi escuchó el sonido de la cerradura en la puerta de entrada y apagó algunas luces. Valeria dejó las llaves en la repisa y caminó hacia la sala. La perilla se movió y la luz iluminó la mesa servida. Su esposo fue al encuentro de esa deliciosa mujer con los brazos extendidos. Ella se sobresaltó.
-¡Ohh!… me imaginé que te iba a encontrar dormido, me habías dicho que estabas muy cansado.
-Si es verdad, pero después de varios días sin verte, por nada del mundo voy a dejar pasar una cena romántica y a solas ¿espero que te guste la idea?
-Si… por supuesto, es que me sorprendiste.
Durante la cena fueron intercambiando con entusiasmo las diferentes novedades de sus investigaciones. Por último ella adujo estar rendida y ambos se fueron al dormitorio, Maxi comenzó a mimarla y muy pronto a pesar del cansancio, se entregaron a una pasión desbordante.
Por la mañana después del desayuno salieron juntos, Maxi condujo el automóvil y dejó a Valeria en la redacción de su periódico, mientras él, antes de dirigirse a su oficina, hizo una breve escala en una cerrajería para retirar las copias de unas llaves.
Valeria después de dejar algunas notas en la redacción para ser publicadas, le avisó a su jefe que se marchaba hacia la casa de gobierno para cubrir una reunión importante.
-Ok, nos vemos – le dijo el director.
Maxi llegó casi al mediodía a su oficina, entregó todas las notas y el material fílmico referidos a la desaparición de la ejecutiva.
-Te esperábamos más temprano- le dijo algo molesto el jefe de redacción.
-Es que tenía que hacer algunas cosas, siempre sucede así cuando estoy algunos días ausente, vos lo sabés bien.-argumentó Maxi.
Mientras tanto Valeria arribó a la casa de gobierno, exhibió su credencial aunque ya la conocían muy bien. Le franquearon el ingreso. Se dirigió entonces presurosa hacia la oficina del Secretario de Estado, se anunció ante la asistente y en un abrir y cerrar de ojos se escuchó por el intercomunicador “Hacela pasar”
-Espero no incomodarte Ricardo.- dijo Valeria
-Tu llegada jamás incomoda, lo sabes muy bien, la abrazó y la besó con pasión.
-¡Que haces loco, haber si nos ven!
-¿Y qué? Se van a enterar que te quiero.
-Yo también te quiero pero no se te olvide que somos casados, además el escándalo con seguridad podría complicar tu carrera política.
-Si…si…ya…algunos me lo advirtieron.
-¿Quién te está advirtiendo qué? – inquirió ella
-No nada…nadie… ¿Nos vemos hoy?
-¿Hoy?….bueno… le voy a avisar a Maxi que voy a llegar algo tarde, pero cuando digo tengo que irme, no insistas, sabés que debemos ser muy cuidadosos.
-Bueno ¿quedamos hoy a las 20hs en nuestro departamento?
-Hecho, y ahora a trabajar… Sr. Funcionario.
Esa tarde a eso de las 20hs. el primero en llegar al departamento que usaban para esos encuentros furtivos, fue Ricardo Herrera. Se sacó la ropa y se puso una bata de seda. Al ver su imagen reflejada en el espejo, trató de disimular su insipiente vientre, hundiéndolo ex profeso, levantó su cabeza y con el dorso de su mano golpeó la papada y con una sonrisa afirmó- “Nada mal…Nada mal”. Luego se dirigió hacia el baño, lavó sus manos, abrió la puerta del botiquín detrás del espejo, tomó un perfume de marca, humedeció sus manos y se las pasó por el pelo, la cara y el cuello. Luego tomó un frasco, cuya etiqueta decía “Sildenafil” y su mano recibió la última pastilla azulada.
-Pensé que quedaban más, tengo que acordarme de comprar- murmuró algo consternado.
Fue hacia el refrigerador y se sirvió un vaso de agua, en el mismo momento que la puerta del departamento se abría, tragó la pastilla de Viagra. La sensualidad y la belleza de Valeria inundaron toda la sala. Ricardo se acercó y mientras la besaba la comenzó a desvestir, ella se entregó a él y la cama los recibió con entusiasmo adolescente.
Había pasado algo más de una hora, cuando de la boca del hombre se escuchó un quejido.
-¿Qué pasa?- preguntó ella
-No sé, el dolor de estómago es terrible.
-Te dije que no tomes más esas pastillas, que no las necesitás.
-No pasa nada, si estoy bien del corazón, debe ser algo que almorcé y me cayó mal, siento como nauseas. En ese momento Ricardo se encogió de manera violenta y un grito ahogado salió de su boca, de inmediato se puso rígido. Valeria estaba pálida, no sabía qué hacer. Tomó el teléfono y lo dejó inmediatamente. Se acercó al cuerpo rígido de su amante, le pareció que no respiraba, puso sus dedos en el cuello para detectar los latidos carotídeos y nada. Lo sacudió, le gritó y nada. ¡Estaba muerto!
La cabeza de Valeria era un torbellino de ideas y de miedos, todo lo que pensaba le causaba terror. Al fin se decidió, tomó el celular de su amante y llamó al 911, pidió urgente un médico, dio la dirección y el número del departamento. Se vistió rápido, tomó su bolso y salió de manera sigilosa, tratando de no ser vista. Después de abrir la puerta de calle se dirigió casi corriendo hasta la esquina, dobló hacia la derecha, paró un taxi y le dio la dirección de su casa.
El chofer del funcionario aguardaba a su jefe en el automóvil. Como medida precautoria siempre solía estacionarlo a algo más de 50 metros, de aquel departamento donde se encontraba secretamente con Valeria. Le sorprendió verla salir del edificio, casi corriendo. Extrañado, trató de comunicarse con su jefe por el celular, pero nadie respondió a su llamado, ya se estaba bajando del coche cuando vio llegar a la ambulancia.
Cuando Valeria arribó a su casa, Maxi, igual que el día anterior la estaba esperando, la recibió amoroso como siempre y le propuso salir esa noche al cine y luego a cenar. La mujer se disculpó, argumentando que no se sentía bien, deseaba darse una ducha e irse a dormir.
-Se me parte la cabeza- dijo.
Maxi observó el estado de su mujer y lo aceptó algo preocupado, la despidió con un beso y le dijo que se iba a quedar un rato, para ver el partido de futbol por televisión. Se sirvió un whisky, tomó el bolso de Valeria que estaba sobre el sofá y hurgó de manera despreocupada en su interior, justo cuando el réferi daba comienzo al encuentro.
A la mañana siguiente Maxi se levantó temprano, preparó como era su costumbre el desayuno y le avisó a su esposa que otra vez se estaba duchando.
-Gracias, le dijo ella y le explicó que había pasado una noche terrible, que no había podido descansar. Apenas tomó unos sorbos del desayuno.
-Te noto alterada ¿te pasa algo?
-No…no…con seguridad es algo que comí y me cayó mal. Pero si todavía está vigente la invitación de ayer, de ir al cine y luego a cenar, por la tarde a mi regreso, lo hacemos. ¡Ah!…y ahora no te preocupes no voy a poder esperarte, tengo una reunión temprano por lo tanto me voy en un taxi.
Tomó su bolso y al momento de dirigirse hacia la puerta de entrada, sonó el timbre. El marido sorprendido comentó.
-¿Quien puede venir a molestar tan temprano?
Valeria abrió la puerta y sus piernas se aflojaron, la palidez volvió a instalarse en su cara y ya no la abandonó. Tres uniformados y un hombre de civil estaban frente a ella. Trató de parecer normal y preguntó.
– Si… ¿Qué desean?
-¿La señora Valeria Fren?
-Si… – respondió ella, ¿Qué sucede?
-Lo lamento señora, pero queda detenida por la muerte del Dr. Ricardo Herrera.
-Debe haber un error… yo lo conozco pero… – se sujetó del brazo de su esposo que se había acercado extrañado.
-Señora debo advertirle que todo lo que diga, podrá ser utilizado en su contra. Nos tiene que acompañar, disculpe pero debo esposarla.
Maxi presenciaba la escena con la boca abierta, atinó a decir…”Déjenla, están cometiendo un error, ella estuvo conmigo”
-Lo lamento señor pero no interfiera, su esposa va a estar detenida en la repartición de delitos graves, incomunicada. Le aconsejo buscar asesoramiento legal.
-No te preocupes Vale, esto no puede ser más que un lamentable error, voy hablar con Roberto el penalista, para que de inmediato aclare este mal entendido. Quedate tranquila mi amor, no te voy a dejar.
Maxi la vio partir en un mar de lágrimas. Jamás imaginó ver esa angustiante escena. Tomó el teléfono y llamó a su amigo. Nervioso le explicó lo sucedido.
-Por favor Roberto, encargate del asunto, tratá de sacarla lo más rápido posible…
-Quedate tranquilo Maxi, más tarde te llamo al celular y te cuento como está todo.
El esposo consternado se fue a su trabajo, no podía coordinar su accionar, el jefe de redacción al notarlo tan extraño lo llamó a su oficina. Maxi le relató lo sucedido esa mañana y éste le confirmó el rumor que estaba trascendiendo, la dudosa muerte del funcionario estatal.
A primeras horas de la tarde el celular de Maxi vuelve a sonar con insistencia. Escucha la inconfundible voz de Roberto su abogado.
-Escuchame bien Maxi, la cosa está muy mal, muy seria, no quiero hablarlo por teléfono, en unos minutos te paso a buscar por el diario.
Los dos amigos estaban sentados frente a sendas tazas de café. Maxi miraba desencajado al abogado.
-¿Qué pasó Roberto?, decime que es todo una confusión.
-Como te dije la cosa está muy grave, quiero que te serenes porque lo que te voy a decir va a ser muy doloroso.
-Por favor hablá de una buena vez.
-Bueno la realidad es que Ricardo Herrera, apareció muerto en un departamento que alquilaba para sus citas clandestinas.
-¿Y qué tiene que ver Valeria en todo esto?
-Siento decirte esto, es con Valeria con la que se encontraba. ¡Lo lamento mucho!
-No…es una patraña, no puede ser, debe haber un error.
-No, es lamentable pero no lo hay. Y esto no es lo más grave, el Secretario fue envenenado con una pastilla de cianuro.
-Pero Valeria es incapaz de asesinar a nadie…
-Maxi me resulta muy difícil decírtelo, la vieron salir del departamento a la hora del deceso, además al revisar sus pertenencias encontraron dos pastillas de cianuro en su bolso disimulada en una polvera. Parece ser que este hombre tenía intenciones de terminar con Valeria, por presiones de algunos amigos, que le hicieron ver la inconveniencia de ese vínculo, era un riesgo potencial para su futura carrera política. Por lo tanto los investigadores confirman: está la víctima, el móvil, el arma asesina y la responsable.
-No puedo creerlo…todo esto es una pesadilla… ¿Qué podemos hacer?
-Vamos a ver como el juez caratula la causa, pero sea como sea, debo ser franco contigo Maxi, Valeria va a ser condenada.
Esa noche, se le vio a Maxi deambular como perdido recorriendo la panorámica costanera, ensimismado en sus pensamientos. En un momento se detuvo y quedó enfrentado al rio, una brisa fría lo envolvió, guardó sus manos en los bolsillos, sus dedos acariciaron algo, cuando la extrajo, en su palma se divisaba un pequeño frasco de vidrio en cuya etiqueta se leía “Cianuro”, tres pastillas de Viagra que guardó dentro del frasco y un juego de llaves. Murmuró en voz baja casi con una sonrisa.
-Nada de estas cosas voy a necesitar ya.
Las arrojó al río color león y siguió caminando por la larga costanera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Lunes es el Día

