Rechiflao en mi Tristeza

El viejo Taita, algo encorvado por el paso inadvertido de los años, iba arrastrando sus tamangos dibujando firuletes por las viejas veredas de la tradicional Montserrat. ¿Propósito? ninguno determinado, solo ocupar las horas de esa eterna vigilia.
Era cerca de la medianoche, detuvo su andar al llegar a la esquina, prendió el último faso de ese estrujado paquete que tenía en el bolsillo del saco, le zampó una pri¬mera pitada profunda, violenta, que casi consumió la mitad del pucho. La luz del farol vio enturbiar su brillo debido a esa alocada nube de humo que brotaba de su nariz y boca.
Cruzó la calle y a los pocos metros una chapita de birra se le cruzó en el camino, indiferente y desafiante, la impactó con la cara interna de su zurda, la muy pituca emprendió el vuelo a media altura filtrándose por el ángulo izquierdo de ese arco imaginario, mientras escuchaba complacido un coro bullanguero enloquecido, gritando su nombre “Carlos Cepeda, Carlos Cepeda”… CC para los íntimos.
Como sin querer, el rezongo dolido de un bandoneón se arremolinó en la vereda, filtrándose por las hojas semi abiertas de una puerta de hierro forjado, los arpegios de un tangazo que de inmediato identificó de Mores y Battistella, “Cuartito azul de mi primera pasión….”
Un frío glaciar recorrió su columna, iba a seguir caminando pero la voz embronada de su otro yo lo sacudió impiadoso.
-Qué estás haciendo flaco, si la voz de esa pebeta es la voz
de Nicol.
Y efectivamente, como no se iba acordar de Nicol, si había sido el metejón más grande que había tenido.
Era cierto, pero hacía muchos años se había pirado del suburbio y de su vida, cuando por esas cosas del destino el Taita había caído en cafúa por causa de una riña entre guapos, que mejor no recordar. La mina desapareció del barrio, nunca más volvió a ver a la colorada.
Estiró la mano empujó la pesada puerta y un chirrido quejumbroso se entremezcló con la música, subió los dos escalones de un salto, traspuso otra puerta y en el fondo del salón el bandoneonista arrancaba del fueye aquellas notas lastimeras.
-¡No puede ser…es Nicol, su cabellera roja, su voz, su estampa si está más hermosa que nunca!- dijo en voz baja.
No podía dar crédito a esa imagen maravillosa que penetraba por sus ojos, tampoco pudo dar un paso más, el salón se mostraba casi colmado pero entre las sillas apretujadas, una mesa milagrosamente vacía. Se dejó caer lentamente, extasiado. El mozo se le acercó.
-¿Qué va a tomar?- Sin mirarlo pidió un Fernet.
-¡Nicol me está junando…se dio cuenta…me reconoció!
La pelirroja seductora como siempre, con esos hermosos ojos verdes no le quitaba la vista, cantaba en ese momento de Gardel y Le Pera el ritmo canyengue de “Volver”. Si… Se lo estaba diciendo a él, después de todos estos años, lo seguía queriendo, “Siempre se vuelve al primer amor…”
El mozo le acercó el Fernet, que se lo mandó de un solo trago. La voz susurrante de Nicol lo volvió a sacudir hasta las fibras más íntimas “Tengo miedo del encuentro, con el pasado que vuelve, a enfrentarse con mi vida”    Y de los ojos del viejo Taita afloraron algunos lagrimones como si fuera un purrete.
Nicol agradeció con una sonrisa y se encaminó resuelta hacia la mesa del Taita, al llegar le extendió la mano y él se la besó. Ella se abandonó a ese juego cortés y romántico.
-Nicol…te perdí hace tanto tiempo…
-Si mucho tiempo, pero ahora nos volvemos a encontrar y aquí estoy – mientras el bandoneonista volvió arrancar la quejumbrosa voz de su fuelle.
-¿Te acordás Nicol…? ¡Nuestro tango!
-¡Por supuesto que me acuerdo! “Nostalgias”, lo voy a cantar solo para vos.
El Taita no pudo ni quiso salir de ese embeleso, de ese sueño maravilloso mientras Nicol le susurraba “Quiero emborrachar mi corazón, para apagar un loco amor, que más que amor es un sufrir” y el Taita se paró, se abrochó el saco y la invitó, pasó su mano por la cintura y la apretó contra su cuerpo, los arabescos cobraron forma sobre el piso embaldosado de la pista de baile “Y sentir junto a mi boca, como un fuego su respi-ración” ya el Taita no pudo más, la miró y le zampó un beso flor y flor mientras la gente toda aplaudía.
Una vez que sus labios se separaron, volvió a escuchar a su amada “Ni decirle que no puedo más vivir…, desde mi triste soledad veré caer, las rosas muertas de mi juventud” y Nicol con energía se apartó del Taita y se fue, se volvía a ir como antes, como siempre…y el Taita no pudo más, se le suprimió el habla y cayó de rodillas en medio de la pista con el corazón estrujado.
-Oiga, abuelo…levántese, no puede estar acá…es propiedad privada los techos se pueden desplomar en cualquier momento.
-Tengo que buscar a Nicol…agente
-Vaya a buscarla a otro lado, acá no la va a encontrar, hace quince años que este salón está abandonado.
El policía acompañó a Carlos sujetándolo con amabilidad por un brazo. En la vereda lo despidió con un gesto tolerante.
Una vez en la calle el Taita emprendió de nuevo el recorrido hacia algún lado, hacia cualquier lado, mientras con un susurro arrastrado iba murmurando.
-Debe haber pasado algo raro en ese salón para que la cana lo desaloje.    Pero no importa mañana regreso y le voy a pedir a Nicol que vuelva conmigo.
Se sentía cansado pero eufórico. Mientras estiraba su mentón hacia arriba y lle¬vaba los hombros hacia atrás, una molestia le recordaba ese dolorcito en la cervical pero no le importó, gracias a esa noche de pura magia, una nueva energía recorría su cuerpo, recobrando la lozanía de épocas juveniles.
-¡Que van a decir los gomias cuando les cuente que encontré a Nicol!
Apuró sus pasos, era una sensación desconocida. Se sobresaltó, la volvió a ver, estaba ahí, otra vez la sonrisa se le implantó en la cara, la tenía tan cerca, se precipitó a su encuentro, tuvo que frenarse. Ella lo aguardaba impasible, serena, entonces el viejo Taita con la cara interna de su zurda, impactó otra despreocupada chapita de birra y como antes, la algarabía de esa tribuna invisible le ponía la piel de gallina. Con un aire triunfal de suficiencia inocultable, el Cachafaz puso sus dos manos en los bolsillos y se encaminó compadrito hacia esa tenue claridad que vaticinaba la llegada de otro día, dobló la esquina, ya estaba cerca del bulín.
-¡Que noche… pura emoción! ¿No es cierto maestro?- y el viejo Taita entreverando los tamangos se fue canturreando bajito…

“Quereme así, piantao, piantao, piantao…”
“Trepate a esta ternura de locos que hay en mí…”
“Ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!”
“¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá…Vení!”

 

 

 

 


Posted 19 agosto, 2014 by admin in category Cuentos

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