Aquellos Ojos Verdes
Con la pesadez propia del recién levantado, Jorge se insinuaba por el pasillo que unía el dormitorio con la cocina, ajeno a los acontecimientos que se iban a suceder esa jornada.
El sol de la mañana inundaba todo el ambiente. La calidez de sus rayos anunciaba otro espléndido día.
Su mirada lánguida atravesaba el ventanal, veía el verde lujurioso del césped que destacaba el sendero que conducía hasta la reja de entrada. Esa visión lo deleitaba porque lo que veía, era una explosión de colores que hasta le pareció oler los aromas que la primavera ofrecía para el goce de los sentidos.
Tomó asiento junto a la mesa donde una taza humeante de café lo estaba aguardando. Preparado de manera solicita por Mercedes la mujer que se encargaba de la limpieza de la casa.
Entrecerró los ojos y evocó las largas caminatas, serpenteando la orilla pedregosa del incomparable lago al pie de los cerros. Donde por las tardes con la caída del sol, los últimos rayos como afligidos, provocaban sobre las laderas las mil y una formas.
Mercedes interrumpió sus pensamientos, le alcanzó la correspondencia del día. De manera despreocupada las fue seleccionando, algunas de las cuales no tardaron en caer en el cesto de los papeles. Pero una ellas atrajo su atención, “Sr. Jorge Marchesini”. Dirigió la mirada al pie para ver el remitente, una ráfaga de aire helado recorrió su cuerpo, Sus ojos se abrieron como no dando crédito a lo que acababa de leer. Los volvió a cerrar con intención de borrar ese espejismo, al abrirlos sus labios de manera apenas imperceptible pronunciaron un nombre. Con las manos temblorosas rasgó el sobre por uno de los lados y extrajo una nota, donde solo aparecían cinco líneas, que leyó con inusitada avidez. Se desmoronó sobre la silla y sus ojos se entrecerraron.
Sus pensamientos desandaron el tiempo y las imágenes del pasado se instalaron de manera apacible en su mente. Dudó un instante, tal vez habían transcurrido diez o doce años, cuando con Lidia de común acuerdo, decidieron que cada uno debía proseguir su camino. Era mejor así, debían dar por finalizado esa relación de amor y pasión que los envolvió a ambos. Los dos eran casados y sus matrimonios transitaban una ilusoria normalidad.
La conoció una tarde en la editorial, correctora de textos le dijeron. Hermosa, impactaba la belleza de sus ojos verdes y el dorado de los cabellos que se deslizaban como lánguida cascada sobre los hombros. El atractivo fue mutuo desde ese mismo instante, la afinidad fue tan grande que sin darse cuenta en muy poco tiempo, se vieron envueltos en una verdadera pasión. La felicidad les había llegado de sorpresa, como un regalo. Jamás sus almas habían sentido tanto amor. Pero la dicha no podía ser completa, sus matrimonios se entrelazaban. Jorge quería a su esposa pero Lidia era algo que turbaba sus sentidos. La ansiedad lo consumía con la llegada del próximo encuentro. Era como una adicción hacia esa mujer, que no podía ni quería dejar de pensarla. Consideraron la posibilidad del divorcio pero ninguno de los dos se atrevió a derribar ese muro que se interponía, y eso precipitó el final.
Y ahora ella le manifestaba el deseo de saber si ese fuego sagrado no se había extinguido, si era así, había llegado el momento de unir sus almas para siempre.
Jorge no podía dar crédito a la imagen que en ese instante penetraba por sus ojos. De nuevo una sensación extraña recorrió su cuerpo de pies a cabeza, era Lidia que estaba parada frente a la reja de entrada. Como impulsado por una fuerza desconocida se puso de pie y corrió a su encuentro, tuvo que esquivar a Mercedes que en ese momento, pasaba cargando un canasto con ropa. Atravesó el jardín y se abalanzó hasta la puerta que abrió de par en par y ahí estaba radiante, como aquel primer día, con sus hermosos ojos verdes y su pelo rubio cayendo sobre sus hombros, bellísima, los brazos abiertos de ambos hicieron que sus cuerpos se fundieran en uno solo, las lágrimas fluyeron la besó y se amaron.
Ella le susurró al oído que jamás había sentido en el alma tanto amor, él con un nudo en la garganta fue recorriendo con sus dedos el contorno de la cara de su amada y besó sus papados, aquellos parpados que guardaban los hermosos ojos verdes. Había pasado tanto tiempo, tantas veces imaginó ese instante.
Abrazados se sentaron en el banco de plaza que decoraba el jardín, balbuceando, superponiéndose con los recuerdos. Lidia le confesó que sintió muchos nervios cuando venía a su encuentro, pero como siempre le resultó igual, era tan fácil estar a su lado. Se sentía segura, deliciosamente relajada, acaso como si fueran una pareja de toda la vida. Se ilusionaron con volver a vivir cada instante de aquella maravillosa intimidad sin intentar cambiarle nada. Se juraron no separarse más, que a partir de ese instante el mundo entero se iba enterar del más grande amor surgido en esas almas gemelas.
Mercedes quedó atónita mirando al señor correr hacia la entrada y verlo ahora sentado en el sillón del parque con sus manos cubriéndose la cara. Una carta algo arrugada sobre la mesa de la cocina llamó su atención, al tomarla la sintió húmeda como si alguien la hubiera estado llorando, se inclinó para leer las solo cinco líneas.
“Sr. Jorge Marchesini soy hijo de Lidia Dellaporta, cumplo con un pedido especial de mi madre. No me interesa saber cuándo y qué relación tuvo usted con ella, pero tengo la obligación de informarle que acaba de morir, hasta el último instante que su corazón la mantuvo viva, insistió que debía informarle y en especial, que había llegado el momento de estar juntos para siempre”
Mercedes levantó la vista, reparó entonces que el banco de plaza inesperadamente ¡Se hallaba vacio!