“Hoy es lunes, la decisión está tomada, dentro de unos minutos será. Se siente tranquilo y de alguna manera feliz, pero está decidido a dar ese paso, dejando atrás una existencia de fracasos, frustraciones y muchas amarguras.”

Los problemas en el seno familiar se originaron hace ya bastante tiempo. Las permanentes disputas en la pareja, afectaron de manera radical aquella supuesta armonía de las primeras épocas. Hoy es una familia con una profunda crisis como tantas otras familias. El amor de su esposa quedó enrejado en el pasado ¡Cómo le duele cuando ella le dice!…“Inútil fuiste a… “, “Torpe trajiste los…” como si en definitiva ellas ignoraran que todos dependen de su esfuerzo personal. La referencia a “ellas” responde a que junto al matrimonio, convive su única hija, que por felicidad o desgracia transita en estos tiempos la edad de la adolescencia, con la que tampoco existe un diálogo amigable, son solo recriminaciones, reclamos, exigencias. Que ella necesita cosas, que las amigas y la moda. Él, con esfuerzo trata de hacerle entender a esa mente juvenil, que los sueldos no son de actualización permanente. La verdad sea dicha, ya hace tres años que tiene su haber congelado. Pero todo es inútil, su hija y su esposa ignoran que en esta época, él es un afortunado por tener trabajo y hoy por hoy, el objetivo primordial es conservarlo.
Solo falta mencionar para completar el grupo, a su suegra, que por esos raros designios de la naturaleza también hace causa común con las otras dos mujeres. Lo de la anciana es más tolerable porque en definitiva son ellos los que viven en su casa, ya que es la dueña del departamento.
Estos últimos años resultaron los más difíciles, el pobre sentía una abrumadora y penosa soledad. Ignorado la mayor parte de las veces, excluido de manera intencional de las conversaciones, risas maliciosas y gestos ofensivos.
Hasta que un día, ya harto de todo y de todos, dijo… ¡Basta! Saturada su capacidad de tolerancia, sintió que había llegado el momento, no quedaba otra opción ni alternativa, debía revelarse, tenía que actuar.
Fue entonces que comenzó a planificar lo que llamó… (En algún lado lo había leído) la solución final y definitiva a todos sus problemas. Pensó el plan perfecto, confiaba en su capacidad para llevarlo a cabo. Su trabajo en la oficina después de veinte años de manejar el archivero que según él, no era para cualquiera pues requería mucho orden y capacidad organizativa. Además en sus tiempos libres era un entusiasta de las palabras cruzadas, por lo tanto consideraba que sus neuronas se mantenían sumamente ágiles. Dicho plan debería dar toda la apariencia de un accidente, y lo fundamental, él no tenía que verse involucrado.
Estudió hasta el mínimo detalle los pasos a seguir.
Era pleno invierno, justo fue el año que nevó en Buenos Aires.
Regresó una tarde del trabajo y como sin dar importancia, comenzó a ejecutar sus movimientos. En primer lugar debía preparar la coartada, dijo que se iba al supermercado a traer algo para la cena. Entonces con el mayor disimulo, giró la llave de un calefactor cuyo funcionamiento llevaba varios meses defectuoso, comenzó a salir el gas y se fue.
Estimó que con dos horas era tiempo suficiente, no podía fallar, o bien el gas ponía a dormir para siempre a las mujeres, o bien la acumulación del mismo, ante la menor chispa… ¡Bum!
De regreso notó que el edificio estaba en calma, dedujo por lo tanto que la explosión no se había dado. Nuestro hombre pensó que era mejor así, algún inocente podría haber sido herido. Con sus músculos tensos pero con una frialdad desconocida hasta entonces, abrió la puerta del departamento y entró. Sabía lo que debía hacer, abrió las ventanas para ventilar los ambientes, luego se dirigió a cerrar la llave de gas, que por supuesto seguía abierta, pero en ese instante se percató de algo extraño, no había el menor olor a gas. En eso, el grito de su mujer lo sobresaltó.
-¡Pero sos el rey de los idiotas, con el frío que hace, abrís las ventanas, querés matarnos de una pulmonía! Para colmo la empresa de gas, nos cortó el suministro, con toda seguridad pedazo de inútil te olvidaste de pagar la factura. Estás siempre con la cabeza en cualquier lado, menos donde corresponde.
La cena de esa noche transcurrió normal pero con frío.
Ese traspié no hizo mella en él, la decisión original se mantenía intacta, no se iba a detener, “Hasta los mejores planes, también fallan” pensó (la frase también la había leído en algún lado).
Un hecho fortuito hizo que comenzara a diseñar un cambio en su estrategia.
Por casualidad había tomado fluido contacto con algunos chinos del súper de la otra cuadra, y en forma especial con uno de ellos, que en confianza y con mucha reserva se había identificado como integrante de la “Mafia China”. Luego de evaluarlo unos meses, se animó a proponerle su plan. El chino lo escuchó con atención, le aseguró que como lo conocía desde el mismo momento que se instalaron en el barrio y además lo consideraba buena persona, estaba dispuesto a darle una mano. La mitad de lo acordado en forma inmediata y el resto después de eliminar a las mujeres.
Nuestro hombre le explicó el plan que había elaborado. Consistía en simular un robo en el departamento, en ese instante el chino procedería. La coartada era perfecta, él en ese preciso momento estaría en la oficina. El chino le dijo que se quedara tranquilo, el resultado estaba garantizado.
Coordinaron hacerlo al día siguiente, le entregó al chino un papel con la dirección del departamento, Quinto piso letra “D”, el sicario lo memorizó y acto seguido lo quemó.
-No debe quedar ningún elemento que lo pueda involucrar- le dijo el asiático.
Al otro día regresando de la oficina, repasaba los pasos a seguir. Ni bien trasponía la puerta de entrada, debía proferir alaridos desgarradores, era la justificación que necesitaba para que los vecinos sean fieles testigos de su sorpresa al encontrarse con los cadáveres. Luego llamaría a la policía ¡No podía fallar esta vez!
Abrió la puerta y comenzó a proferir los gritos de angustia planeados. En ese instante escuchó la voz de su suegra que le increpó.
-¿Por qué grita de esa manera pedazo de mamerto?
Paralizado por el terror vio a las tres mujeres jugando al dominó en la mesa del comedor, no salía de su asombro, ¿Qué había fallado? La respuesta le llegó enseguida.
-¿Sabés lo que pasó en el departamento de al lado, el Quinto “E”, donde viven las dos prostitutas?- dijo su esposa -Un chino loco se filtró por la ventana con un cuchillo en la mano, y por supuesto las chicas como siempre, estaban semi desnudas, bueno, no sabemos qué pasó, como convencieron al chino, pero este terminó también desnudo y atado a la cama de pies y manos, hasta que llegó la policía y se lo llevó. La inseguridad hoy en día es todo un tema, algún día hasta nosotros podemos llegar a tener algún problema.
Mientras nuestro hombre jugaba al dominó con su familia, en silencio lamentaba haber perdido la mitad del pago, pero el chino se portó, no lo había delatado.
Contra todo lo pensado esos dos fracasos no lo afectaron, comenzó a imaginar nuevas estrategias. El objetivo seguía siendo el mismo, liberarse de esas tres brujas, que hasta ahora estaban resultando inmortales.
Se sumergió en un profundo análisis. Si en definitiva lo que más ansiaba era encontrar en su vida una mínima cuota de paz, la solución pasaba por otro lado. Mucho más segura, solo debería cambiar la figura de la víctima, entendió de una buena vez, que era él que debía desaparecer.
A medida que pensaba las distintas alternativas las iba desechando, por ejemplo pensó pegarse un tiro, pero no tenía revolver y menos balas, además jamás le gustaron las armas de fuego. Tal vez cortarse las venas, pero si cada vez que intentaban darle una inyección, el pobre se desmayaba. Desechó arrojarse sobre las vías al paso de un tren, le pareció que llegado el momento, no iba a tener el valor suficiente.
Hasta que dio con el mejor método, era lo más viable, sencillo y limpio. Se acercaba a la ventana, cerraba los ojos, un salto desde un quinto piso ¿cuántos segundos tres quizás cinco? y por fin la ansiada liberación.
Lo pensó, decidió que mejor fuera un lunes, de esa manera evitaba de ir a su oficina, que desde hacía tres años no le aumentaban el sueldo.
“Hoy es lunes, la decisión está tomada, dentro de unos minutos será. Se siente tranquilo y de alguna manera feliz, pero está decidido a dar ese paso, dejando atrás una existencia de fracasos, frustraciones y muchas amarguras.”
Se bañó, se empilchó bien, porque una cosa no quita la otra pensó, se anudó la corbata, se puso el saco y mientras los demás integrantes, seguían por supuesto en la cama, con resolución encaró hacia la ventana, el aire fresco le infundió más valor, cerró los ojos, avanzó, respiró profundamente y… ¡saltó! Los segundos comenzaron a correr con su caída, uno, dos, cinco siete y… ¡Plaf!
Rebotó de tal manera sobre la pila de colchones, que estaban descargando en la mueblería de abajo, que cayó de pie en la vereda.
Se recompuso, saludó al portero que estaba limpiando los vidrios de la entrada, y se dirigió presuroso a la oficina, a ver si todavía llegaba tarde pensó, lo importante es conservar el empleo.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquellos Ojos Verdes

Con la pesadez propia del recién levantado, Jorge se insinuaba por el pasillo que unía el dormitorio con la cocina, ajeno a los acontecimientos que se iban a suceder esa jornada.

