Fútbol Para Todos
-Viejo, hoy mamá nos espera por la tarde en su casa a tomar mate, te preparó la tarta de manzana que a vos te gusta – comentó la esposa
-No. Imposible. Hoy me voy a la cancha, es un partido importantísimo. Arreglá para otro día.
-Esa bendita cancha y si hacemos una cosa: nos vamos de mamá lo ves por televisión, estás más cómodo, te tomás unos mates, te repiten las jugadas, ves los reportajes…
-Nada que ver, no tenés idea de lo que es verlo en vivo y en directo. La adrenalina que corre por las venas con cada jugada en las aéreas, el sonido, el color, todo. Algún día vas a tener que venir, vas a pasar una tarde inolvidable y no te vas a arrepentir.
La mujer quedó pensativa, al cabo de unos minutos agregó.
-Y bueno… hagamos una cosa, llevame hoy. Vos decís que es tan hermoso, yo nunca fui y a la salida nos vamos a casa de mamá ¿No te parece una buena idea?
-Este…no sé…qué sé yo… ¿te parece? -inquirió el esposo quien, acorralado, no tuvo más remedio que aceptar, sabía que una negativa iba a ser el comienzo de una agria discusión.
Almorzaron temprano. Decidieron llevar el auto. Arrancaron camino a la cancha. Lo dejaron estacionado a unas seis cuadras. Al cabo de unos minutos se sumaron a la caravana de gente que se dirigía al estadio. El esposo le iba mostrando cómo se desplegaban desde los balcones cantidad de banderas multicolores. Los más pequeños pasaban junto a ellos agitando banderines, los mayores hacían sonar las cornetas. Los puestos de gaseosas, el olorcito a choripán, los cantos, la algarabía. Ella estaba fascinada, se reprochaba haber esperado tanto para asistir a un estadio de fútbol.
El primer inconveniente fue cuando llegaron a la boletería: largas filas pobladas de hinchas para comprar las entradas. Después de un buen rato y con los tickets en su poder solo les restaba ingresar. Se dirigieron hacia las puertas de acceso donde otra aglomeración de simpatizantes mucho peor que la anterior pugnaban por entrar. El ingreso era lento, muy lento, debido a que el personal de seguridad examinaba a cada uno al llegar a las pasarelas. La cosa iba mal y los ánimos comenzaron a caldearse. Los que estaban más atrás protegidos por el anonimato, comenzaron a empujar hacia las vallas. Era una marea arrolladora que se movía de lado a lado.
-¡Me tocaron, me metieron una mano, hace algo!- gritó la mujer.
El marido resignado miró para atrás, pero el vaivén de la marea humana desplazaba las personas que iban cambiando de lugar. Todos sin excepción con cara de yo no fui, gritaban “Dejen las puertas libres, vamos dejen pasar que está por comenzar el partido…Dale Roj…Dale Roj…”
Por fin llegaron a las vallas, los de seguridad repasaban rápido con sus manos los cuerpos de la gente en busca de elementos extraños y peligrosos.
-¡Grosero! – exclamó la mujer cuando le palparon en la entrepierna y acto seguido le dio un bofetón al guardia.
-Pase vieja loca… ¡Pórtese bien! -¡Daaale…daaale…! – le dijo el marido
Una vez dentro del estadio fueron subiendo por las escaleras externas y su esposa seguía refunfuñando. Un tufillo algo extraño los fue envolviendo.
-Viejo…ese que está en el rincón esta orinando, ¿por qué no lo llevan preso?
-Vamos…dejalo orinar tranquilo, apurate, que no vamos a conseguir un buen lugar.
Una vez que ingresaron a las tribunas, el espectáculo de la gente, el colorido de las banderas y el inmaculado verde del campo de juego, impactaron a la mujer.
-Vení por acá, quiero que tengas una buena vista panorámica.
Ni bien se sentaron la mujer le pidió una Coca.
– Pero recién llegamos- le dijo el marido.
– Creo que me lo merezco, después de todo ese manoseo… y vos indiferente mirando para otro lado.
– ¡Eh!… ¡Coca! ¡Pasame una! – dijo el marido mientras buscaba nervioso el dinero para pagar- ¡Me robaron!
-¿Que decís?- preguntó la mujer.
-¡Me chorearon…! ¡Me afanaron la guita del bolsillo!
– ¿Y para cuando flaco?- le reclamó el de la Coca.
El marido pudo juntar las pocas monedas que tenía desparramadas en los bolsillos y le pagó con lo justo.
Sentados en los amplios escalones de cemento, la gente que iba llegando, pasaba por la izquierda, a veces por la derecha, otras veces entre ambos.
-¿Nadie en este lugar pide permiso? son todos una manga de guarangos- seguía despotricando la esposa.
En ese instante anunciaron por los altavoces del estadio el ingreso de los equipos. Ahí se desató el jolgorio. Como si estuvieran previamente de acuerdo, la tribuna adicta se puso de pié, alentando desaforados a sus jugadores, menos la esposa que seguía sentada saboreando la gaseosa. Como el trasero de un gordo que estaba a su lado le daba de manera impúdica en la cara, prefirió por una cuestión solo de estética ponerse de pie, mientras todos, incluso su marido saltaban frenéticos.
En un momento el muchachito que tenía delante, levantó uno de sus brazos para agitar el banderín que tenía en la mano y le pegó justo en el vaso de la gaseosa. El resto de la Coca que aún le quedaba, se vació íntegro en su escote.
