El Angel Salomé
La súplica de Melisa laceraba los angustiados corazones de sus padres, ellos también querrían no llevarla, pero no tenían otra opción. El médico había sido conmovedoramente claro, todo se había intentado y como otras tantas veces, la mejoría en la niña solo resultaba transitoria.
Hacía tres largos años que la pequeña luchaba contra esa enfermedad. Apenas contaba con dos añitos cuando se le instaló el tan temido mal. A partir de ese instante fue el comienzo de una angustiada peregrinación; especialistas, medicamentos, quimio, aislamiento, internaciones. Pero con insistencia perversa, el mal volvía a arremeter sobre su cada vez más quebrantado organismo.
– No quiero ir a la clínica, mamá.
– Meli, este médico tiene mucha confianza con el nuevo tratamiento.
La explicación no lograba menguar el llanto y los ruegos de Melisa.
Aún se veían algunas salpicaduras sobre su cuerpo, eran las manchas pálidas de hematomas producidos en su anterior internación. Sus rulos dorados estaban renaciendo con lentitud, después de haber desaparecido por un tiempo. Sus párpados oscuros, su mirada triste, su palidez.
Los padres hacían esfuerzos denodados por mostrar una imagen de renovado optimismo, aunque en el fondo de su alma se sentían aplastados por una terrible opresión. Una vez más, una nueva esperanza. La vacuna según dijeron los médicos, presentaba resultados bastante halagüeños.
Los especialistas pidieron una reunión con los padres, deseaban ponerlos al tanto de este nuevo tratamiento. Recomendaban encararlo con prontitud, porque el estado de la niña se iba deteriorando sensiblemente. Pero Melisa debía poner en positivo toda su energía, movilizar su ya escasa fuerza interior, confiar, incentivar de alguna manera sus ganas de vivir. La tarea no iba a ser nada sencilla debido a todos estos años de sufrimientos y frustraciones.
Por fin llegó el día, los sollozos de la pequeña les partía el alma, el padre mientras conducía su auto, se aferraba con bronca exagerada al volante, volvía como otras tantas veces a cubrir los ciento veinte kilómetros más largos de su vida hacia la clínica. Un nudo en la garganta y algunas lágrimas empañaban sus ojos, tanto, que le dificultaban el manejo. Su esposa mientras tanto en el asiento trasero, apretaba contra sí el cuerpito compungido de la nena.
Cuando llegaron a la clínica los médicos los estaban aguardando. La jefa de enfermeras se encargó de alzar a la pequeña y le obsequió un perrito de peluche que había comprado para ese momento. Mientras los dos médicos responsables se reunieron brevemente con los padres. Les confirmaron que la nena iba a estar internada durante siete días. Los doctores no pudieron disimular su preocupación al ver el grado de abatimiento de Melisa. Fueron cautos con sus pronósticos. Patricia la enfermera asignada de manera exclusiva a su cuidado, los acompañó hasta el cuarto especial donde la pequeña iba a permanecer durante todo el tratamiento. Consistía en una habitación estéril, las paredes empapeladas con motivos infantiles trataban de disimular en parte toda la aparatología médica. Las normas de aislamiento eran severas, solo se podía entrar con ropas especiales, con el fin de evitar cualquier contacto externo, que afectara su organismo tan expuesto. Los padres solo podían verla a través de una ventana vidriada. La comunicación era a través de un sistema de audio. Solo una vez al día por espacio de diez minutos podían estar junto a ella, y siempre enfundados en ropas especiales. Solamente había dos camas.
– Mamá… no te vayas, quédate ahí donde yo pueda verte
– Por supuesto princesa ¡Fuerza tesoro! Y tranquila, que esta vez, todo va a salir bien.
Al día siguiente de la internación los médicos fueron los primeros sorprendidos, cuando observaron que el ánimo de Melisa había sufrido un vuelco inesperado pero deseado. El tratamiento se inició entonces aplicándole las primeras drogas.