El sol de la mañana inundaba todo el ambiente. La calidez de sus rayos anunciaba otro espléndido día.
Su mirada lánguida  atravesaba el ventanal, veía el verde lujurioso del césped que destacaba el sendero que conducía hasta la reja de entrada. Esa visión lo deleitaba porque lo que veía, era una explosión de colores que hasta le pareció oler los aromas que la primavera ofrecía para el goce de los sentidos.
Tomó asiento junto a la mesa donde una taza humeante de café lo estaba aguardando. Preparado de manera solicita por Mercedes la mujer que se encargaba de la limpieza de la casa.
Entrecerró los ojos y evocó las largas caminatas, serpenteando la orilla pedregosa del incomparable lago al pie de los cerros. Donde por las tardes con la caída del sol, los últimos rayos como afligidos, provocaban sobre las laderas las mil y una formas.
Mercedes interrumpió sus pensamientos, le alcanzó la correspondencia del día. De manera despreocupada las fue seleccionando, algunas de las cuales no tardaron en caer en el cesto de los papeles. Pero una ellas atrajo su atención, “Sr. Jorge Marchesini”. Dirigió la mirada al pie para ver el remitente, una ráfaga de aire helado recorrió su cuerpo, Sus ojos se abrieron como no dando crédito a lo que acababa de leer. Los volvió a cerrar con intención de borrar ese espejismo, al abrirlos sus labios de manera apenas imperceptible pronunciaron un nombre. Con las manos temblorosas rasgó el sobre por uno de los lados y extrajo una nota, donde solo aparecían cinco líneas, que leyó con inusitada avidez. Se desmoronó sobre la silla y sus ojos se entrecerraron.
Sus pensamientos desandaron el tiempo y las imágenes del pasado se instalaron de manera apacible en su mente. Dudó un instante, tal vez habían transcurrido diez o doce años, cuando con Lidia de común acuerdo, decidieron que cada uno debía proseguir su camino. Era mejor así, debían dar por finalizado esa relación de amor y pasión que los envolvió a ambos. Los dos eran casados y sus matrimonios transitaban una ilusoria normalidad.
La conoció una tarde en la editorial, correctora de textos le dijeron. Hermosa, impactaba la belleza de sus ojos verdes y el dorado de los cabellos que se deslizaban como lánguida cascada sobre los hombros. El atractivo fue mutuo desde ese mismo instante, la afinidad fue tan grande que sin darse cuenta en muy poco tiempo, se vieron envueltos en una verdadera pasión. La felicidad les había llegado de sorpresa, como un regalo. Jamás sus almas habían sentido tanto amor. Pero la dicha no podía ser completa, sus matrimonios se entrelazaban. Jorge quería a su esposa pero Lidia era algo que turbaba sus sentidos. La ansiedad lo consumía con la llegada del próximo encuentro. Era como una adicción hacia esa mujer, que no podía ni quería dejar de pensarla. Consideraron la posibilidad del divorcio pero ninguno de los dos se atrevió a derribar ese muro que se interponía, y eso precipitó el final.
Y ahora ella le manifestaba el deseo de saber si ese fuego sagrado no se había extinguido, si era así, había llegado el momento de unir sus almas para siempre.
Jorge no podía dar crédito a la imagen que en ese instante penetraba por sus ojos. De nuevo una sensación extraña recorrió su cuerpo de pies a cabeza, era Lidia que estaba parada frente a la reja de entrada. Como impulsado por una fuerza desconocida se puso de pie y corrió a su encuentro, tuvo que esquivar a Mercedes que en ese momento, pasaba cargando un canasto con ropa. Atravesó el jardín y se abalanzó hasta la puerta que abrió de par en par y ahí estaba radiante, como aquel primer día, con sus hermosos ojos verdes y su pelo rubio cayendo sobre sus hombros, bellísima, los brazos abiertos de ambos hicieron que sus cuerpos se fundieran en uno solo, las lágrimas fluyeron la besó y se amaron.
Ella le susurró al oído que jamás había sentido en el alma tanto amor, él con un nudo en la garganta fue recorriendo con sus dedos el contorno de la cara de su amada y besó sus papados, aquellos parpados que guardaban los hermosos ojos verdes. Había pasado tanto tiempo, tantas veces imaginó ese instante.
Abrazados se sentaron en el banco de plaza que decoraba el jardín, balbuceando, superponiéndose con los recuerdos. Lidia le confesó que sintió muchos nervios cuando venía a su encuentro, pero como siempre le resultó igual, era tan fácil estar a su lado. Se sentía segura, deliciosamente relajada, acaso como si fueran una pareja de toda la vida. Se ilusionaron con volver a vivir cada instante de aquella maravillosa intimidad sin intentar cambiarle nada. Se juraron no separarse más, que a partir de ese instante el mundo entero se iba enterar del más grande amor surgido en esas almas gemelas.
Mercedes quedó atónita mirando al señor correr hacia la entrada y verlo ahora sentado en el sillón del parque con sus manos cubriéndose la cara. Una carta algo arrugada sobre la mesa de la cocina llamó su atención, al tomarla la sintió húmeda como si alguien la hubiera estado llorando, se inclinó para leer las solo cinco líneas.
“Sr. Jorge Marchesini soy hijo de Lidia Dellaporta, cumplo con un pedido especial de mi madre. No me interesa saber cuándo y qué relación tuvo usted con ella, pero tengo la obligación de informarle que acaba de morir, hasta el último instante que su corazón la mantuvo viva, insistió que debía informarle y en especial, que había llegado el momento de estar juntos para siempre”
Mercedes levantó la vista, reparó entonces que el banco de plaza inesperadamente ¡Se hallaba vacio!

 

 

 

El Espantapájaros

Rosario se sostenía en pie con alguna dificultad, como si el menor soplo de brisa la fuera a derribar, por esa razón se apoyaba con ambos brazos sobre el mostrador, en la guardia del destacamento policial del pueblo. Su cara reflejaba preocupación y angustia, por otra parte mostraba con desenfado su ojo derecho teñido de un color morado, era evidente que no lo había pasado muy bien.

