El Alma de un Poeta

Tuve el enorme privilegio de conocerlo, de saber de sus sueños, de sus esperanzas y también de sus miedos. Fue el día que lo transfirieron desde otra compañía. En apariencia era uno más en ese grupo de siluetas de plomo y  barro salidas de un mismo molde. Enfundados en los trajes color caqui, los borceguíes sucios, los cascos camuflados y las barbas crecidas.

Debido a su carácter retraído y solitario recogió en los primeros tiempos un cúmulo de  absurdas bromas, que ignoraba con soberbia indiferencia.

Mientras algunos cuidaban y limpiaban con celo los fusiles, su arma favorita era el lápiz y una libreta de apuntes que guardaba entre sus ropas.

El momento de la comida relajaba al grupo, protegidos por el terraplén, apoyados contra las paredes de tierra húmeda solíamos escuchar su irascible juicio sobre la guerra. Surgía de su boca una verborragia impensada. Juzgaba que era un acto de barbarie, y ahí se iniciaba la polémica. Algunos  justificaban el belicismo, porque consideraban que estaba de por medio el fervor patriótico, que negar la contienda solo revelaba la ausencia de esa pasión o por algo más penoso, por cobardía. No se daba por aludido al contrario, argumentaba que aunque la raíz de los conflictos fuera una causa justa, los verdaderos motivos permanecían siempre ocultos, sus orígenes no escapaban de ser  económicos, religiosos o por solo ambiciones personales.

– Los líderes mundiales consideran a la guerra como la única posibilidad para resolver las diferencias. Es un crimen, un verdadero crimen de lesa humanidad. La guerra representa la pira sacrificial donde se comete la matanza de miles y miles de jóvenes –  concluía.

Era un idealista y comencé a sentir un gran afecto por él. Al tiempo me gané su confianza y nos hicimos amigos. Me habló de su familia, de sus pocos amigos, del amor y orgullo por su madre maestra.

Aunque no manifestaba su entusiasmo por los deportes, tenía un cuerpo elástico y fuerte. También me reveló su amor por la literatura y un placer especial hacia la poesía. Al  escribir un poema, me confesaba, se sentía como empujado a un estado fantástico, un misterio de irrealidad en un mundo repleto de realidades.

En ese foso donde compartíamos la vida  no había casi actividad bélica, aunque sabíamos que la muerte estaba muy próxima. Oíamos no muy lejos los sonidos de los disparos y el estruendo de las baterías, pero el “Bunker”  nos ofrecía una traicionera calma, dolorosa y punzante. En aquellos momentos no teníamos noción de lo que sucedía más allá de nuestro sitio, la información que poseíamos era confusa,  pero a medida que los días transcurrían comenzábamos a sentir los miedos, miedo a morir, a ser heridos, a no poder estrecharnos más con nuestros seres queridos.

Desde hacía algunos días mi amigo escribía con inusitado entusiasmo, solo me dijo que había sentido el impulso irrefrenable, de escribirle una poesía a la mejor maestra que había tenido en la vida, ¡su madre! Respeté su intimidad y aislamiento.

Una tarde el sargento con voz nerviosa y gesto adusto, nos informó que debía disponer de un pelotón. Debíamos inspeccionar un punto estratégico de las defensas, distantes a un kilometro de donde estábamos. Las comunicaciones se habían interrumpido. El destino quiso que los dos fuéramos elegidos. Mientras controlábamos todos los pertrechos de combate le rogué a mi amigo que me leyera parte de la poesía que había escrito.

-Comienza así- me dijo mientras tomaba su fusil y guardaba los cargadores en la mochila.

 

Una escuela de provincia,

Un diminuto salón,

Una ventana con rejas,

Una puerta al corredor,

Treinta bancos, treinta niños,

Treinta flores de ilusión,

Que se mueven y se agitan…

Señorita… ¿Paso yo?

 

Traspusimos en silencio el parapeto de protección. En nuestros rostros se dibujaba la angustia. Nos ordenamos en fila india, semi agazapados, detrás del sargento. Cada tanto éste levantaba uno de sus brazos indicándonos el alto, parecía oler el aire como queriendo adivinar el peligro. El terreno montañoso y abrupto, el clima frio y húmedo, la soledad nos fue absorbiendo y el miedo se adueñó de nosotros.

