Fue ese su Último Pensamiento
Una voz nerviosa alteró el plácido sueño de Sebastián, le rogaba que debía despertar, pero sus párpados como persianas agobiadas se negaban abrirse. Una fuerza interior lo estaba arrullando y lo invitaba a seguir durmiendo. Alguien inoportuno sacudió uno de sus hombros y con voz enérgica lo conminó a hacer algo. Pero el solo quería dormir… dormir…
-Señor… señor… despierte por favor.
El angelical rostro de la azafata le estaba hablando a escasos centímetros de su cara. Entremezclado el placer y la tensión del llamado, no le permitían entender que era lo que estaba sucediendo. Volvió a ser sacudido, esta vez con mayor energía por esa preciosa criatura.
-Si… si… ¿Qué sucede?
-Por favor ponga el asiento en posición vertical y ajuste su cinturón de seguridad.
-Si… ¿Pero qué sucede?
La azafata no le contestó y se dirigió presurosa hacia la parte trasera del avión. La respuesta le llegó por los altavoces. “Señores pasajeros les habla el comandante, el vuelo está en emergencia pero conserven la calma, nos estamos dirigiendo hacia el aeropuerto más cercano para intentar el aterrizaje.”
Ese solo anuncio logró lo que hasta ese momento parecía infructuoso; despejar su modorra de manera total. Todo su cuerpo reaccionó poniendo sus músculos tensos, el cansancio de sus ojos desapareció al instante. Miró al resto del pasaje, el nerviosismo era evidente en todos ellos, la inquietud agobiaba. Una joven delante de él con su bebé apretado contra el pecho lloraba. La mujer que estaba a su derecha se cubría el rostro con sus manos. El hombre de la izquierda pasillo de por medio, se aferraba con fuerza exagerada de ambos apoyabrazos. Otra azafata pasó corriendo hacia la parte delantera.
Sebastián dirigió entonces su mirada a la ventanilla más próxima, pero la oscuridad de la noche, le devolvió solo un manchón negro que se evaporó al instante por un relámpago furibundo, ahí cayó en la cuenta que el vuelo estaba atravesando una tormenta.
En ese instante comenzó a sonar una alarma proveniente de la cabina de los pilotos, que con un sonido intermitente puso más tensión al pasaje.
Un hombre mayor parado gritaba algo. Inmediatamente un fuerte ruido se escuchó sacudiendo toda la estructura del avión, las mascarillas de oxígeno cayeron frente a los pasajeros, de nuevo la voz del comandante dando nerviosas indicaciones para su uso, en medio del griterío la gente trataba de manera desesperada de alcanzar alguna, como si esta fuera la última esperanza que les quedaba. De inmediato el avión perdió sustentabilidad, cayó como hacia un vacío desconocido. Una sensación horrible en la boca del estómago y en la garganta, vaticinaban lo peor.
Sebastián trató de imitar la posición que adquirían otros pasajeros, inclinándose hacia delante, cubriendo la nuca y cabeza con sus manos, aunque dudaba de la eficacia de la maniobra.
Un nuevo y más fuerte estruendo sacudió nuevamente la aeronave, algunos compartimentos de equipajes que estaban sobre los asientos se abrieron. Bolsos que volaban por doquier, los gritos y los brazos levantados vaticinaban el desastre. Se percibía que ahora el avión descendía en picada como enloquecido. El caos era total.
Sebastián con los ojos cerrados no cesaba de repetir ¿Por qué Dios?
Y en ese preciso instante, una sucesión de imágenes como surgidas desde el mismo seno del desastre, fueron cobrando forma en su mente. Eran todas aquellas personas que Sebastián más amaba, como si fuera una premeditada reunión de despedida, que lo contemplaban con una calma casi inexplicable, transformando ese estado de angustia en una paz impensada para ese momento. ¡Fue ese su último pensamiento!
Con gran esfuerzo pudo entreabrir los ojos y aunque la visión era algo borrosa contempló a sus seres queridos que rodeaban la cama que lo cobijaba.
-¡Nene, gracias a Dios, quedate tranquilo, la operación de apendicitis fue todo un éxito!