-¡Otra vez por acá Rosario! Desde que se inauguró el destacamento hace un par de años, las únicas anotaciones en el libro de guardia son las tuyas. Decime una cosa, por qué no te mandas a mudar de tu casa, así terminan todos tus problemas… y los nuestros- el cabo con voz paternal trataba de hacer entrar en razones a Rosario.
-Es que esta vez se fue y estoy segura que no vuelve más.
-Si…si…ojalá que sea así, pero creo adivinar que en su despedida tu ojo no la pasó bien, flor de cachetazo te dio. Por favor mujer, hasta cuando vas a permitir que ese borracho de Rosendo te sacuda como a una alfombra y para colmo después desaparece por unos días y a su regreso, lo volvés a aceptar como si nada.
-Lo que pasa cabo es que cada vez que vuelve, me pide disculpas y me jura que va a cambiar.
-A ver si nos entendemos Rosario, tu marido no va a cambiar más, es un caso perdido y además sin sentimientos, ¿te miraste al espejo?, fijate las marcas en tu cara.
-Si tiene razón, pero ahora estoy segura que no vuelve más. Aunque es un problema en este momento para mí, el Rosendo se fue y me dejó una vida creciendo en mi panza.
-¡Ay!… Rosario y ahora preñada, decime cuantas veces encerramos a tu marido por un par de días, se le limpiaba el cerebro de vino y después al tiempo volvía a las andadas. Haceme caso, juntá tu ropa y tomátela a la casa de tus padres o de algún familiar.
-Es que no tengo familia cabo y mi lugar es este. Yo solo quiero hacer la denuncia que Rosendo no va a volver más, sé que eso me va a traer muchos problemas porque no sé quién se va a ocupar del campo, de las lecheras, de la huerta y de las vides.
-Bueno mirá Rosario, hagamos una cosa, no anoto nada…esperemos unos días y si no aparece le ponemos que Rosendo hizo abandono del hogar, “Para felicidad tuya”, no…eso no lo ponemos, quedate tranquila. Por otro lado te voy a mandar a Antonio, es un peoncito muy gaucho que te puede dar una mano con el campo y la huerta. Te lo recomiendo es honesto y trabajador, y si vuelve tu marido que le diga que es mi primo, que si le toca un pelo a él o a vos lo voy a encerrar por toda la temporada. Andá tranquila y esperá a Antonio que te lo mando esta misma tarde.
-Bueno cabo, muchas gracias ¡Usted sí que es un buen hombre!
Por la tarde, tal cual lo prometido, se presentó Antonio, un joven morocho, delgado pero fuerte.
-Me dijo mi primo que me podía dar trabajo y por lo que vi cuando llegué, hay bastante por hacer, todo está descuidado. Pero quédese tranquila doña, yo no tendría ningún problema de encargarme de todo. Siempre y cuando no vuelva su marido, lo conozco del boliche y es algo violento.
-Lo entiendo Antonio, pero esta vez estoy segura no va a volver, lo digo por la manera como se fue, lo vi muy decidido.
-¡Si usted lo dice…! Con respecto al campo es verdad, no es muy grande, pero hay bastante por hacer. Ah… quería preguntarle ¿cuánto va a ser mi jornal?
-Mire Antonio…hagamos un trato, creo que nos va a convenir a los dos, usted se encarga del campo, del tambo y de las vides, yo me encargo de la huerta, le doy casa y comida y el 20% de todo lo que se venda.
-Mire doña Rosario, yo me encargo de todo lo que dijo, además le voy hacer el mantenimiento de la casa que está bastante caída y me da el 30% de la venta.
-El 25% y no hablamos mas- dijo Rosario
-Trato hecho doña, es buena negociadora ¡eh!…pero recuerde si vuelve su marido, se acabó el arreglo.
Esa misma tarde Antonio arribó con sus pocas pertenencias y se instaló en un pequeño cuarto en un rincón de la casa que se usaba como depósito de cosas viejas.
A la mañana siguiente bien temprano, Rosario tenía preparado el mate con galletas, el hombre se tomó unos amargos y a los pocos minutos se fue a trabajar entusiasmado.
Rosario no perdió mucho tiempo en ordenar la casa ya que Rosendo cuando partió la madrugada anterior, apenas si la ensució. Luego tomó una canasta y se fue a la huerta, estuvo limpiando los yuyos que se empecinaban en invadir las hortalizas: desenterró unas papas, cortó unas lechugas y levantó una calabaza para el almuerzo.
A eso del mediodía Rosario salió al porche y sacudió con violencia el triángulo que pendía de unos de los parantes. Habrían transcurrido unos cinco minutos cuando Antonio ya se estaba lavando con el agua del molino.
-Tengo un hambre bárbara- dijo el muchacho entusiasmado.
-Primero preparé una sopa y luego espero que le guste el puchero, a Rosendo le encantaba- dijo Rosario con una sonrisa.
-Cualquier comida me gusta no le hago asco a nada- contestó y se sentaron a la mesa.
-Quería contarle una cosa doña Rosario. He revisado el galpón y vi unas cuantas cosas que podemos vender. Además vi muchas botellas de vino, reservé unas cuantas para nuestro uso y el resto si le parece, las ponemos también en venta. Además lo que se pueda vender de leche y de verduras. Necesitamos bastante plata, tenemos muchas cosas que comprar para las reparaciones.
Rosario se sentía feliz al ver la decisión y el entusiasmo de Antonio.
-¡Ah!… además le arreglé parte del alambrado que rodea a la huerta. La felicito la tiene bastante bien cuidadita, lo que si me llamó la atención, es ese espantapájaros colgado, ¿Lo ha puesto usted doña, no?- Rosario trató de evadir la mirada del hombre y asintió con un movimiento de su cabeza, mientras sus mejillas adquirían un tono similar al tinto del contenido de los vasos.
– Además le salió bárbara esa cosa, resultó igualito, igualito a su marido.
-Ah…si…- titubeó Rosario sin saber que decir, ahora se puso pálida. Los dos con la cabeza gacha, siguieron saboreando la sopa de calabaza.

 

Historia de un Pequeño Pescador

Cuando la claridad del día decae y el crepúsculo se insinúa, el pequeño encamina sus pasos hacia la cita obligada en el puerto de pescadores. En ese lugar se reúne con aquellos hombres conocidos de siempre, que como todos los días también esperan el regreso de los botes.

Al cabo de un rato, las embarcaciones van arribando con su carga de redes y pescados. Uno de los primeros en llegar es su padre, que es considerado uno de los más experimentados del pueblo. Ni bien los botes atracan en el viejo muelle de madera, aquellos que esperaban, saltan ágiles dentro de las embarcaciones para bajar los cajones repletos de pescados. El niño se abraza a su padre y una vez terminada la descarga, recorren juntos tomados de la mano, las pocas cuadras que los separan de su casa.
Durante la cena el niño espera expectante; el padre que apenas disimula su cansancio, describe con una sonrisa, los incidentes de esa jornada mientras contempla la cara fascinada de su hijo.
-Papá yo quiero ser pescador como vos, quiero ir en los botes con los demás.
-Todo a su tiempo hijo mío, aún eres pequeño, pero considero que ya estás en edad de ir comprendiendo algunas cosas. El ser pescador no es tan fácil y en ocasiones tampoco es tan placentero, es una profesión dura y que además tiene sus riesgos.
– Pero yo quiero -el niño continuaba con su súplica.
-Bueno hijo, pero presta atención a lo siguiente y que estas palabras se vayan grabando en tu espíritu. En primer lugar debes ir descubriendo lo poderoso que es el mar, si dudas de ello, fíjate como golpea de manera tozuda los acantilados una y otra vez hasta modelar su dura piedra o también al empecinarse de manera caprichosa en intentar hundir nuestros barcos. El desafío es permanente, pero cuando él nota que nuestro sentimiento es de admiración, entonces nos entrega complacido sus tesoros. El día que llegues a entender toda esa grandeza, entonces también aprenderás a amarlo, porque también él, suele ser dócil y resignado como cuando acaricia suavemente tus pies en la playa. Cuando lo hayas conocido tal cual es, sabrás que ha llegado tu día.
Esa noche entreverado en las cobijas de su cama el niño ya imagina entusiasmado, convertirse muy pronto en un gran pescador, como lo es su padre o como lo fue su abuelo.
La noche siguiente después de la cena, el pequeño se encaminó hasta el embarcadero donde estaba anclado el bote de su padre, tenía prohibido subir si él no estaba presente, pero por fortuna, el bote estaba pegadito al muelle, no había ningún peligro. Trepó por la borda y caminó la cubierta, a partir de ese momento la imaginación del pequeño voló tan alto como las gaviotas en el día, muy pronto el barco se pobló de corsarios y piratas.
La noche se iba descolgando lenta sobre el puerto, el niño en un momento se asomó por la baranda del bote y ahí vio con desconsuelo, como el poderoso mar se había devorado a la brillante luna llena. Lleno de espanto retrocedió unos pasos y miró a su alrededor, encontró una cuerda en cuya punta tenia sujeto un buen anzuelo y no dudó un instante, lo tomó y lo arrojó al mar donde la luna parecía agonizar en las profundidades. Comenzó a recoger la soga desde el otro extremo, pero el anzuelo quedó atascado a unas rocas en el fondo. Tiró pero la soga le ofrecía resistencia, entonces inspiró profundamente y haciendo un esfuerzo supremo, pegó tal envión que la cuerda lastimó sus manos pero el anzuelo zafó del atasco, el impulso le hizo caer de espalda, tirado ahí con los ojos hacia el cielo, vio la luna brillante en lo alto.
-Papá va a estar orgulloso de mí, pude liberar la luna del poderoso mar.
Esa noche las cobijas entibiaron por primera vez, el cuerpo de un nuevo pescador del pueblo.

 

El Subterráneo

Esa mañana se despertó angustiado. Mientras se duchaba trató de explorar en su inconsciente la razón de esa intranquilidad. Por supuesto que tenía problemas pero nada nuevo que lo justificara.