Por fin, al trepar una elevación nos topamos con el socavón. Resguardado por una barricada de piedras superpuestas. Al  asomarnos, el horror nos golpeó muy fuerte. En el foso los cuerpos sin vida de tres de nuestros compañeros, el sargento dio un salto y se acercó a ellos, los revisó, les quitó las medallas de identificación y nos gritó que debíamos retroceder porque el enemigo estaba cerca. Las pulsaciones se nos aceleraron y emprendimos la retirada hacia nuestro refugio.

En ese momento los proyectiles comenzaron a llover en torno nuestro, el sargento volvió a gritar que era una emboscada. Corrimos desesperados, las balas alcanzaron al soldado que corría a mi lado, me detuve, un proyectil lo había herido de muerte. Me erguí y seguí corriendo. Me pareció ver a mi amigo que iba adelante como a treinta metros. En ese momento las piernas no me sostuvieron más y caí de bruces sobre una zona fangosa, traté de reincorporarme y me di cuenta que mis rodillas sangraban, comencé a arrastrarme hasta que un dolor agudo en mi abdomen me impidió hacerlo, sentí la tibieza de la sangre correr por mi vientre.

El terror de sentirme solo y tan cerca de la muerte me dio fuerzas suficientes para pedir auxilio. Mis gritos parecían rebotar entre el cielo y la tierra, supuse que no iban a ser escuchados por nadie. Cuando callaba, solo se oía el sonido del viento y el estruendo de las explosiones de fondo.

Me pareció ver una sombra que se deslizaba hacia mí, agazapada, preparé el fusil, estaba dispuesto a todo, en ese momento de máxima tensión por fortuna pude reconocer a tiempo a mi amigo, se acercó y sin decir palabra colocó su arma en la espalda y me alzó en sus brazos, con las pocas fuerzas que me quedaban me aferré a su cuello y comenzó a correr en dirección a nuestro refugio que estaba a unos cuatrocientos metros.

En ese instante recuerdo haber escuchado el sonido luctuoso de una ametralladora. Su cuerpo se sacudió dramáticamente, pero siguió corriendo y trastabillando, pensé a causa de  lo irregular del terreno. De nuevo el trágico sonido del arma automática y mi amigo se volvió a agitar como una hoja al viento, cayó de rodillas. Con dificultad se reincorporó, ahora  caminaba ya no corría, en ese momento sentí un ardor insoportable  en mi brazo detrás de su cuello, me di cuenta que una bala me había roto el hueso porque mi brazo quedó colgando a su espalda.  En medio de la neblina y la humareda,  el “Búnker” se ofreció ante nuestros ojos, entramos a los tumbos, recuerdo que alcancé a decirle “Nos salvamos”, se detuvo, se arrodilló y me dejó de manera suave sobre la tierra mientras él, como cubriéndome se derrumbó. Traté de reincorporarme y en ese instante  alcancé a ver  su  espalda, era solo  una  mancha  roja que lo cubría totalmente.

En ese momento sucedió, comenzó a desprenderse de su cuerpo a través de las  inhumanas perforaciones del uniforme, una tenue luz, como el soplo del aliento en invierno, como un grupo de palomas blancas que ascendían indecisas hacia el cielo, era el calor que se estaba extinguiendo, era la vida que se estaba apagando.

No pude contener el llanto y lo abracé como pude. En ese último instante procuré que advirtiera que no estaba solo, que yo estaba con él. Sabía que su alma de poeta viajaba camino a la eternidad, mientras mi corazón descubría el sentimiento de amistad más maravilloso que haya conocido.

Más tarde me enteré que mi amigo, había llegado sano y salvo al refugio y al notar que yo no estaba, se desesperó. No lo pudieron convencer que era muy peligroso volver, solo se le escuchó decir “Voy por la vida de mi amigo”, saltó las defensas y desapareció en la niebla. Pensar que tiempo atrás algunos lo habían tildado de cobarde.

Los médicos asombrados, no podían entender cómo había logrado llegar cargándome en sus brazos. Juzgaban que antes de arribar ya debería haber estado muerto. Su cuerpo había recibido el impacto de 42 proyectiles.

Conservo en mi poder su libreta de notas, cuyo destino final será las manos de su madre. La última estrofa, de su último poema dedicado a ella, la imaginó de manera profética…

 

Es la hora del recreo,

La campana ya sonó

Y los niños, como blancas mariposas

Giran…giran…en el amplio corredor.

Impasibles han quedado

Una ventana con rejas,

Una puerta, el pizarrón,

¿y la dulce señorita?

¡Sollozando en el salón…!

 


Posted 22 junio, 2014 by admin in category Cuentos

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