El espíritu de la pequeña los desconcertaba y de manera especial a sus padres. Supusieron que la causa podría deberse a algún efecto de los nuevos medicamentos.
Mientras tanto Melisa sonreía, hablaba sola y se entretenía con los pocos juguetes que le habían permitido llevar.
– Mamá – llamó la pequeña entusiasmada el tercer día de internación.
– Si mi ángel ¿qué necesitás?
– Cuándo volvamos a casa, ¿puede venir a visitarnos Salomé?
– Por supuesto – dijo la madre – ¿Quién es Salomé?
-La nena que está conmigo en la otra cama – respondió.
– ¿Pero si en la otra cama… ? – la mano de la enfermera Patricia se apoyó en el hombro de la madre, mientras su dedo índice se alzó y le cruzó los labios impidiendo que la mujer completara la frase.
– Por supuesto que sí – dijo entonces la madre sorprendida.
El padre que había presenciado la escena, interrogaba con la mirada a la enfermera.
– Queridos padres, todo está bien ahora, confíen en su hija, sigan su entusiasmo, contágiense ustedes también, estimúlenla.
– Pero…esos desvaríos – insinuó el padre.
– Ahora todo está bien – volvió a decir con una sonrisa la enfermera y se retiró.
Al cabo de cinco días de tratamiento, la salud de Melisa había sufrido un vuelco tan espectacular que los padres tuvieron miedo que no fuera real.
El alta tan deseada llegó el séptimo día, la nena seguía reflejando su felicidad que contagiaba hasta los mismos médicos. Mientras los padres no salían de su asombro.
– Cuando ya estaba todo dispuesto para el regreso, el personal aguardaba fuera de la habitación para despedir a la pequeña que en brazos de su padre se veía radiante. La niña pidió acercarse a la ventana vidriada para despedirse de su amiga que debía quedarse algún tiempo más.
– Salomé me prometió que pronto va a venir a visitarme porque ya vamos a estar las dos totalmente curadas – dijo la nena.
Le pidió también a su madre que se despidiera de ella, cosa que ambos padres lo hicieron embargados por una ternura indescriptible al ver las dos camas vacías.
– Que tratamiento diferente fue mamá, conocí a mi mejor amiga.
Los padres agradecieron a los médicos y al resto del personal. Mientras tanto Patricia la enfermera, los contemplaba a poca distancia, cuando los padres y la nena se le acercaron, los abrazó a los tres y les entregó una carta rogándoles que debían leerla a solas.
Esa noche una vez que Melisa se había dormido con una alegría desconocida hasta entonces, los padres sentados en el sofá junto al hogar, abrieron el sobre y leyeron:
“Queridos papás, sé de su asombro, los entiendo pero quiero decirles que ese mismo asombro yo le he experimentado en otras oportunidades. Si, tienen razón, Salomé la nueva amiga de Melisa, hoy no existe de la manera que todos podemos conocer, existe en un mundo paralelo, es un alma divina. Salomé fue una niña como su hija que tuvo la poca fortuna de padecer ese mismo mal hace cinco años, cuando aún no estaban disponibles estas nuevas drogas. Su fuerza de espíritu, su optimismo, su entrega fue tal, que abrigamos muchas esperanzas pero no fue suficiente y nos abandonó. Pero algo maravilloso sucedió, ese espíritu, esa confianza, esa esperanza sigue entre nosotros, como un verdadero ángel, ella tiene un legado. Con su inmensa ternura se encarga de velar por otros chicos para colmarlos de fe, esperanza y amor, soy una convencida que es portadora de una grandeza espiritual enorme, es la luz y el amor resplandeciente que hace milagros. Es por eso que me opuse siempre de quitar la otra cama. Ustedes pueden creer o no, pero solo para algunos de nosotros en la clínica, el milagro, el ángel, se llama Salomé”