Resolvió no darle importancia como tantas otras cosas en su vida, pensó que tampoco le quedaba otra opción. Sin alterar el orden comenzó a ejecutar los mismos movimientos que de manera porfiada repetía desde hacía años: café con leche en el desayuno, las tostadas untadas con manteca, vestirse de acuerdo al pronóstico del tiempo y salir.
En la calle una tenue neblina opacaba las cosas, pero algo inusual llamó su atención. Por las mañanas era común ver pocas personas transitando pero ese día la ciudad parecía admitirlo solo a él. Se encogió de hombros y caminó hacia la boca del subte, que se lo tragó como si fuera una bestia voraz.
El convoy no tardó en llegar. Con total mansedumbre las puertas se abrieron invitándolo a entrar. Se cerraron ni bien subió.
Era su costumbre sentarse cerca de alguno de los extremos. Frente a él un chico lo miraba con insistencia, la cara le resultó familiar. Sus ojos siguieron recorriendo el interior del vagón, dos mujeres y un hombre eran sus compañeros de viaje en el otro extremo, los tres con la cabeza gacha parecían dormitar. Afuera la oscuridad lo iba envolviendo todo.
Algo no andaba bien, el tren a poco de abandonar la estación, encaraba una pronunciada curva hacia la izquierda, pero éste, por el contrario, estaba girando a la derecha ¿Cómo podía ser?, además la velocidad le pareció excesiva, pero contra todo lo previsto, los vagones se deslizaban silenciosos.
La intranquilidad de esa mañana se volvió a manifestar más furibunda aún, volvió a mirar a través de las ventanillas, no entendía, todo era muy confuso, el tren cada segundo que transcurría adquiría más velocidad, veía pasar las estaciones profusamente iluminadas pero sin detenerse en ninguna de ellas. Lo más preocupante era que, aunque el paso era fugaz, no reconocía ninguno de los andenes iluminados.
El convoy se había transformado en un verdadero bólido, era tanta la velocidad que temió lo inevitable, un descarrilamiento. Para colmo de males en medio de esos pensamientos, la luz del vagón se tornó en la oscuridad más horrible, era tanta la rapidez, que el paso por las estaciones solo se manifestaba como relámpagos. Sus manos se aferraban con desesperación a un pasamanos vertical cercano, ya estaba presintiendo lo peor. En ese instante por fortuna la luz logró vencer la negrura del entorno, recorrió entonces con la mirada la larga fila de asientos, divisó ahora a las dos mujeres y al hombre que estaban de pie y se aproximaban emitiendo sonidos guturales que no alcanzaba a interpretar.
En ese instante el chiquillo frente a él, levantó la cabeza y la luz mortecina del foco, le permitió descubrir sus facciones que en primera instancia le habían parecido familiares, quedó paralizado, no lograba dar crédito a lo que veía, ese chico que lo miraba con angustia, era él mismo de pequeño, si hasta reconoció la ropa que vestía. Se mordió los labios muy fuerte para despertar de esa pesadilla, pero fue inútil, el terror comenzaba a confundir sus pensamientos, los ojos de las personas que se acercaban, solo eran huecos oscuros sin vida y no pudo distinguir otros rasgos.
Los labios del chico que aunque los veía apretados, lograba percibir los gritos desde su interior, gritos sin sonido del pequeño, que le rogaba, le suplicaba que huya, que debía alejarse rápido de esas figuras tenebrosas que seguían acercándose.
Gruesas gotas de sudor se deslizaban por su frente enturbiándole la vista, pero ahora la cercanía de las figuras le permitió comprender aquellas voces apagadas. De la mujer que venía delante pudo escuchar lo que pronunciaba como una plegaria “Soy la Tristeza” lo repetía de continuo superponiéndose a la voz grave del hombre que insistía “Soy el Pesimismo”, pero lo que le heló la sangre fue la última visión, era el más siniestro de los avisos, insistía “Soy la Muerte”.
La voz del niño o sea su propia voz estallaba en su mente como reproche ¿Por qué causa abandonaste tantos proyectos? ¿Por qué los dejaste arrumbados en el pasado? Ha llegado la hora.
Ni bien se acalló su voz de niño, el hombre se precipitó desesperado sobre la puerta que comunicaba con el vagón contiguo, quiso abrir pero sus músculos los sintió flácidos sin tensión, tanto era así que fueron incapaces de girar el picaporte, se volvió, los personajes estaban muy próximos. Presa de terror quiso gritar pero solo logró emitir un tenue gemido, mientras tanto el pequeño lloraba, se retorcía y le gritaba ¡Aléjate no permitas que te tomen!
La primera mujer con una mano alcanzó a tocar su cuello, la sensación de esos dedos helados le produjo un asco infernal.
Visualizó la manija de “Freno de Emergencia” prácticamente se colgó de ella. Mientras los dos restantes personajes con sus brazos extendidos y sus manos huesudas y negras lo tomaban por los hombros. El freno logró su objetivo, pero su cabeza impactó contra el vidrio de la maldita puerta que le había impedido escapar, cayó de rodillas al piso. El convoy se detuvo por completo y alcanzó a ver a través de las ventanillas, que por fortuna lo había hecho en la estación donde todos los días él descendía, leyó el cartel indicador y lo confirmó “Tribunales”, se puso de pie, las puertas se abrieron y él se precipitó fuera de ese tren espantoso. Notó que un hilo de sangre se deslizaba por su frente producto del golpe, giró sobre sí mismo y miró el interior del vagón, no divisó a las figuras fantasmagóricas que lo acosaban, se habían desvanecido, pero en el vidrio de la ventanilla se vio reflejado a sí mismo de pequeño, que ahora sonreía complacido.
Una vez que el tren emprendió la marcha y se alejó del andén silenciosamente vacio, encaró hacia la escalera mecánica que lo conducía a la superficie.
Pensó que hubiera sido terrible haber sucumbido en la tristeza de los socavones del subte.
Mientras tanto los escalones con su arrullo metálico lo iban acercando hacia el sol de la mañana. Recordó conmovido aquellos ideales juveniles, cuando imaginaba una vida de proyectos y de éxitos. La imagen de aquellos sueños incumplidos cobró nueva vigencia, se instalaron con la fuerza del primer día, una energía inexplicable lo colmó. Se convenció que debía comenzar de nuevo…
¡Qué todavía estaba a tiempo!

 

 

Inseguridad

Una horrible sensación de inseguridad me confunde y anula mi razonamiento. No logro entender que es lo que está sucediendo, desconozco porque causa, razón o motivo estoy recluido en este lugar, ignoro quién me trajo. Pero hay algo mucho más grave y es el no saber… ¿Quién soy?