-¡Animal!
Fue como un grito interior en medio del desierto, nadie la escuchó, ni siquiera el marido que sonriendo feliz, la miró entusiasmado.
-¿Qué hacés? ¡Te tiraste la coca encima!
-¡Me la tiró el energúmeno de adelante!
-¡Sacate la remera que te puede dar un enfriamiento! -recomendó un vozarrón que provenía de la parte de atrás.
Cuando el marido miró, no pudo identificar al de la voz y respiró aliviado.
Una vez comenzado el partido, todos tomaron asiento. De esa manera ella tuvo la oportunidad de disfrutar el animado espectáculo que ofrecían las tribunas. Se entretuvo contemplando a la cantidad de gente que se agitaba por todos lados, sin interesarle lo que acontecía en el campo de juego. En un momento algo le llamó la atención: era un movimiento acompasado que se desplazaba hacia los lados. Le preguntó a su marido.
– Es la “Ola”- le respondió él – En un momento va a llegar acá, estate lista.
-¿Lista para qué?
– Para acompañar a la ola, ¿para qué va a ser?
– Ah…- respondió ella sin convicción.
Cuando la onda llegó, todos a su alrededor se irguieron y levantaron los brazos, menos ella que permaneció sentada. Cuando intentó levantarse fue la única que quedó en pie, ya todos se habían sentado.
– Así no es… ¡No entendés!- dijo él.
El encuentro transcurrió sin mayores inconvenientes. Más bien resultaba de lo más aburrido, sin goles y sin acciones que destacar.
Faltando cinco minutos para el final, ante una jugada dudosa, el referí cobró un penal a favor del equipo contrario. La tribuna en pleno, incluso su marido, con los puños amenazantes arrojaba al aire un repertorio de palabrotas tan nutrido como jamás había oído.
– ¿Por qué se la agarran con la mamá del referí, qué culpa tiene la pobre?- preguntó la mujer algo tímida.
Los ánimos comenzaron a caldearse. Caían cantidad de proyectiles sobre campo de juego. Ella se sintió feliz cuando el partido llegó a su fin, ya estaba algo harta. Pero el murmullo general no cesaba, ni los insultos tampoco.
Una vez que la parcialidad contraria desalojó el estadio, comenzó la evacuación de los simpatizantes locales. El matrimonio se incorporó a la caravana humana que ahora iba descendiendo. Para evitar un nuevo inconveniente el marido se ubicó detrás de su esposa y a pasitos cortos, pudieron al cabo de un buen rato llegar a la calle. Algunos inadaptados continuaban descargando su bronca, arrojando piedras hacia todos lados. Se oyeron ruidos de vidrios al romperse, carteles de publicidad que caían, muchachos que pasaban corriendo, algunos para un lado otros en sentido contrario. En medio de ese caos la esposa extrajo de entre sus ropas el celular con intenciones de avisarle a su madre para que vaya preparando el agua para el mate. En el preciso momento que escuchó el “hola”, una mano extraña le arrebató el celular y el ladrón salió corriendo hacia cualquier lado perdiéndose entre la gente. En ese momento la caballería con intensiones de imponer el orden, comenzó a repartir palos a diestra y siniestra. El marido la tomó de la mano y pudieron refugiarse en un zaguán. En el mismo momento que el alazán pasaba al galope junto a ellos, se escucharon algunas detonaciones. Entonces el marido le dijo:
-Sonamos, ahora vamos a llorar.
-¡A mí!, ni una lágrima se me va a caer por estos inadaptados –argumentó la mujer.
En un instante la nube lacrimógena los envolvió, comenzaron a llorar como si estuvieran en medio de un gran velorio. El marido la volvió a tomar de la mano y salieron disparados en dirección hacia donde tenían estacionado el auto. Habrían corrido media cuadra cuando un enorme camión hidrante se le cruzó en el camino. Fueron impactados por el chorro de agua coloreada. Algunos desafiaban a ese surtidor hídrico, otros prefirieron correr, el matrimonio los siguió. Por fin llegaron hasta el auto, se desplomaron exhaustos en los asientos, estaban desencajados. El marido al ver la piltrafa que era su esposa, con una sonrisa irónica le preguntó.
– ¿Y… te gusto?
La mujer le dirigió una mirada furibunda mientras pensaba “¿Puede ser tan boludo, o se está haciendo el boludo?” prefirió no emitir opinión y dirigió su mirada hacia el parabrisas.
El esposo al no oír ninguna respuesta, con mucho tino no dijo nada más, respiró hondo, puso en marcha el vehículo y se dirigió presuroso a la casa de su suegra. Un silencio profundo los acompañó en el viaje. Cuando llegaron, la primera en descender fue ella, enseguida tocó timbre. Los pelos enmarañados, los ojos rojos irritados por el gas, tiritando de frio, las ropas totalmente mojadas y coloreadas, un arañazo en la cara producto del robo del celular, los brazos caídos a los lados, agotada.
Al abrirse la puerta apareció una señora mayor, era su madre, quien la miró sorprendida y le dijo:
-Mejor venga mañana… Hoy no tengo nada para darle.
-¡Soy yo mamá! …¡Tu hija!
-Pero nena, ¡qué traza!…está bien que vengas a lo de tu madre, pero podrías arreglarte un poco ¡Mirá que papelón le haces pasar a tu marido!