No quisiera pensar que esto sea el resultado de alguna alucinada experiencia de laboratorio, que me hayan administrado alguna droga y que estén manipulando mis recuerdos. Todo resulta tan extraño, es como un velo, como una espesa bruma que de manera obstinada se instaló en mi mente.
Es inútil, por más que me esfuerce no logro hallar ninguna respuesta. ¿Cuál es la razón de mantenerme aislado dentro de esta penumbra; en medio de este lugar húmedo y pegajoso? Es una contradicción insoportable porque aunque no estoy incomodo, el sentimiento de terror va creciendo con el paso del tiempo y porfiadamente se empeña en anudar mis entrañas. Es verdad, no me abruma el hambre ni la sed, lo que si me aterra es descubrirme como alguien sin pasado.
En ocasiones, sumido en este encierro suelo escuchar voces del otro lado. No sé por qué imagino que están hablando de mí, pero aún nadie ha intentado comunicarse. Por más que el lugar sea confortable de ninguna manera quiero habituarme a este aislamiento ¡Quiero saber, quiero vivir!
Otra vez estoy percibiendo algunas voces nerviosas, también escucho pasos presurosos que van de un lugar a otro de la habitación. Oigo una voz que me parece familiar a mis recuerdos, si al menos pudiera distinguir de quien se trata. Se me antoja como tantas otras veces que están hablando de mí, ¿Qué es lo que está sucediendo?
Percibo el nerviosismo del otro lado, nerviosismo que se extiende dentro mío y me contagia, intuyo que esas personas están ejecutando un plan que tienen perfectamente estudiado, como si estuvieran proyectando de alguna manera mi futuro inmediato.
Un escalofrío atroz me traspasa, siento que me están arrastrando, como arrancándome de esta inoportuna comodidad. Alcanzo a divisar una pequeña claridad y advierto que me dirijo hacia ella y no quiero, estoy aterrado ¿Qué va a suceder? ¿Qué me van hacer? La succión es cada vez más fuerte, me siento inmovilizado trato de resistirme pero ya no me quedan fuerzas. No puedo luchar más, soy incapaz de oponer resistencia. El paso se estrecha y ahora las voces se escuchan mucho más nítidas y la succión no cesa, la luz que cada vez es más intensa lastima mis pupilas, estoy empapado quiero gritar y no puedo. ¡Es el fin o el principio!
Ahora oigo la voz del que parece dirigir el grupo, alcanzo a divisarlo, la visión aún es borrosa pero tal vez lo conozca porque se oculta tras una máscara que cubre parte de su rostro. Me toma con sus manos. Siento un alivio y a la vez un dolor profundo. Oigo el grito desgarrado de una mujer, es la voz que recuerdo, el hombre con voz ronca habla, ahora sí lo escucho con total claridad, creo que se dirige a esa persona, a esa mujer que está junto a él.
-Mi estimada señora, ¡Felicitaciones aquí lo tiene… es mamá de un hermoso varoncito…!

 

Mi Tía

No puedo explicar lo que aconteció, menos aún sabría cómo definirlo. Por lo tanto procederé a relatar los hechos vividos junto a mi tía, y hacerlo de una manera cronológica: algunos incidentes han resultado risueños, a veces patéticos, la mayoría desconcertantes y otros verdaderamente enigmáticos.

Contaba ella en ese entonces con más de ochenta años de edad. Acarreaba desde hacía mucho tiempo, una pesada y dolorosa mochila. Los años se habían encargado de endosarle penas y dolores que terminaron haciendo desaparecer su espíritu tan jovial.
La muerte de su hijo en un accidente a la edad de 33 años, la sumió en un estado depresivo profundo, le costó mucho recuperarse. Más tarde la partida de su compañero de toda la vida, y por último su hija y nietas que en la actualidad viven física y afectivamente alejadas.
Las primeras imágenes que tengo, son de cuando era muy pequeño, tres o cuatro años y ella estaría rondando los veintisiete.
Siempre me llamó la atención su espíritu divertido que exaltaba aún más su hermosura. De largos cabellos rubios y ojos caprichosamente celeste. Fue la hermana menor de mi madre y así tal cual la recuerdo.
Un conjunto de cuestiones familiares no muy entendidas ni tampoco analizadas por mí en su momento, produjo un distanciamiento que se prolongó por décadas.
Hasta que el destino jugó sus fichas, y de manera impensada volvió a aparecer en mi vida. Lo sucedido me convenció de que algo o alguien movió las piezas en una jugada magistral, ¿casualidad? tal vez, pero mi presencia había llegado en el momento justo. Lo supe después.
Traté de recordarla volviendo al tiempo de los afectos, pero los años inexorables habían pasado. Cuando la volví a ver, apenas pude reconocerla. Se había transformado en una anciana retraída, triste y solitaria. Tanto, que vivía como una verdadera ermitaña. Confirmación hecha por sus vecinos.
Cuarenta años de separación entre nosotros se evaporaron en un instante. Esa mañana cuando me acerqué a su hermosa casa, hoy muy descuidada, me recibió con gran recelo. Al cabo de un rato un torbellino de recuerdos alegres, algunos melancólicos y otros tristes, nos invadió a ambos. Después de una hora, me había vuelto a transformar en su sobrino preferido. Terminamos riéndonos de sus locuras y de mis travesuras de pequeño, emocionándonos hasta las lágrimas.
Con entusiasmo me hablaba de su hermoso jardín y de la prolija huerta que mantenía en el fondo de su casa. A ojos vista, la realidad era muy distinta, impresionaba la altura del yuyal que en algunos casos excedían los dos metros. Por un motivo que no recuerdo me llevó hasta su dormitorio para mostrarme algo, lo que vi fue sobrecogedor, solo comparable a las visiones más escalofriantes de una película de terror. Pendían desde el cielorraso verdaderas cortinas ondulantes negras de telas de araña que ella ignoraba o convivía con placer con esas cosas.
Fue tanta la impresión que me causó el entorno, que me propuse de inmediato mejorar su condición de vida. Contraté a un hombre para que despejara el fondo de la casa e hiciera arreglos de albañilería y pintura.
Una tarde recibí un llamado telefónico de uno de sus vecinos, avisándome que la habían internado de urgencia. El diagnóstico, me enteré luego, hemorragia intestinal.
Me atormentaba la idea de que hacer. No vislumbraba una solución a su futuro inmediato, pues consideraba que a su edad y en ese estado, no podría vivir más en soledad. Además se oponía de manera terminante a abandonar su casa.
Después de un tiempo ya estaba restablecida y llegó el alta médica tan temida. Con todas mis dudas y mis angustias sobre su destino ¡Sucedió! Me convencí más tarde que los acontecimientos fueron guiados por algo o por alguien, ya que en el preciso instante que procedía a retirarla de la clínica, le sobrevino un ataque cerebro vascular, que le paralizó la mitad de su cuerpo. De más está decir que el alta médica se canceló ante esta nueva circunstancia. Me replanteé una decisión drástica. Ante la negativa de su hija, de hacerse cargo, gestioné el ingreso a un geriátrico.
Para convencerla tuve que elaborar una mentira piadosa.
Iba a ingresar de manera transitoria a una institución para su rehabilitación. Contra lo que había supuesto, se adaptó rápido a ese nuevo entorno. Atendida por un kinesiólogo pudo en poco tiempo abandonar la silla de ruedas. Ahora con la ayuda de un bastón se trasladaba por todo el hogar, erguida, decidida, como si fuera la directora de la institución. Una vez cada 15 días la visitaba una peluquera que daba color a sus cabellos y le arreglaba las uñas. El cambio físico experimentado en ese entonces fue notable, no así sus delirios. Como ser la confidencia que me hizo, de su amor por el joven kinesiólogo.
En una de mis visitas, charlando en el cuidado parque del geriátrico, me sorprendió con una confesión.
-Además de vos- me dijo en tono de secreto- me viene a visitar otra persona.
– ¿Quién? – pregunté
En su cara se dibujó una sonrisa picara. Yo dudaba que alguien se interesara por ella en esos tiempos, a pesar de tener hija, nietos y vecinos.
-¿Y se puede saber quién es ese misterioso visitante?
-Es un alemán que me está enseñando varias cosas.
-Ah… -dije, y no le di mayor importancia, conociendo sus desvaríos mentales.
El tema hubiera quedado ahí, si no fuera que al poco tiempo, sin pensarlo, insistí despreocupado y en tono de broma.
-¿Y volvió el alemán a visitarte?
-Es una “Entidad Espiritual” y siempre viene – me respondió con seguridad.
Lo que me llamó la atención es el término “Entidad Espiritual”, la miré y al ver mi sonrisa socarrona, agregó muy seria.
-Me está enseñando a manejar la nave.
-¿A manejar la nave? ¿Qué nave?
-Para que vos entiendas – me dijo- la que me va a permitir atravesar ciertos lugares. Vos pensá como en algo, real o aparente…si querés llamale: OVNI.
-Bueno… bueno… – dije y otra vez volví a sonreírme. Seguí preguntando.
– ¿Y si este señor es alemán, como te entendés con él?
-Porque primero me enseñó el idioma- me respondió con total naturalidad.
-¿No me digas que sabés alemán?
– Diese geliebten Neffe? (Como estás querido sobrino)
-¡Ugh!- la saliva se me atragantó en la garganta.
Por supuesto que no entendí lo que me dijo, pero la sorpresa fue, que empleaba la entonación exacta del idioma.
De lo que sabía, ella solo había cursado estudios primarios, aunque siempre hizo gala de una notable rapidez mental y en ocasiones según ella, haber experimentado algunas situaciones místicas paranormales. Como aquel día que estaba velando a su hijo y tuvo una prolongada charla con el finado en el cajón.
Como es de imaginar la historia del alemán, a partir de ese momento no me fue para nada indiferente. En cada una de mis visitas yo insistía sobre el tema, eso sí, con delicadeza, porque si ella notaba algún gesto mío, la charla finalizaba. Sus relatos me seguían sorprendiendo, mientras salpicaba frases en alemán.
Algo desconfiado, acudí a las enfermeras para preguntar si mi tía recibía otras visitas. Ellas lo negaron, solo una, me confesó con alguna cuota de intriga. “En ocasiones desaparece por un rato, después de manera sorpresiva la volvemos a ver, desplazándose con su bastón con un semblante inundado de una paz espiritual muy grande. Cuando le preguntamos dónde había estado, con una sonrisa nos responde siempre… ¡Por ahí!”
En una de mis visitas, con total seriedad le pregunté cómo andaba el curso de manejo, me respondió.
-Ya estoy casi lista…
-Y cuál va a ser el destino del viaje- pregunté algo nervioso.
-Yo sé mi querido sobrino, que tú piensas que estoy algo chiflada; es posible, pero te invito a que me señales en este mundo alguien que sea enteramente cuerdo. Además, quiero decirte que falta muy poco, para encontrarme con los afectos más grandes. Con aquellos que más quise en mi vida.
Aunque en ocasiones me invadía la duda por el cúmulo de descripciones y su proceder tan extraño, estaba de alguna manera tranquilo, al verla tan feliz.
Una noche sonó el teléfono de mi casa. Era del geriátrico. Solicitaban alarmados que concurra de manera urgente. Así lo hice.
Al llegar, la responsable del turno me comunicó algo grave. No encontraban las palabras para explicarme la desaparición de mi tía. La puerta de calle siempre permanecía cerrada y con llave. Por lo tanto consideraban que no había salido al exterior. Volvimos a revisar una vez más cada rincón, debajo de las camas de todos los dormitorios, dentro de los placares, en los baños, en la cocina… ¡Nada! No había el menor rastro de ella y no podíamos imaginarnos lo que pudo haber sucedido. Se hizo la denuncia policial. Las autoridades confirmaron que no existía aviso de aparición de alguien extraviado. Se revisó el video que registra las entradas y salidas de la institución… ¡Nada! Las agencias de remis cercanas también negaron haber llevado a alguien de esas características. Los hospitales de la zona la misma respuesta.
El misterio preocupaba a todos y yo vivía atormentado. Hasta que al tercer día de la desaparición, vuelvo a recibir un llamado desde el geriátrico. Voy de inmediato. Me comunican que revisando otra vez la pieza donde dormía mi tía, encontraron algo que en su momento, se les había pasado por alto. Un sobre en el cajón de la mesa de luz de su pieza, que estaba dirigido a mí. Me lo entregaron, sentí un nudo en la garganta, lo abrí angustiado. El personal aguardaba algún comentario mío, alguna pista que dejara entrever su paradero. Lo que leí me impactó, pero traté de que ningún gesto me delatara, dije que solo eran saludos y palabras afectuosas.
En realidad el texto breve y conciso decía lo siguiente: “Llegó el día mi querido sobrino. Estoy feliz. Te amo. Auf Wiedersehen (adiós)”
Guardé la nota y me fui. Al llegar a la vereda me detuve, sentí el impulso de volverla a leer, la boca se me extendió hacia los lados dando paso a una tierna sonrisa. Reinicie mi andar, me sentía invadido por una paz enorme. Reflexioné en voz alta:
-Reconozco que en algún momento desconfié de tu sensatez y de tu cordura. Procuré en este tiempo que estuvimos juntos, darte el aire suficiente para que puedas agitar tus alas, y aunque eras un pájaro herido, igual pudiste volar. ¡Lo lograste querida tía!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reflejos

Mateo escuchó distraído, lo que el pintor  comentaba  a su madre que estaba en la cocina preparando la comida.

-La pieza de la abuela ya está terminada señora, voy a dejar que se oree un rato y luego acomodo los mueble en su lugar.

El pequeño interrumpió su juego e impulsado por la curiosidad, se dirigió a la pieza en donde tantas veces había compartido  juegos con su abuela,  que de manera imprevista había fallecido hacía unos meses. Se detuvo en la puerta de entrada, como no atreviéndose a invadirla, dirigió entonces su mirada despreocupada sobre la blancura del cielorraso,  le pareció un cielo cubierto  de nubes de un blanco absoluto.  Luego miró las paredes de un  hermoso color durazno, le agradó,  ya que era el color preferido de su querida abuela.

Un sentimiento de angustia lo dominaba, casi  con temor fue entrando de manera lenta al cuarto, reparó enseguida que el ropero con  su enorme espejo no estaba en el lugar que solía estar,  sino que descansaba en la mitad de una pared,  también percibió  que el otro mueble ornamental, que también albergaba  un enorme espejo, tampoco estaba en su lugar,  sino que ahora quedaba enfrentado al primero.

Sin saber por qué,  Mateo se ubicó entre ambos cristales, giró noventa  grados y quedó  frente al  enorme ropero. Contempló con atención  su imagen aniñada. Luego se sentó en el suelo y ahí se sorprendió al advertir algo inusual, cuando sus ojos enfocaron la imagen en el cristal,  podía ver con claridad detrás suyo,  ya no solo su imagen sino el mueble que estaba a su espalda, que como se dijo también  era portador de otro gran espejo. Entusiasmado ahora observaba que ese cristal exhibía con detalle su espalda y sus rubios cabellos,  le agradó lo que veía ¿Cómo podía ser que mirando hacia el frente podía ver con tanta claridad su parte trasera? Pero no acabó ahí su sorpresa,  ya que sus ojos se entrecerraron tratando de corregir un nuevo foco con su mirada  y entonces con asombro,  volvió a ver el espejo del ropero, que  de manera caprichosa  volvía a reflejar  su cara y el mechón rubio que caía sobre su frente. Entusiasmado,  miró con mayor profundidad y nuevamente divisó el mueble a su espalda. Fue tanto el ir y venir de las imágenes que sus párpados cansados  como agobiadas persianas se fueron cerrando.

Aunque Mateo se había  dormido  de manera profunda, la sucesión de imágenes continuaba reflejándose  de manera inacabable retrocediendo  en el tiempo,  más y más sin extinguirse,  como si fuera  un sendero al infinito.

El pequeño no pudo verlo pero fue tal la regresión,  que en un instante una silueta se irradió luminosa. Su abuela se recortaba en uno de los espejos y con su mano extendida,  acariciaba  con ternura los cabellos  de su nieto dormido.